Juan Filloy: humor, parodia e ironía

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El escritor argentino Juan Filloy nació en el pueblo de General Paz, al noroeste de la Ciudad de Córdoba, el primero de agosto de 1894. Fue importante fuente de inspiración para escritores como Julio Cortázar, quien se refiere a su obra en Rayuela y en La Vuelta al día en ochenta Mundos.

En marzo de 1919 recibió el título de abogado en la facultad de Derecho y Ciencias Sociales (Universidad Nacional de Córdoba) y ejerció con altibajos durante casi dos años la profesión. Recibió entonces una designación oficial y eligió Río Cuarto como su destino. En esa ciudad se instaló el 8 de octubre de 1921 y vivió permanentemente hasta febrero de 1985; allí escribió la casi totalidad de su obra que abarca: novelas, cuentos, artículos, ensayos, traducciones, poemas, obras de teatro. De joven fue también dibujante caricaturista.

Trabajó durante sesenta años en el diario El Pueblo, en donde tenía una sección de glosa del día, y de crítica teatral y de arte.

A partir de 1931 comenzó a publicar sus obras en ediciones privadas. Entre sus características como escritor, podemos mencionar la costumbre de utilizar siempre siete letras en todos sus títulos; el hecho de que por lo menos uno de ellos se corresponde con cada letra del abecedario, de la A a la Z y su afición a los palíndromos, entre otras.

Después de sus primeras siete obras, se mantuvo casi 30 años sin publicar. Entre 1939 y 1967 hay una enorme pausa en su bibliografía, aunque no dejó de escribir ni un solo día. Entre 1967 y 1973 aparecieron sus tres novelas más conocidas en una importante editorial porteña, y desde 1973 en adelante volvió a su costumbre de publicar ediciones de autor.

Juan Filloy murió, mientras dormía la siesta, en la tarde del 15 de julio del 2000, pocos días antes de cumplir los 106 años de edad.

Caterva (fragmento)

De improviso surcaron la mesa varios cascarudos. Tincazos entre los platos de entremeses. Hediendez entre los dedos alejados.
Nuevos sorbos. La presencia de otros cascarudos endureció su ceno. No se reparpilaban ya pinchando aceitunas y pinchando con sus pullas a “Katanga”.
–Más cascarudos todavía. ¡Qué peste de bichos!
–Es el tiempo. Está por descomponerse.
Contemplaron el cielo. Mientras lo hacían, una falange de cascarudos accionó impunemente entre los platos de berberechos, manises y ensalada rusa. Manotones irascibles. Imprecaciones.
–¡Vaya una plaga!
–¡Qué fatalidad: siempre abunda lo que revienta!
Hacía un calor raro. El asfalto guardaba la insolación del día. La tormenta inminente soltaba su red de sombras. Calor húmedo, impregnante. Calor de colores nocturnos, con todo el color de los calores meridianos.
Los cascarudos invadieron todo. La concurrencia desarticuló su compostura en ademanes y contorsiones violentas. Restallaba el fastidio por doquiera. Intervino el propietario del bar. Movilizó los lavacopas. Escobazos y pisotones. El asedio cesó en parte. Pero, a poco, el instinto estratega de los cascarudos volvió sobre sus pasos. Y, aun diezmados, incursionaron parajes en donde no es posible la vigilancia ajena…
Sólo “Katanga” permaneció tranquilo. Observándoles. Espantándolos serenamente. Exhibía un humour extraordinario. Como si la molestia de los demás promoviese en él una secreta complacencia. “Longines” iba a recriminarle, cuando advirtió que él lo disuadía reclamándole calma con la mano abierta. Tosió ficticiamente. Y, cierto de que le escuchaban tres damas jóvenes de hermosa estampa, sentadas a la derecha, manifestó:
–Vamos… No renieguen… ¿Qué ganan con renegar? ¡Fíjense! Los cascarudos, como tantos bichos humanos, se dedican al sport. Tienen una manía alpinista que desconcierta por su pertinacia. En todos los animales lo asiduo de la muerte y la frecuencia del peligro, genera un instinto de defensa. En los cascarudos, no. De tal modo, el tincazo rápido y enérgico que los desmorona de la solapa, como si fuese la acróptera de un frontispicio, no ha curtido todavía las fuerzas obscuras de su subconciencia… Tal vez sea exagerado hablar de subconciencia. Pero pensando en imágenes, ¿qué diferencia hay entre un cascarudo y un caradura que maneja un Ford modelo mil novecientos treinta? Ninguna, absolutamente. Los dos, con todo desenfado, se exponen a morir por el fastidio que ocasionan con su escape libre… ¡Porque hay que embromarse con el escape libre de los cascarudos!
(Compulsó el efecto y, alentado por sus tres sonrisas, continuó):
–Fabre, el formidable poeta de los insectos, en cuyo homenaje póstumo los gallos de Rostand pusieron sordina a su estridor alegre, no ha explicado el quid de la manía ambulatoria y ascensional de los cascarudos. Todos sus recuerdos entomológicos, plenos de dulce bondad panteísta, tocan por otros motivos la huraña comprensión de los hombres. Por eso yo, en esta rambla de café entre tufos de nafta y esencia de “juanitas”, voy a afrontar la investigación de referencia. Dudo, sin embargo, del éxito. Recuerdo el caso de aquellos sabios alemanes que escribieron en tipo seis, cinco volúmenes titulados: “De porqué los gatos no viven en las marmolenas”. Y temo, también, una conclusión apodíctica como la que consiguieron, al afirmar que “los gatos huyen de las marmolerías porque creen que los fragmentos que saltan al golpe del cincel, al devastarse el mármol, les son arrojados intencionalmente…
(“Longines” y “Aparicio” pescaron la onda… Las damas reían)…
–Bien. Los cascarudos poseen todo un prurito de curiosidad. No se avienen, como tantos usureros, a vivir en el hueco donde apenas caben con su mezquindad. Emergen de lugares recónditos, con la idea fija de atalayar la vida en torno, para juzgar si vale la pena de convertirse en hombre en la próxima metempsicosis. Parten, no obstante, de una premisa falsa. Creen que la humanidad es lo más alto que hay. Por eso, ni bien uno se sienta, escalan la rampa de las pantorrillas, hacen un leve descanso en la meseta de los muslos y se encaraman, audaces, por el recto parapeto de la espalda. Han llegado, por fin, a la cumbre de los hombros. Allí se solazan con la perspectiva. Agitan sus élitros de charol como la capota de una limousine. Y se disponen a la ventura máxima: saber si el hombre o la mujer usan perfumes superiores al suyo…
(Las damas bisbiseaban, mirándole de rabillo).
–Los cascarudos son cautos y exploran la solapa y los escotes. Habría que indagar profundamente que atracción poseen los repliegues de solapas y escotes en la vida de los cascarudos. Es en ese lugar donde acontece el noventa por ciento de los tincazos trágicos que da la amistad vecina. Pero esa cautela es infructuosa. Por más que uno esté gesticulando contra un whisky infame o contra un cocktail maligno, las patitas, al cruzar la piel del cuello provocan una sensación súbita que se crispa en ¡ay! y en sobresaltos nerviosos. Y uno bracea entonces como si se ahogara en miasmas…
(“Viejo Amor” radió de gusto al cerciorarse. Un codazo lo aplacó).
–Es evidente que obramos mal. Si cada cual tuviera la bondad exquisita que revelan las fioretti de San Francisco, “el hermano Cascarudo” satisfaría ampliamente su curiosidad, juzgando el agua colonia o la loción que nos perfuma. Pero no: nuestra excitación los enfada. Y para humillar nuestra artificiosa poquedad, mientras la mano pugna por hacerles caer, vierten en ella el juicio definitivo de su emanación mefítica…
(Las tres damas se erizaron con donaire y coquetería) .
–Los pobres cascarudos han dado de bruces en el asfalto o el mosaico. El escozor de su recuerdo inspira al pie para aplastarlos. A veces… Quedamos frecuentemente con el pie verdugo en el aire… Los cascarudos conocen la filosofía de las rendijas. Y se zambullen en ellas, sacando en la parte trasera de sus alas una especie de capita blanca, como un cartel de desafío que dijese: “Hasta luego”… Efectivamente. Momentos después dejarán, en el helado que se disuelve con bonachonería o en los cachetes reventados de las masas de crema, la tarjeta fragante de su visita… Al rato se internarán bajo el pantalón o la pollera, a pellizcar la liga y poner su rúbrica maloliente… Y, en fin, con su pertinaz alpinismo, volverán a ostentar su silueta en el contraste del cuello, para escarnecer la violencia del manotón con su trascendente fetidez. . .
“Katanga” bajó los párpados, seguro del triunfo, como solía hacerlo desde el proscenio, después de un truco genial. Los aplausos remotos se concretaron aquí en el discreto cuchicheo de las tres damas hermosas. Había “actuado” deliberadamente para ellas, deduciendo por la innata distinción, la calidad de sus espíritus. No se equivocó. Gratas al homenaje, hicieron perceptible el comentario a “la gracia cuidada, bien hecha, llena de cosas simpáticas, de su discurso”.
El término le crispó.
Con fino desparpajo, giró, entonces, el busto a la derecha:
–Discurso… ¡Dios me libre! Odio cordialísimamente a los oradores. Son una peste peor que los cascarudos. Con razón un amigo colombiano decía: “Un libro, un folleto o un discurso impreso se puede tirar por la ventana, se puede regalar a un enemigo personal, se puede esconder debajo de la mesa. Con un orador no se puede hacer lo mismo, sin encontrar serias dificultades”…
Tres juegos espléndidos de dientes aparecieron al conjuro de otras tantas sonrisas.