Georges Bataille: filosofía y erotismo

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Georges Bataille (1897-1962) fue un escritor y ensayista francés, gran lector de Nietzsche y de Hegel. Fue autor de una obra abundante y diversa sobre numerosos temas; en varias oportunidades usó los seudónimos de Pierre Angélique, Lord Auch y Louis Trent. Entre sus conceptos clave, están el erotismo, lo sagrado, la transgresión, lo imposible. Algunas de sus publicaciones fueron censuradas y hasta calificadas de pornografía.

Su obra, preferentemente literaria, entra en el terreno de la filosofía, dentro del posestructuralismo francés, cuyo exponente principal es Derrida, y cuya preocupación central es investigar por qué se vincula la racionalidad con la palabra escrita, poniendo en evidencia el trasfondo de irracionalidad que hay en esta creencia y en el concepto de sujeto.

La experiencia interior (1943), El culpable (1944) y Sobre Nietzsche (1945), libros escritos durante la ocupación alemana; Suma ateológica I (1954), y Suma ateológica II (1961) forman su obra filosófica más importante. Son particularmente de interés sus escritos sobre estética y sobre erotismo, por ejemplo, La literatura y el mal.

En el terreno de la narración erótica, encontramos Historia del ojo, Mi madre, Madame Edwarda y El muerto, y El azul del cielo. Para él, toda creación es un proceso mediante el cual el hombre se supera transgrediendo todos los tabúes, en particular los relacionados con el erotismo y la muerte.

María Negroni dice acerca del autor “Para Bataille, lo único importante es blasfemar porque allí reside la garantía final que impedirá cualquier reinterpretación homogénea del mundo. Su nihilismo radical, en este sentido, hace de la mirada perversa un reaseguro contra la filosofía y se vuelve ocasión de festejo, una crisis de los paradigmas avant la lettre”.

Fragmento de La literatura y el mal (1957)

La comunicación auténtica, la impenetrabilidad de todo lo “que es” y la soberanía

Siempre tengo esta certidumbre: la humanidad no está hecha de seres aislados, sino de comunicación entre estos seres; jamás nos entregamos, ni siquiera a nosotros mismos, más que a través de una red de comunicaciones con los otros, nos sumergimos en la comunicación, nos reducimos a esta comunicación incesante de la que, hasta el fondo de la soledad, sentimos la ausencia, como sugestión de posibilidades múltiples, como la espera de un instante en el que se resuelve esa ausencia en un grito que los otros escuchan. La existencia humana no está en nosotros, en esos nudos en los que periódicamente se anuda, lenguaje hecho grito, espasmo cruel, risa enloquecida, de donde el asentimiento nace de una conciencia al fin compartida de impenetrabilidad de nosotros mismos y del mundo.

La comunicación, en el sentido en que yo quisiera entenderla, no es jamás tan fuerte como en el momento en que la comunicación en sentido débil, la comunicación que supone el lenguaje profano (o, como dice Sartre, de la prosa, que nos hace volvernos sobre nosotros mismos –y que vuelve al mundo– de manera transparente) se nos entrega como vana, y en cierta manera como una equivalencia de la noche. Hablamos de distintas maneras para convencer y buscar el acuerdo. Queremos establecer verdades humildes que se concierten con las de nuestros semejantes, nuestras actitudes y nuestra actividad. Este incesante esfuerzo que tiende a situarnos en el mundo de una manera clara y distinta sería aparentemente imposible, si nosotros no estuviéramos antes vinculados por el sentimiento de la subjetividad común, impenetrable en sí misma, a la que es impenetrable el mundo de los objetos distintos. A todo precio, debemos captar la oposición entre dos suertes de comunicación, cuya distinción es difícil: se confunden en la medida en que el acento no recae sobre la comunicación más fuerte. Sartre ha dejado este punto en un estado confuso: ha visto con acierto (e insiste en ello en La Nausée) el carácter impenetrable de los objetos: los objetos no comunican con nosotros en manera alguna. Pero no ha situado de manera precisa la oposición de sujeto a objeto. La subjetividad es algo evidente a sus ojos, es lo que es evidente. Por una parte, me parece que se inclina a minimizar la importancia de esta intelegibilidad de los objetos que percibimos en los fines que les concedemos, y en el uso de estos fines. Por otra parte, su atención no se dirige suficientemente sobre esos momentos en los que una subjetividad que, siempre e inmediatamente, nos es entregada en la conciencia de otras subjetividades, en la que la subjetividad aparece precisamente inteligible, en relación con los objetos usuales y, más generalmente, del mundo objetivo. Sartre no puede ignorar, evidentemente, esta apariencia, pero se vuelve en espaldas en los momentos en que los que sentimos de la misma manera náuseas, porque en el instante en que la inteligibilidad se nos presenta, se nos ofrece bajo un aspecto insalvable, un cierto carácter escandaloso. Lo que, en última instancia, para nosotros es, es escándalo, la conciencia de ser es escándalo de la conciencia, y no podemos –incluso no debemos– asombrarnos. Pero no debemos quedarnos en las palabras: el escándalo es lo mismo que la conciencia, una conciencia sin escándalo es una conciencia enajenada, una conciencia, como lo demuestra la apariencia, de objetos claros y distintos, inteligibles o considerados como inteligibles. El paso de lo inteligible a lo ininteligible, a lo que no siendo cognoscible, de pronto deja de sernos tolerable, está ciertamente en el origen de este sentimiento de escándalo, pero se trata menos de una diferencia de nivel que de una experiencia dada en la comunicación mayor de los seres. El escándalo es el hecho –instantáneo– de una conciencia de otra conciencia, y mirada de otra mirada (de esta manera es íntima fulguración, alejándose de lo que le ata ordinariamente su conciencia a la inteligibilidad duradera y sosegadora de los objetos).

Se ve, si se me ha seguido, que existe una oposición fundamental entre la comunicación débil, base de la sociedad profana (de la sociedad activa, en el sentido en que la actividad se confirma con la productividad) y la comunicación fuerte, que abandona las conciencias que reflexionan unas sobre otras, en ese impenetrable su “último centro”. Se ve también que la comunicación fuerte es primero, es un dato simple, apariencia suprema de la existencia, que se revela a nosotros en la multiplicidad de las conciencias y en su comunicabilidad. La actividad habitual de los seres –lo que llamamos “nuestras ocupaciones”– los separa de los momentos privilegiados de la comunicación fuerte, que son el fundamento de la sensualidad y de las fiestas, que son el fundamento del drama, del amor, la separación y la muerte. Estos momentos no son iguales entre sí: con frecuencia los buscamos por ellos mismos (siendo así que sólo tienen sentido en el instante y que es contradictorio concertar su retorno); podemos conseguirlo con la ayuda de pobres medios. Pero no importa: no podemos prescindir de la reparación (aunque sea dolorosa, desgarradora) del instante en que la impenetrabilidad se revela a las conciencias que se unen y se penetran de una manera ilimitada.

Ante la posibilidad de no ser definitivamente o demasiado cruelmente desgarrados, mantenemos con el escándalo que a todo precio queremos levantar –y del que queremos huir– un vínculo indefectible, pero lo menos doloroso que nos es dado, tanto en religión como en arte (en arte, que heredó parte de los derechos de la religión). La cuestión de la comunicación está siempre poseída en la expresión literaria: ésta es poética o no es nada (sólo la búsqueda de conciertos particulares o la enseñanza de verdades subalternas que Sartre designa al hablar de la prosa).

Poemas

Eres el horror de la noche
te amo como se agoniza
eres frágil como la muerte

te amo como se delira
sabes que mi cabeza muere
eres la inmensidad del temor

eres bella como matar
el corazón desmesurado me asfixio
tu vientre desnudo como la noche

mi locura y mi miedo
tienen grandes ojos muertos
la fijeza de la fiebre

lo que mira en esos ojos
es la nada del universo
mis ojos son ciegos cielos

en mi impenetrable noche
está gritando lo imposible
todo se desploma

véndame los ojos
amo la noche
mi corazón es negro

empújame hacia la noche
todo es falso
sufro

el mundo siente la muerte
los pájaros vuelan los ojos desorbitados
eres sombría como un cielo negro

Alegoría

Es hermosa mujer, de buena figura, que arrastra en el vino su cabellera.
Las garras del amor, los venenos del garito,
todo resbala y se embota en su piel de granito.
Se ríe de la Muerte y desprecia la Lujuria,
y ambas, que todo inmolan a su ferocidad,
han respetado siempre en su juego salvaje,
de ese cuerpo firme y derecho la ruda majestad.

Anda como una diosa y reposa como una sultana;
tiene por el placer una fe mahometana,
y en sus brazos abiertos que llenan sus senos
atrae con la mirada a toda la raza humana.
Ella cree, ella sabe, ¡doncella infecunda!,
necesaria no obstante a la marcha del mundo,
que la belleza del cuerpo es sublime don,
que de toda infamia asegura el perdón.

Ignora el infierno igual que el purgatorio,
y cuando llegue la hora de entrar en la noche negra,
mirará de la Muerte el rostro,
como un recién nacido, sin odio ni remordimiento