Nueva correspondencia Pizarnik

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“Señor/ La jaula se ha vuelto pájaro/Qué haré con el miedo” escribe Alejandra Pizarnik en “El despertar”. En la tapa de Nueva correspondencia Pizarnik nos encontramos con una jaula abierta y vacía. Los pensamientos han volado, las palabras han migrado a otras tierras, el miedo se vuelve denso y palpable, pero las palabras pueden transformarlo. Las cartas de Alejandra tienen algo de paloma mensajera, ya que con las alas del lenguaje ella llega a muchos lugares y personas.

Como lectores, todos sabemos de los tormentos en la vida de Alejandra, pero en estas cartas, el lenguaje aparece como una fuerza liberadora que conecta a la poeta con otros escritores y la hace escapar por momentos del abismo de la soledad. Pizarnik es una hábil maestra que domina el arte de la escritura y sus cartas son acaso modelos del género epistolar donde los sentimientos se expresan y donde también ella se muestra como una entusiasta lectora y como un nexo vital entre escritores y editores. Algunos de sus interlocutores en estas cartas son: Antonio Requeni, Ivonne Bordelois, Arnaldo Calveyra, Sylvia Molloy, Silvina Ocampo, Manuel Mujica Lainez, Amelia Biagioni, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar. La edición, con facsímiles de las cartas de Pizarnik, permite apreciar su caligrafía y dibujos y nos sumerge más profundamente en su  universo tan personal y único.

Al leer algunos fragmentos de esta correspondencia, uno puede pensar en “El albatros” de Charles Baudelaire: “El poeta se parece al príncipe de las nubes/que pasa por la tempestad…/exiliado en el suelo y en medio de los gritos,/ sus alas de gigante le impiden caminar”. Estas alas son las del pájaro Alejandra que hábilmente transita los cielos de grandes tempestades, pero que en la tierra muchas veces no sabe cómo manejarse.  Son gigantes y majestuosas pero difícil es llevarlas entre los humanos. En sus poemas podemos leer sobre una muchacha que tiene sus alas maniatadas por la nada con  su deseo como un ala rota, y que las alas en sus ojos  “quieren irse detrás del mundo”. Bordelois, por su parte, describe a la poeta como un pájaro cautivo de extraordinaria belleza.

El arte es largo y el tiempo breve. Por eso el arte de Pizarnik ha trascendido mucho más allá de su corta vida. Y su correspondencia es una prolongación de su arte, el que ella dejó inconcluso, ya que como todo gran artista deja grietas que serán llenadas con el paso del tiempo. En una carta ella habla de la palabra como gran impedidora, no obstante por ella vale el vivir, nos dice.

En la introducción de este libro podemos leer las palabras de Bordelois que nos dice que conversar con ella era una fiesta pero que su lenguaje ocultaba una zona de secreto inaccesible. Ella la define como cosmopolita y sola, misteriosa y erudita. Sus cartas “nos dan un atisbo de esa continuidad milagrosa entre vida y poesía a la que aspira (…) toda verdadera poesía y toda auténtica vida humana” señala su amiga y escritora.

Alejandra muestra una preocupación por que su escritura sea auténtica. Sus poemas son como sus vestidos para hacerse adulta. Es interesante leer sobre su paso por la Facultad de Filosofía y Letras “en la cual me siento muy asfixiada, blasfemo y conjuro”, ella confiesa. Dice que es necesario hacer algo aparte de escribir para evitar enloquecer.

En estas cartas vemos la inseguridad de la poeta, con mucho miedo ante una lectura de poesía, por ejemplo, miedo que mitiga con el alcohol. Las cartas también nos hablan del dolor, como su “dolor de sobrellevar tanto amor y no poder dejarlo en parte alguna porque nadie quiere recibirlo”.

La escritora se compara a sí misma con un caracol cerrado. Pasa los meses sola en su cuarto hasta que “ya sea un verso, una mirada desconocida o una carta de auténtica comunicación destruyen lo miserable cotidiano y llenan de infinito y de cantos el mero hecho de vivir”. Hay una contradicción en ella ya que por momentos busca el silencio, el estar alejada de su familia, la soledad necesaria para la creación. Y por otros, ansía el contacto humano.

Alejandra es esa chica como un ángel prófugo, como un niño desorientado, la que, según un relato de Antonio Requeni,  roba una manzana roja brillante de la frutería y sale corriendo ante las amenazas del frutero. Es el otro lado de Alejandra, no el de la soledad y el desamparo sino el del juego, la inocente alegría de la infancia que todavía se aloja en su alma.

Podemos saber por medio de su correspondencia, que conoció a innumerables figuras destacadas en el ámbito literario. En Paris, tuvo contacto con Simone de Beauvoir y Octavio Paz. Ella sabe rodearse de los escritores más prestigiosos y reniega de las “señoras con sombrero del mundo”.

Hay autores que hacen todo lo posible por alejar al lector y luego se quejan de que no se los lee, esgrime la poeta. En este sentido ella ha sabido ser dueña de una voz que llega, que impacta y con la cual el lector se siente identificado. Es todo lo contrario a esos textos distantes, con los que uno debe luchar para ingresar en ellos.

Quizás sus cartas sean otro intento por comprender el mundo. Hay un silencio en las palabras que se vincula al horror y al vértigo.  “No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo” dice en una carta. La desesperación crece pero junto al lenguaje es posible encontrar palabras bellas que no signifiquen, una voz, un canto. La poesía se convierte incluso en una prueba de fe.

Ficha técnica

Bordelois, Ivonne y Piña, Cristina (editoras), Nueva correspondencia Pizarnik, Ciudad autónoma de Buenos Aires: Alfaguara, 2014, 464 p.