Donde terminan los rieles, Tato Cayón

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En los 90 nació la cumbia villera, un estilo musical con fuerte impronta de reivindicación de la marginalidad. Surge como lo hacen todos los movimientos disidentes, irrumpiendo en la escena y escandalizando algunas moralidades. Las letras, en algunos casos, con obvia apología a la droga, la cárcel y las habilidades sexuales de las mujeres son una denuncia de la desigualdad social. Una revolución de gritos, manos en alto y cuerpos transpirados que gozan con el ritual del baile en intentos de evidenciar silenciadas existencias.

El capitalismo, ya sabemos, lo fagocita todo y después de 2001 se apropia de la cumbia villera y la denuncia cantada y bailada para ponerla de moda en los boliches de Palermo, lo periférico irrumpe en el centro pero modificado, estetizado.

Cuando la cultura hegemónica se apropia de la marginalidad como tema, lo hace casi siempre descontextualizando a los sujetos sobre los que opina, insertándolos con fórceps en ambientes a los que no pertenecen y contraponiéndolos con conflictos y vínculos de una clase social que no es la suya. El modo pedagógico de la telenovela en la que la empleada doméstica sueña con casarse con el patrón, o programas tipo reality como Policías en acción, son formas más o menos entretenidas de decirle a los consumidores de la clase media o de la clase alta: esto es un pobre. No solo ubica al pobre como conejo de indias en el centro del panóptico, sino que también subestima al espectador, como si éste fuera incapaz de observar su entorno. Por suerte tenemos los poemas de Ioshua, de Mariano Blatt, de Camila Sosa Villada, de Naty Menstrual, entre otrxs, y dramaturgos como Tato Cayón que trabajan la reivindicación de la cultura de los márgenes con conflictos que son propios de esos universos sin caer en estereotipos que encorsetan las identidades.

Tiene muchos méritos la obra de Tato Cayón Donde terminan los rieles, el más evidente es la dirección. Si bien es un grupo de actores muy potente, la dirección sorprende porque logra que cada actor entienda a su personaje sin caer en la bajeza de jugar a ser marginal. Cada uno de los actores y actrices se acercan a su personaje, podría decir, que sin ideas previas, evitando caer en el estereotipo de la forma. Tato Cayón y Fabián Caero lograron coherencia en la multiplicidad de registros actorales.

El otro mérito sobresaliente de Donde terminan los rieles es escapar a la pretensión demostrativa que expone a los personajes a moverse en espacios que no les son propios. Mostrar sus realidades cotidianas sin compadecimiento. Cayón también escapa la referencia espacial al conurbano, la villa u otros espacios que plantean a la periferia como “lo otro”. La historia transcurre en el baño clausurado de una estación de tren en Capital. Ahí viven dos amigos vendedores ambulantes, El Rengo (Anibal Brito) y El Rulo (Luciano Rojas) que no sólo supieron convertir en hogar ese espacio y juntar las monedas para pagar el alquiler sino que también lograron juntar para pagar la fianza y sacar a El Chato (Alejandro Robles) de la cárcel. Cayón supo establecer un universo con sus propias reglas del juego donde las curvas dramáticas de los personajes son coherentes con sus conflictos y no necesitó caer en estereotipos policlasistas o hacer una pedagogía de la miseria.

Los personajes femeninos se destacan por luchar, cada una a su manera por el lugar de respeto que merecen. No percibo una intención ideológica a este respecto, sino más bien ilustrativa de la precariedad de los mecanismo de adaptación y supervivencia de las posiciones femeninas en determinadas situaciones de vulnerabilidad. La Chancha (Alejandra Maritinez) juega la violencia arrolladora necesaria para que los inquilinos le paguen el alquiler, y Natalia (Paula LaSala) es una madre adolescente, soltera, con el heroísmo doméstico que eso implica. Ambas manejan contradicciones que las enriquecen y humanizan.

Cuando las faltas de oportunidades devienen en tragedia cotidiana y la libertad sexual pareciera ser un beneficio burgués, ahí aparecen las joyas valiosas: una garrafa, una botella de cerveza, un sachet de leche o la amistad resumida en un alfajor vencido que El Rulo le regala a El Rengo. Detalles que resaltan en la obra gracias a una impecable escenografía realista que merecería un capítulo aparte. Y la cumbia, claro, al servicio de los cuerpos vivos que desean con furia y rabia a pesar del hambre, la discapacidad y la exclusión,  la cumbia que alivia porque acerca y el contacto físico es irremplazable, la cumbia que obliga a buscar el contacto del que esté a mano para reírnos de la mentira de la meritocracia

Agradezco a Cayón no haber necesitado apelar a golpes bajos efectista que provocan en el espectador la oculta satisfacción de saberse a salvo cuando termina la ficción, porque si bien el entorno está perfecta y coherentemente delineado, el conflicto que plantea Donde terminan los rieles ronda alrededor de la sexualidad y del amor. El amor y el sexo son capaces de nacer en los contextos menos propicios para distraerse, como un brote sano en la tierra muerta. Del amor nunca estamos a salvo.

Ficha artístico-técnica

Autoría: Tato Cayón; Actúan: Anibal Brito, Paula La Sala, Alejandra Martínez, Alejandro Robles, Luciano Rojas; Trailer: Teatra; Vestuario: Celina Barbieri, Guadalupe Sobral; Fotografía: Laura Gattinoni; Diseño gráfico: Federico Lagreze; Asistencia de dirección: Fabián Caero; Dirección: Tato Cayón

Duración: 70 minutos

Centro Cultural El Deseo
Saavedra 569 Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Reservas: 49414954
Web: http://cceldeseo.wix.com/eldeseo
Entrada: $ 120,00 / $ 100,00 – Sábado – 22:00 h – hasta el 08/10/2016