Cortázar básico

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Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra “madre” era la palabra “madre” y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba. Julio Cortázar

Cuentista genial, novelista, poeta, ensayista, traductor, Julio Cortázar (1914-1984) es de esos autores que nos desafía, nos interpela y, especialmente, nos obliga a leerlo más de una vez.

Escribe desde muy chico su madre guardaba una novela que él había empezado a escribir a los ocho años y también tenía algunos poemas que su familia dudaba de que él hubiera escrito; es maestro y profesor. Un día, en 1932, caminando por el centro de Buenos Aires, encuentra Opio, Diario de una desintoxicación, un libro de Jean Cocteau, un desconocido para él hasta ese momento. Aquella lectura lo marcará para el resto de su vida, y a partir de esto lee y escribe de manera diferente, según lo cuenta él.

Es también antiperonista y por eso renuncia a sus cátedras de literatura francesa en Mendoza, pero escribe constantemente y publica en revistas. De esta época es “Casa tomada”, cuento del que Borges cuenta la siguiente anécdota: «Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula “Casa tomada”».

En 1948 obtiene el título de traductor público de inglés y de francés, tras cursar en apenas nueve meses estudios que normalmente insumen tres años. El esfuerzo le provoca síntomas neuróticos, uno de los cuales (la búsqueda de cucarachas en la comida) desaparece con la escritura de un cuento, “Cirse”. De su trabajo como traductor, nos queda la obra completa en prosa de Edgar Allan Poe. Ya está en París y allí, escuchando un concierto en el Thèatre des Champs Elysées, le asaltan unos personajes que se llamarán cronopios y que serán unos de los protagonistas de Historias de Cronopios y de Famas (1962). Un poco antes escribe La otra orilla (1945) y luego Bestiario (1951), Final de juego (1956), Las armas secretas (1959). En 1963 publica Rayuela, texto que rompe con las concepciones del narrador y del tiempo.

En 1966 aparece Todos los fuegos el fuego y en 1967, La vuelta al día en ochenta mundos, un volumen que reúne cuentos, crónicas, ensayos y poemas, con una diagramación extremadamente original. De 1968 es la novela 62, Modelo para armar, la consecuencia directa del capítulo 62 de Rayuela: hacer un libro en el que se rompa el tiempo y las conductas ordinarias descubran lo fantástico. De 1973 es el Libro de Manuel. La novela levanta una considerable polvareda por sus connotaciones políticas. En 1975 publica una historieta en México: Fantomas contra los vampiros multinacionales , al que le siguen Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980) y Salvo el crepúsculo (1984), libro de poemas publicado después de la muerte de Cortázar.

Cortázar cuentista y novelista

 Estábamos ante un cuentista que podía cotejarse con Rulfo, con Salinger, con Buzzati. Un escritor de la estirpe de Poe y Chejov y Kipling: uno de esos raros que pueden decir en veinte páginas lo que otros amplifican en doscientas. Abelardo Castillo

Eduardo Berti, escritor contemporáneo, nos dice que de los representantes arquetípicos del llamado boom latinoamericano, ninguno como Cortázar logró posicionarse con igual reputación en términos de cuentista y de novelista, con la excepción de Gabriel García Márquez, cuyos cuentos y novelas han sido valorados más o menos por igual. Algo no tan distinto ocurre en el ámbito de la literatura argentina escrita a partir de mediados del siglo XX: Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Ángel Bonomini o J. R. Wilcock fueron y son clasificados como cuentistas; Ernesto Sabato o Leopoldo Marechal, como novelistas. Entre los primeros y los segundos, sólo contados autores, por ejemplo Adolfo Bioy Casares o Marco Denevi, plasmaron textos de peso indudable en uno y otro terreno. Sin embargo, hay una diferencia específica entre el Cortázar cuentista y el novelista: los personajes y narradores de los cuentos parecen contemplar el mundo como si no lo entendieran (incapaces de descifrar la compleja y absurda pesadilla de la cotidianidad), mientras que los personajes de las novelas tienen mil y una teorías a boca de jarro.

Para Cortázar, la novela y el cuento se pueden comparar con el cine y con la fotografía, en la medida en que en una película es en principio un orden abierto, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa. El fotógrafo recorta un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos. El fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un suceso que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar condensados.

De las diferentes versiones cinematográficas y fotográficas que nos ofrece Cortázar en sus textos, sin dudas, el escritor de cuentos fantásticos es el que más nos sorprende, el que nos atrapa como lectores dentro de un mundo en el que lo extraño convive junto a lo cotidiano. No es ya el fantástico de Poe, el del suspenso asociado al terror, sino un quiebre sutil dentro de nuestra realidad de todos los días. Un hombre que se transforma en pez, otro que ve bailar a su novia que está muerta, un muchacho que termina sacrificado como un guerrero indígena, dos hermanos que cierran con llave su casa invadida no sabemos bien por quiénes, una mujer que tiene como doble a mendiga a cientos de kilómetros, un hombre que vomita conejos son poquísimos ejemplos de un mundo en el que las cosas parecen fluir normalmente hasta que normalmente dejan de hacerlo: “Axolotl”, “Las puertas del cielo”, “La noche boca arriba”, “Casa tomada”, “Lejana”, “Carta a una señorita en París”.

Si bien muchos de estos cuentos son interpretados como metáforas de otra cosa, esto no es lo fundamental. Lo esencial, en la concepción cortazariana, es que lo fantástico se traduce en una sensación de extrañamiento que nos aborda en cualquier momento de nuestras vidas. Esa es la clave. En esos momentos hay paréntesis “y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. […] y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de, de viento interior, que lo desplaza y que lo hace cambiar”.

Otros cuentos trabajan con la ambigüedad: “Usted se tendió a tu lado” y “Las babas del diablo”, por ejemplo. En ambos, el manejo de los narradores nos muestra la realidad desde diferentes puntos de vista; esta no es concebida de una sola manera, lo que se lee a partir de la relación entre el narrador y lo narrado, el narrador y los narratarios, los narratarios entre sí, el narrador y el lector, y el lector y los narratarios. En síntesis, la escritura misma implica una nueva realidad en la que participan el escritor y sus múltiples lectores, cada uno con su apreciación particular, lo que da al hecho escrito la posibilidad de crear infinitas realidades subjetivas, todas con la probabilidad de ser verdaderas.

Como novelista, Cortázar es Rayuela, una novela que reflexiona sobre el lenguaje y que desconfía de él: desconfianza permanente ante un instrumento imperfecto, engañoso, desgastado por el uso común. “Lo terrible, claro está, nos dice el autor, es que no tenemos otra cosa; y lo paradójico, que toda esta denuncia y destrucción del lenguaje sólo puede realizarse utilizando lo mismo que se denigra”; una crítica a la literatura, a sus convenciones habituales: la falsedad, el anquilosamiento, las fórmulas, los tópicos, el peso de la retórica; una búsqueda para llegar a prescindir de los esquemas habituales (principio de causalidad, racionalismo, coherencia psicológica) e instaurar un orden más abierto.

A esta altura, ya sabemos que la obra de Cortázar tiene poco que ver con una línea realista, pero sí se inscribe en la literatura del boom que, dicho muy sintéticamente, propone la asimilación natural de las técnicas renovadoras de la novela contemporánea, la profundización en las raíces del mundo hispanoamericano, la unión de realismo y fantasía creadora y, como decía Carlos Fuentes, el intento de conducir con una sola mano dos caballos: el estético y el político. Libro de Manuel, en este sentido, es la más política de las obras de Cortázar, pero continúa en la línea de los experimentos narrativos de Rayuela, trabaja con el vocabulario, introduce otros discursos, todo sin olvidar el juego con los narradores del que el autor argentino es tan partidario.

Cortázar poeta

Pero nunca dejé de saber que era un elegido por el Dios de la palabra, que estaba casado con ella y que su oralidad era por escrito. Que había aprendido a dominarlas y que con ellas había construido esas máquinas fascinantes que son sus páginas, rebosantes de hallazgos. Héctor Yanover

En un autor que escapa a los encasillamientos genéricos, no siempre es posible separar poesía de prosa, aunque en algunos textos es el propio Cortázar el que traza los límites entre los dos géneros. Sin embargo, muchos de sus libros narrativos incluyen poemas porque para él poesía y prosa se potencian recíprocamente.

El Cortázar poeta es, quizás, menos conocido que el narrador. El hecho de que su libro de poemas Salvo el crepúsculo haya sido publicado después de su muerte y que él ni siquiera haya podido corregirlo es significativo, pero es también significativo que Julio Cortázar nació como la voz lírica de Julio Denis. En 1938, se publica en Buenos Aires su primera obra, Presencia: cuarenta y tres sonetos firmados por un joven poeta desconocido. Estos poemas siguen los modos de los petrarquistas españoles, y los poetas italianos y franceses a lo largo de la tradición lírica, pero le deben mucho a la influencia del simbolista Mallarmé. En su última obra poética, Salvo el crepúsculo, poesía y prosa se unen, y sigue la impronta del autor francés, aunque vuelven a aparecer gran cantidad de sonetos con todas las convenciones que rigen desde el Renacimiento. Sin embargo, hay que hacer una salvedad: en muchos se produce una apropiación de esa forma estrófica, pero a través de la parodia. El autor mantiene la forma, el envase, aunque presenta originalidad en el tratamiento de los temas.

Un ejemplo bien cortazariano de ese tratamiento del soneto es el que parodia el mito de Dafne y Apolo tal como lo presenta Garcilaso en un conocido soneto suyo. La primera estrofa define la originalidad de Cortázar: Supón que de verdad Dafne murmura/ en lo que llamas quejas de esta planta; el lector que estaba fuera del poema del autor español es acá un cómplice de ese yo lírico externo que después le cede la voz a Dafne: Siente temblar al viento mi cintura/ donde se enreda el día que adelanta, de modo que la ninfa no solo habla sino que se declara enamorada de Apolo contraviniendo todas las versiones anteriores del mito.

Querer abarcar la totalidad de la producción de Cortázar, afortunadamente, es imposible. Faltan sus cartas, sus ensayos, su teatro. Menos leído como dramaturgo, algunas piezas como Los reyes (1947) adelantan su producción posterior. La obra gira sobre dos espacios: el laberinto donde está encerrado el Minotauro y el palacio de Cnossos, donde viven el rey Minos y su hija Ariadna. Libertad/cárcel, rey/prisionero, vida/muerte se invierten y también se intercambia la naturaleza inmutable del mito clásico. El minotauro es el poeta, según el autor argentino, es el monstruo al que mata Teseo porque monstruo es aquel que escapa a la codificación, es lo libre, el individuo puro, sin especie. El minotauro es, de este modo, el propio Cortázar que escapa a cualquier encasillamiento.

Y si hay que definir a este creador con palabras, a pesar de lo imperfectas y limitadas que resultan a veces, solo queda decir que él es, sobre todo, un escritor original que se acerca a todos los géneros, y que los renueva en su forma y en sus temas. Es un cronopio, el más grande de todos, y es muy probable que en este término se sintetice la esencia de este autor.

 

  • En el cumpleaños de Cortazar!!!! Rocamadour!!!

  • hugo galatti

    Como cuentista es realmente muy bueno.
    Sus novelas ya no resultan tan interesantes como parecieron en su momento