Mujer hermosa se ve por allá

0
0

Mujer hermosa se ve por allá trabaja con un referente genérico de larga data y de marcados procedimientos (narrativos, de construcción de personajes, de motivos, etc.) arquetípicos. El policial negro, esa desviación retorcida, oscura, fatídica del policial clásico o de enigma, se juega aquí ciertos aspectos de identidad y filiación porque lo que surge son cuestionamientos sobre su condición de posibilidad en un tiempo y espacio determinados. Es decir, la obra escrita y dirigida por Diego Brienza despliega una serie de preguntas acerca de cómo llevar a escena un relato policial negro en el contexto específico conformado por una sala independiente de Buenos Aires en el Siglo XXI.

A primera vista todo parece responder a cierto patrón “estándar”: el bello título de la pieza no dista mucho de aquellos que nos supo regalar Chandler y, como tantos otros, desvía la atención desde el hecho criminal en sí hacia ciertos tormentos del alma o el espíritu. Del mismo modo, el programa de mano reproduce una estética reconocida y esperable: las largas piernas de una mujer, sus tacones rojos, sus uñas a tono y una muñeca anticipan lo que después veremos. Efectivamente una hermosa mujer llegará a pedir la ayuda de un detective (que se declara ex) para encontrar a una amiga que desapareció misteriosamente. Hasta acá puro lugar común.

Ahora bien, la obra continúa y en su inevitable devenir comienzan a hacerse evidentes los cuestionamientos que mencionábamos al principio. Con respecto al espacio, trasladar el género a Buenos Aires supone cierta distorsión que no se resuelve sin humor ni ironía (se podría decir que ese pasaje parece no ser posible de otro modo); incluso sin recursos paródicos. Salvando las distancias, recuérdese la Buenos Aires alucinada que propone Borges en su lectura del policial clásico en “La muerte y la brújula”). Por eso, los personajes son como son, por eso los actores viran hacia esas zonas, por eso aparecen l@ herman@s Fulci o Feliz Félix en un registro tan al borde que los acerca, y a la vez los aleja, de los estereotipos.

No olvidemos el “otro” espacio o cómo una obra de estas características es posible el teatro independiente, con sus austeras condiciones de producción y de financiamiento. La respuesta es que no tienen nada y a la vez lo tienen todo. En escena vemos un espacio casi despojado, una mesa y unas sillas que se moverán según convenga y una pantalla que hará su aparición casi al final con un cuadro de acción en clave de comic. Sin embargo, vemos en toda su plenitud ese mundo de sordidez y desdicha, las plazas, el prostíbulo, los antros de diferentes perdiciones. Todo está ahí, dicho con palabras o con los cuerpos de los actores. Es en este sentido que tienen todo: una dramaturgia impecable, actores deliciosos y una dirección que permite que los espectadores perciban más allá de la vulgaridad literal de los sentidos.

Desde lo temático, es notable la vuelta de tuerca que se le da al tópico de la crítica social, tan presente en el género. Se inserta un tema de honda actualidad pero sin caer en resoluciones simplistas ni golpes bajos. El abuso infantil y la trata de personas aparecen recubiertos de una sensibilidad poética que lejos de atemperar o trivializar, muestra el suceso en toda su tragedia. Es inolvidable la escena en la que Malala González cuenta coreográficamente el desolado destino de Ángela.

La construcción de los personajes, por otra parte, plantea desde el comienzo un juego con la dualidad: la identidad y el doble. Aparece el detective desdoblado en su conciencia atormentada y este recurso resuelve muy bien, muy teatralmente aquellos inconvenientes narrativos que no se presentarían, por ejemplo, en una novela. Hay dos Ángelas, dos herman@s que son un@, gente que fue y ya no es. Inevitablemente, claro está, la pregunta por la identidad se traslada a la pregunta sobre la pertenencia genérica. La respuesta le será develada en el transcurso de la obra. O no. Pero eso deberán comprobarlo por ustedes mismos.

 

Ficha técnica

Actúan: Daniel Aizicovich, Marcelino Bonilla, Diego Brienza, Sofía Ciravegna, Malala González, Claudia Mac Auliffe, Lucila Madeo, Enrique Dumont, Celia Iribarne, Maia Menajovsky, Guillermo Pier, Analía Sánchez. Vestuario y escenografía: Cecilia Zuvialde Iluminación: Braian Brown. Fotografía: María Horton. Coreografía: Maia Menajovsky. Asistencia de dirección: Valeria Gibson. Escrita y dirigida por: Diego Brienza. Funciones: viernes 23 hs. Teatro Anfitrión, Venezuela 3340, CABA.