Johann Wolfgang Goethe: el Romanticismo alemán

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Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) fue un escritor alemán que frecuentó los círculos literarios y artísticos del Sturm und Drang, germen del primer Romanticismo. Allí conoció a Herder, quien lo invitó a descubrir a Homero, Ossian, Shakespeare y la poesía popular.

En 1772 se trasladó a Wetzlar, donde conoció a Charlotte Buff, novia de su amigo Kestner, de la cual se enamoró. Esta pasión frustrada inspiró su primera novela, Los sufrimientos del joven Werther, obra que causó furor en toda Europa y que constituyó la novela paradigmática del nuevo movimiento que estaba naciendo en Alemania.

Su obra más ambiciosa es Fausto (1808), en la que trabajará hasta su muerte; en esta, la recreación del mito literario del pacto del sabio con el diablo se transforma en una alegoría de la humanidad, en la cual se refleja la transición del autor desde el Romanticismo hasta el personal clasicismo de su última etapa.

Goethe dedicó los últimos años de su vida a su obra autobiográfica, Poesía y verdad (1811-1831), y a la segunda parte de Fausto.

Fragmento de Fausto

El mismo gabinete de estudio

FAUSTO.-Llaman. ¡Entra! ¿Quién vendrá de nuevo a importunarme?
MEFISTÓFELES.-Soy yo.
FAUSTO.-Entra.
MEFISTÓFELES.-Debes decirlo tres veces.
FAUSTO.-¡Entra, pues!
MEFISTÓFELES.-Así me gusta; espero que nos entendamos. Sólo por alejar tu mal humor me presento cual joven noble en traje de púrpura bordado de oro, con la esclavina de raso al hombro, la pluma en el sombrero y una larga y afilada espada al lado, y te aconsejo que desde ahora te vistas del mismo modo, para que vengas del todo libre a gustar lo que es la vida.
FAUSTO.-Cualquiera que sea el atuendo que use, no por ello sentiré menos las miserias de la existencia. Soy demasiado viejo para no pensar más que en divertirme y demasiado joven para no tener deseos. Por tanto, ¿qué es lo que puede ofrecerme el mundo? ¡Debes privarte, te es la privación indispensable! He ahí la canción eterna que zumba en todos los oídos y que durante la existencia nos repite cada hora con voz brusca. Cada mañana me despierto azorado y de buena gana derramaría amargas lágrimas al ver que el nuevo día no ha de llenar ni un solo de mis ardientes deseos, sino que por el contrario, ha de desvanecer en su curso los presentimientos de cualquier alegría y hacer abortar las creaciones de mi trastornado espíritu. Y luego, cuando viene la noche me tiendo en el lecho poseído de la mayor inquietud por saber que me esperan en él, no el reposo, sino sueños espantosos. El espíritu que reside en mí puede agitar hondamente mi alma y disponer de toda mi fuerza; pero es al parecer impotente en el exterior; por esto me es la existencia insoportable, por lo que deseo la muerte y detesto la vida.
MEFISTÓFELES.-Y, sin embargo, nunca es la muerte un huésped bien recibido.
FAUSTO.-¡Dichoso aquel a quien la muerte corona de sangrientos laureles en el calor del combate o aquel a quien, después de la embriaguez del baile, sorprende en los brazos de su amada! ¡Ah! ¡Que no pueda yo contemplar al gran Espíritu y morir en mi éxtasis sublime!
MEFISTÓFELES.-Y no obstante, hay quien no se ha atrevido a tomar esta noche cierto licor oscuro.
FAUSTO.-Parece que gustas del espionaje.
MEFISTÓFELES.-No poseo la ciencia universal, pero sé lo suficiente.
FAUSTO.-Pues bien, ya que un sonido grato y dulce me ha librado de mi terrible angustia y ha despertado en mí los sentimientos de la infancia con el recuerdo de mejores tiempos, maldigo todo lo que con sus ilusiones impulsa al alma hacia tan lamentables abismos. ¡Maldito sea el orgullo del hombre; maldito el falso brillo que deslumbra nuestros sentidos; maldito todo lo que crea sueños de gloria y de grandeza; maldito sea todo cuando nos hace querer la posesión de una mujer, de un niño, de un criado o de un coche; malditos sean Marimón y sus tesoros, que nos hacen emprender empresas temerarias y que nos embriagan más tarde con la copa de ilícitos placeres; malditos sean el amor y sus ardientes transportes; malditas sean, en fin, la esperanza y, sobre todo, la paciencia!
CORO DE ESPÍRITUS, invisible.-Ya has destruido todas las bellezas del mundo con tu poderosa mano; sólo quedan algunas ruinas que rodarán hasta el fondo del caos. A un semidios se debe esta destrucción general. ¡Que por lo menos nos sea lícito llorar sobre la vasta tumba que encierra tanta belleza! ¡Oh, tú, el más bello y poderoso de los hijos de la tierra, reconstrúyele, infúndale a tu corazón nueva vida, para que podamos cantar nosotros tu obra inmortal!
MEFISTÓFELES.-Escucha, escucha, son los más pequeños de todos mis espíritus. Mira cómo te muestran la senda razonable que debes seguir. ¡Con cuánta razón y profundo conocimiento te impulsan hacia el mundo, arrancándote de este tenebroso recinto donde se hielan los jugos de los que debe alimentarse el alma! Deja de complacerte en esa melancolía que, cual buitre carnívoro, acaba con tu vida. Por mala que sea la compañía en que estés, podrás al menos sentir que eres hombre entre los hombres; sin embargo, no creas que se piense en hacerte vivir entre la chusma. Aunque no soy de los primeros, si quieres unirte a mí y emprender juntos la ruta de la vida, consiento gustoso en pertenecerte ahora mismo, en ser tu amigo, criado y hasta esclavo.
FAUSTO.-¿Y cuál será mi obligación a cambio?
MEFISTÓFELES.-Tiempo tiene de pensarlo.
FAUSTO.-No, no; porque el diablo es un egoísta y no suele sernos útil por amor de Dios; así que dime tus condiciones y habla claro, porque no deja de ser peligroso tener en casa semejante servidor.
MEFISTÓFELES.-Quiero desde ahora obligarme a servirte y a acudir sin tregua ni descanso aquí arriba a la menor señal de tu voluntad y deseo, con tal de que al volver a vemos allá abajo hagas tú otro tanto por mí.
FAUSTO.-Poco cuidado, en verdad, me da lo de allá abajo; empiezo por destruir este viejo mundo, ya que proceden de la tierra mis goces y la que es ése el sol que alumbra mis penas; una vez libre de él, que suceda lo que sea. Poco me importa que en la vida futura se ame o se odie, ni que tengan esas esferas encima ni abajo.
MEFISTÓFELES.-Si tal es tu disposición, puedes aceptar muy bien lo que te ofrezco; decídete y conocerás por supuesto las delicias que puede aportar mi arte, y te daré lo que ningún hombre ha llegado a vislumbrar siquiera.
FAUSTO.-Pobre demonio, ¿qué es lo que puedes darme? ¿Ha habido acaso un semejante tuyo que pudiera comprender al hombre en sus aspiraciones sublimes? ¿Qué es lo que puedes ofrecer? Alimentos que no sacian; oro miserable que, como el azogue, se desliza de las manos; un juego en el que nunca se gana; una joven que en medio de sus protestas de amor hará guiñas al que esté a mi lado; o el honor, falsa divinidad que desaparecerá como un relámpago. Muéstrame un fruto que no se pudra antes de madurar y árboles que se cubran a diario con nuevo color.
MEFISTÓFELES.-No me amedrenta semejante petición, porque puedo ofrecerte todos esos bienes. Mi buen amigo, desde este momento podemos sin cuidado lanzarnos al despilfarro y a la orgía.
FAUSTO.-El día que tendido en un lecho de pluma pueda disfrutar de la plenitud del descanso, no responderé de mí. Si puedes seducirme hasta el extremo de que quede contento de mí mismo, si puedes adormecerme en el seno de los placeres, sea aquél para mí el último día y para ti el mayor éxito.
MEFISTÓFELES.-Aceptado.
FAUSTO.-¡Aceptado! Si una sola vez llego a decirte: ¡qué hermoso eres, no temas, permanece siempre junto a mí! En ese momento podrás maniatarme; entonces consentiré en que se abra la tierra bajo mis pies; entonces podrá repicar la campana de agonías; entonces estarás libre y recogerás el precio de tu servicio porque habrá sonado para mí la última hora.
MEFISTÓFELES.-Piénsalo bien, que no lo olvidaremos.
FAUSTO.-En cuanto a esto, estarás en tu derecho. No creas que al aceptar haya obrado de forma superflua. ¿Qué ahora no soy también esclavo? ¿Qué me importa que tú u otro sea mi amo?
MEFISTÓFELES.-Desde hoy, pues, me constituiré en criado del doctor; sólo me falta advertirte algo, que debes saber: que en nombre de la vida o de la muerte exijo de ti algunas líneas.
FAUSTO.-¿Cómo? ¡Nunca hubiera creído que llegara tu pedantería al grado de pedirme un escrito! ¿Es posible que conozcas tan poco al hombre y que no sepas lo que vale su palabra? ¿No basta con que yo haya pronunciado aquella que para siempre dispone de mi vida? ¿Crees que en medio de la tempestad que agita y hace retemblar los cimientos del mundo, pueda obligarme una palabra escrita? ¡Qué quimera tan arraigada en nuestros corazones! ¿Quién intentaría siquiera evadir su cumplimiento? Dichoso aquel que conserva pura la fe en su seno por no serle costoso ningún sacrificio. Pero un pergamino escrito y sellado es un fantasma para todos y, no obstante, la palabra expira al transmitirla a la pluma y no queda más autoridad que la del documento. ¿Qué quieres de mí, maligno espíritu?, ¿bronce, mármol, pergamino o papel? También dejo a tu decisión si debo escribirlo en un estilo, con un buril o una pluma.
MEFISTÓFELES.-¡Cuántas palabras! ¿Por qué te has de exaltar de este modo? Es suficiente cualquier trozo de papel, con tal de que escribas en él con una gota de sangre.
FAUSTO.-No temas que deshonre este pacto; es la colaboración de mi actividad lo que precisamente te ofrezco; me he engreído tanto que sólo puedo pertenecer a tu clase. El espíritu creador me ha desechado: la naturaleza se cierra ante mí, el hilo de mi pensamiento está quebrado y estoy hastiado de toda ciencia. Haz, pues, que queden satisfechas mis ardientes pasiones, que cada día se preparen para mí nuevos encantos bajo el impenetrable velo de la magia; que se me permita sumergirme en el torbellino del tiempo y en los pliegues más secretos del futuro, para que el dolor y el goce, la gloria y la pena se den en mí confundidos. Preciso le es al hombre vivir en una actividad eterna.
MEFISTÓFELES.-No, éste no ha señalado ningún límite ni objetivo; así que si deseas gozar de todo un poco y aprovechar su rápida carrera, podrás tener tantos tesoros como apetezcas, con tal que te unas a mí y no seas indeciso.
FAUSTO.-Bien ves que no se trata aquí de dicha pasajera; al contrario, quiero consagrarme todo entero al vértigo, a los placeres más terribles, al amor que está junto al odio, al desaliento que eleva. Mi corazón, curado de la fiebre del saber, no estará en adelante cerrado a ningún dolor; en cambio, también deseo sentir en lo más profundo de mí todos los goces permitidos a la humanidad, saber lo que hay de más sublime y profundo en ellos, acumular en mi todo el bien y todo el mal, que es su patrimonio exclusivo, hacer extensivo mi propio mal hasta el suyo y acabar por morir como la raza humana.
MEFISTÓFELES.-Puedes creerme: yo, que desde hace miles de años estoy mordiendo este duro alimento, te aseguro que desde la cuna al sepulcro ningún hombre puede digerir la antigua levadura. Cree a uno de los nuestros que dice: esa gran totalidad está creada por un solo Dios; a él se deben las eternas estrellas; a nosotros nos ha creado para la oscuridad y sólo ustedes tienen el día y la noche.
FAUSTO.-Pero yo deseo…
MEFISTÓFELES.-Te comprendo, pero sólo una cosa me inquieta: el tiempo es corto y el arte, largo. Creo que deberías instruirte; únete con un poeta; déjale dar rienda suelta a su imaginación y haz que te infunda las más nobles cualidades, esto es: el valor del león, la agilidad del ciervo, el ardor del italiano, la constancia del habitante del norte. Haz que encuentre el medio de unir la magnanimidad a la astucia y que en virtud de cierta combinación te dé las ardientes pasiones de la juventud. De mí puedo decirte que me gustaría mucho ver a un hombre de esta clase, para poder darle el título de maestro del Microcosmos.
FAUSTO.-¿Quién soy, pues, si no se me permite llegar a esa corona de la humanidad a la que aspiran todos mis sentidos?
MEFISTÓFELES.-Tú eres, en el último resultado, lo que debes ser: coloca sobre tu cabeza una peluca de miles de bucles, calza tus pies con coturnos de una vara de alto, que no por eso dejarás de ser lo que eres.
FAUSTO.-¡Bien lo veo! Sin resultado he reunido todos los tesoros del espíritu humano, puesto que en el recogimiento no siento brotar en mí ninguna fuerza nueva, ni se ha aumentado mi grandeza el espesor de un cabello, ni en lo más mínimo me ha acercado a lo infinito.
MEFISTÓFELES.-Mi buen señor, eso consiste en que todo lo ves como se ve con vulgaridad; es preciso aprovecharnos antes de que se nos escapen enteramente los placeres de la vida. Veamos: tus manos, tus pies, tu cabeza y tu espalda te pertenecen sin duda alguna, y no porque utilice audazmente una cosa puede decirse que lo posea menos. Si poseo seis caballos, ¿no será su fuerza también mía? Pues he aquí que si los monto, podré contar con sus 24 piernas. Déjate de reflexiones y lánzate al mundo conmigo. Te lo aseguro: el hombre pusilánime es como el animal a quien hace un duende girar en torno a un páramo, mientras que se extienden a su alrededor pastos verdes y hermosos.
FAUSTO.-¿Cuándo comenzamos?
MEFISTÓFELES.-Vamos a partir enseguida, ya que no es este gabinete más que un lugar de tortura, ya que no merece el nombre de vida el eterno fastidio que uno siente y causa. Deja ese triste estado para tu vecino el gordo. ¿Para qué atormentarse por más tiempo sin fin alguno? Lo mejor de lo que sabes ni siquiera te atreves a decirlo a tu discípulo. ¡Ah! Oigo pasos en el corredor.
FAUSTO.-Sea quien sea, no me es posible recibirlo.
MEFISTÓFELES.-Después de haber esperado tanto tiempo, no puedes al pobre muchacho desalentar. Vamos, dame tu vestido y tu gorro; mucho me engaño o ha de irme el disfraz a las mil maravillas.
(Se viste)
MEFISTÓFELES.-Ahora, confía en mí; sólo necesito 15 minutos; mientras prepárate para nuestro hermoso viaje.
(Fausto sale. Mefistófeles con el largo atuendo de Fausto)
MEFISTÓFELES.-Sí, sí, desprecia la razón y la ciencia, suprema fuerza del hombre; deja que el espíritu infernal te ciegue con sus ilusiones y sus encantos, y te me entregarás sin mediar condición alguna. El destino le dotó de un espíritu incapaz de contenerse en su desenfrenado camino; en alas de su aspiración ardiente ha pasado ya por todos los placeres de la tierra; permítaseme ahora arrastrarle por los desiertos de la vida a través de una medianía insignificante, donde forcejeará agitado en su lucha infatigable, sin ver nunca satisfecho su deseo insaciable por retroceder siempre la copa ante sus abrasados labios. En vano demandará gracia; aun cuando no se hubiera entregado al diablo, no sería menos inevitable su pérdida.