Café Society: Hollywood, triángulos amorosos y mafia

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A título personal, mas sin intención presuntuosa (para usar un término que se repite en el film), debo mencionar que no iba al cine a ver un estreno de Woody Allen desde 2013, cuando fui al Monumental de Lavalle a ver su re-versión de Un tranvía llamado deseo, Blue Jasmine. En aquella ocasión el público consistía de unas señoras (de posible extracción judía, sin duda seguidoras del viejo Woody de épocas inmemoriales), emperifolladas con respectivos tapados de piel; se reían de algunas cosas, cuestionaban otras, y quedaban un tanto perplejas ante cierta pérdida de esencia en el cine de Allen. En esta visita, en la sala de un cine comercial de Tandil, en la primera función de la tarde, éramos sólo tres personas, y el sentir es más o menos el mismo.

Los guiños característicos de Allen, que se repiten en un eternorretornismo, a esta altura y en una carrera de cincuenta años resultan inevitables: el humor sobre lo que es judío y no; la existencia o ausencia de Dios; lo vacuo del mundo de Hollywood (ver Celebrity, del mismo Allen, 1998, y la memorable El día de la langosta, de 1975, dirigida por John Schlesinger, film al que Café Society alude a través de la canción “Jeepers Creepers”); un rol que puede ser tomado como un alter ego del mismo Allen—bastante bien el muchacho Eisenberg, que ya había hecho lo suyo en A Roma con amor (2012); en este caso pareciera imitarle hasta las pausas, las inflexiones en la voz a las que Allen nos ha acostumbrado—; un triángulo amoroso con momentos agridulces…y la lista sigue, pero esto no debería ser un desvalor. Cada año, con cada estreno, se menciona más o menos lo mismo: si ya pasó su cuarto de hora. Como escritor no, nunca. Y como actor, está muy bien que se haya involucrado en la narración en off. En lo que no se le perdonaría a directores novatos, Allen sale indemne.

Por su parte, Kristen Stewart, considerando su capacidad actoral, hace un papel decente como Vonnie, la deseada por tío y sobrino. Steve Carrell también sale bien parado en su rol como Phil Stern, un cuarentón casado, agresivo en los negocios pero indeciso—al menos por un tiempo, el suficiente como para que se desarrollen las complicaciones—en el amor, que acaba enamorándose de su secretaria. Dos momentos de suma ironía hacen que el protagonista, con toda la ingenuidad que el amor suele provocar, revele lo que sabe a los involucrados en el asunto y eso cause más problemas a su ya embrollada situación. A esto debemos sumarle la propia familia del joven, entre los que contamos a un hermano mayor, un self-made man mafioso, que acabará dándole un espaldarazo cuando las cosas no resulten como esperaba en Hollywood.

Dos puntos a favor para llegar a un veredicto sobre este film: el vestuario, parte esencial de la creación de una atmósfera adecuada para los años treinta, es sobresaliente; el color en la fotografía, obra de Vittorio Storaro (que tuvo su debut hollywoodense en Apocalipsis now), fabuloso. Para emular el método de calificación/invitación de una famosa crítica televisiva, concluyo con un: VAYA, algunas risas se le pueden escapar.