Contra Netflix: pensamientos sobre el consumo de series

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Cuando tu más grande amigo, ese que tenés desde los ocho años, y hoy contabilizan casi treinta de amistad ininterrumpida; cuando ese sátrapa, ese mala junta que es para tu madre y para todas tus ex parejas; cuando ese mismo tipo te dice lo siguiente, más vale que le prestes atención: Me pasaste tu clave de Netflix y me cagaste la vida, viejo.

Esta afirmación arranca con una mentira: la clave tampoco era tuya.

En lo que es verdad, aunque exagerada, es un su sentencia.

Cagarle la vida no se la cagaste vos, no del todo.

Lo que siguió luego de eso fue: Voy a trabajar, vuelvo a casa y lo único que hago es mirar series y películas. No hago ninguna otra cosa para mí vida. No estudio, no juego a la pelota, no hago nada: miro Netflix hasta que me duermo.

Es la era dorada de las series. Netflix , como sabemos, es la vedette del momento. El On Demand maneja la nueva forma de consumo televisivo.

Los medios de comunicación y las redes sociales, por su parte, se encargaron de vender y de acomodar la forma de consumo de este nuevo horizonte del entretenimiento. Hicieron que la única forma de consumo sea la INMEDIATA. Una serie que se tarda dos meses en ver completa es una serie que fracasó. ¿Por qué? Porque parece que se corrió la bola de que ahora todo debe ser calificado de esta manera:

No puedo dejar de ver capitulo tras capítulo

Son las 3 AM, mañana trabajo y me queda un capítulo más por ver.

Este consumo desaforado y cuasi adictivo es propicio ahora ya que Netflix se da el lujo de subir a su plataforma todas las temporadas completas.

¿Cuál es la desventaja de esta ventaja? La no reflexión ni apreciación pausada y lenta de cada capítulo. Estoy seguro que si uno quiere recordar un capítulo específico de Game of Thrones, una escena en particular, no sabría en qué número de capítulo sucedió. Inténtelo por su cuenta. Esto se debe al continuum que provoca el consumo inmediato e irreflexivo de las series.

Otro valor nuevo, o más bien obsesión nueva, es el Spoiler: Casi todas las series hoy por hoy tienen sorpresas que son las que te hacen ir de capítulo a capítulo para que no te desenganches. Cliffhanger se lo llama en literatura. El spoiler sería la resolución o revelación de una intriga generada en ese Cliffhanger. Si un spoiler puede arruinarte toda una serie es que la serie solo se basaba en ese efecto sorpresa, y ese efecto era todo su valor. Por tanto, esa forma de narrar facilista y nada sorpresiva (si hay una sorpresa que se espera que sorprenda, ya no es sorpresa, entonces), se volvió en otra medida de valor. Una medida bastante efectista y que hace perder calidad a las narraciones seriales televisivas.

La nostalgia pareciera que vino a salvar el vacío de ideas. Porque si una serie está solamente basada en la nostalgia que provoca para atraer al público consumidor de mayor disponibilidad de consumo, esa serie no es más que una propaganda que apunta a la emotividad falsa y artificial. Es calculado y digitado para que funcione como valor.

Preguntémonos lo obvio: si querés ver una serie o película que te recuerde a Steven Spilberg, ¿por qué no ves una película o serie de Spilberg directamente? Hoy es tan fácil ver a los originales. ¿Por qué y qué sentido tiene ver copias que te remiten a algo que podes ver en cualquier momento? Si una serie solo vale por su cantidad de referencias y recuerdos es que entonces no tiene nada nuevo o especial que contarte.

Hay obras maestras en el mundo series, pero las redes sociales van cimentando grupos de fanáticos irreflexivos que no permiten criticar nada que sea de su agrado. Hay en nuestro país una necesidad de sentirse parte de algo y defenderlo a capa y espada, que impide cualquier mirada crítica. Y sabemos que toda mirada crítica siempre es favorable.

El problema del que mi amigo me hablaba es como la actualización de la amenaza que siempre fue la televisión. Pareciera que su función consistía en distraer a las masas para que no piensen ni reflexionen. Que no se haga nada más que mirar acríticamente esa pantalla. Hoy las series son On Demand… pero la forma de consumo que se instauró no es la de consumir cuando se pueda ni se quiera, sino de consumir todo lo que se pueda ya mismo. Uno está fuera de lo que está de moda si no mira en un plazo corto la serie de la que acaba de estrenarse toda la temporada completa. Además al otro mes vendrá la otra que será la nueva moda y habrá que verla entera en un par de días para poder comentarla en el laburo y que nadie se spoilee nada. Porque si te spoilean la serie ya está, no vale de nada, te enteraste lo que pasará. Y mañana se estrena la segunda temporada de la del año pasado que fue un éxito y hay que verla porque está ambientada en los ochentas que es la época en la que mirábamos series un capítulo por día, o por semana; y que cuando se le terminaban al canal de aire los capítulos que había comprado, los repetían. Y así, poco a poco, consumiendo lentamente, se podía apreciar cada capítulo sin la urgencia que se tiene cuando se está cargando online el siguiente capítulo.

Genialidades como Black Mirror, o la primera temporada de True Detective (con su flojo final) nos dan una lección de narrativa que deberíamos aprender: lo importante no es la sorpresa ni los spoilers, lo importante no es la forma en que nos recuerdan a otra cosa (esa manía parecida a buscarse novias/os siempre similares), ni en lo fácil que podemos consumirla. Lo importante es que nos hagan reflexionar sobre la existencia y sobre nosotros mismos. Que nos cuenten historias con una narrativa personal o innovadora. Que nos den desafíos y nos propongan formas alternativas de pensar. Como todo libro, como toda música, como toda obra de arte.  Una serie puede ser entretenida y nada más y está muy bien que sea así. Pero no debe ser juzgada más que como eso. Que te emocione Nothing Hill porque te recuerda a una novia que lloraba con la escena final no es ninguna valoración artística ni de calidad.

Esta época es la gran oportunidad para los contadores de historias. Porque las series estiraron los tiempos de la narración. Desde El Señor de Los Anillos, que ostentó sin pudor 3 horas de película, los largometrajes no volvieron a ser los mismos. El tiempo de desarrollo de una historia parece alagarse de maneras insospechadas. Ahora, una historia basada en una serie de libros, no puede más ser pensada como película sino como serie. Una novela gráfica se encamina a una serie más que a un largometraje. Tal vez las películas deberían ir tomando los caminos narrativos del cuento, mientras que los recursos y tiempos de las novelas literarias deberían ir apuntadas  a las series. Cosas que se verán en el camino.

Pero volviendo a la reflexión y reclamo de tu amigo el sátrapa. Si la troskeamos un poco, veremos que el objetivo de todo este consumo es el de que vuelvas a encerrarte, que no puedas escaparte de la televisión (hoy en la computadora) y no salgas a vivir, porque la vida está en la pantalla. Tu trabajo es soportable solo porque al final del día te enfrascas en las aventuras de los personajes de la serie que estás siguiendo. Porque es mejor que un personaje se arriesgue a vivir antes que te arriesgues a vivir vos. La serie te da lo que tu vida no. Y cuando termine su última temporada va a pasar al olvido ya que viene la nueva que encima se estrenará completa. La idea es que consumas irreflexivamente, sin respiro, sin tiempo, porque pensar es lo que no vale.

Entonces, tratemos de ver las series con más tranquilidad, menos fanatismo. Más reflexión y menos caminos fáciles.

Tal vez le salvemos así la vida a un amigo, y de paso cañazo que prefiera venir a visitarnos con una cerveza en mano. Y que nos  muestre los capítulos repetidos de una serie que descubrió una vez, y que le recuerda a nuestra amistad. Nunca sabremos por qué, pero a eso le recuerda. Que aprendió algo de ahí, o de una película, que puede ahora resumir una idea en una frase de un personaje, aunque más no sea I’ll be back.