La Biblioteca Nacional, el Gliptodonte y el Neocriollismo

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Hace poco me enteré que el “nuevo” edificio de la Biblioteca Nacional, diseñado por Clorindo Testa, tiene forma de gliptodonte. Al parecer, durante la larga construcción, encontraron los restos de uno de estos armadillos gigantes que habitaban estas pampas hace 8000 años. Según consignan algunos, el arquitecto brutalista sostuvo que ese gliptodonte se había ido al museo, para darle paso al nuevo gliptodonte librero.

Esta situación no parece casual, no si creemos en Leopoldo Marechal (y claro que creemos en Él). Es más, parece formar parte de un plan celestial. Hay una escena genial del Adán Buenosayres (¿hay alguna que no lo sea?) donde a los expedicionarios martinfierristas (Borges, Scalabrini Ortiz, Girondo, Xul Solar, el propio Marechal, etc.) se les aparece un Gliptodonte Ancestral, que no es otra cosa que el “Espíritu de la Tierra”. Se suceden entonces en una serie temporal diversos personajes, que van desde el representante de los pueblos originarios, pasando por el gaucho, el inmigrante, el mismísimo Diablo, hasta llegar al vernáculo Neocriollo, la encarnación del futuro, el monstruo con boca de saxofón. La fenomenología criolla al palo. La metafísica rioplatense en su máxima expresión.

Es la condensación del Ser Nacional, en una serie temporal disparatada, sumamente cómica, pero con un claro contenido filosófico, ideológico y político. Y no me disgusta para nada que la Biblioteca Nacional encarne ese Espíritu de la Tierra, de esta Tierra. Al fin y al cabo, de las mejores cosas que han logrado los argentinos (si es que eso existe), una gran parte, tiene que ver con las artes y las ciencias. Algún exitista, de esos que critican a Messi, podría argumentar que no tenemos ningún Premio Nobel en Letras. Y es cierto, pero ¿es ese premio una medida genuina de la influencia o de la calidad literaria?. Aunque no sepamos qué significa ser argentinos, sentimos una pequeña herida en el ego…

Volviendo a la Biblioteca (si es que alguna vez salimos), es lindo que parezca un gliptodonte que viene de la pampa y se planta frente al río (uy, es cierto que hace años que el río no llega hasta allí). Y que luego de miles de años, resuelva volver y aparecer de golpe, sólo para pasarle el testamento al edificio que alberga los documentos de la nación. Parece todo una pura serie matemática. Ya escribió Borges que el otro o él mismo eran el sucesor de Groussac; el puesto de director, trascendía al tiempo y los unía. Arrastraba así una metafísica propia de Macedonio Fernández, en definitiva el inventor de todos los martinfierristas. Gliptodontes y directores marchando por una pampa que bordea un río ancho que encima se cree mar.

¿Será que lo argentino está encerrado en ese gliptodonte de hormigón? Al fin y al cabo Borges cuenta como “El libro de arena”, el libro que tiene todo lo escrito, todo lo que se escribirá y todo lo que nunca se escribirá, fue escondido con mucho temor en algún anaquel perdido del viejo edificio. Tal vez, entonces, sólo seamos la expresión literaria de algún demiurgo borgiano. Tal vez una mala expresión, más precisamente la última de las malas expresiones literarias. Puede que seamos un cúmulo de cosas que nunca pasaron y creemos ciertas y otro cúmulo de cosas que pasaron y creemos falsas. Puede y en el verbo radica una parte, al menos, de nuestra fuerza creadora.

El destino es Latinoamericano, ya nadie tiene dudas del papel de la región en nuestro propio futuro. El punto central es la reflexión sobre lo argentino, sobre ese “Ser Nacional”, sobre ese Neocriollismo al que tendemos. ¿Existe o es necesario recrearlo continuamente?. Me inclino por la última apreciación. Esto de ser argentino parece ser algo que se entiende pero no se puede definir. Es una acción en el tiempo, un claro devenir, que se nutre en todo momento de nuevos elementos, al punto que descarta otros. Somos la herencia querandí, tanto como la “chusma ultramarina” europea. El viejo y cansado conquistador junto al reciente inmigrante africano. El milico manchado en sangre, el comerciante corrupto que hoy, 100 años después, ostenta nombre de calle y ciudad, el sacerdote servil, todo ello junto al obrero mártir, al empresario desaparecido, al milico honesto, al intelectual comprometido, todo eso somos nosotros.

Y todo eso está en la biblioteca, todo eso y mucho más. No es mala la idea de que lo que somos se encuentra encerrado entre esas paredes gigantescas, en la panza del gliptodonte. Sólo pensar, simplemente para que nuestro famoso ego sufra un golpe surgido desde las propias entrañas, que toda esa información que conforma la Argentinidad, cabe, tal vez, en un pendrive o dos como mucho.