Eva no duerme

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La santita pagana que destronó a Dios, dice el almirante que hila la película,  mix de Massera y Rojas, el único personaje paródico en tanto encarna un discurso original que ya fue dicho hasta el cansancio para repetirlo en otras claves, haciendo resonar los tacos de sus botas, fumando en boquilla o intentando enterrar en cemento lo que sobrevivió, y es inmortal, tarea estúpida, aún y para siempre. Porque la santita pagana es como la Santa Eva de Eloy, pero que, lejos de ser como el ángelus novus, pudo dejar de volar hacia atrás, de quedar crucificada en el instante, y vuelve, como la memoria, desobediente.

Lógicas de la textualidad de todo acto de releer, creíamos que teníamos la mirada cerrada sobre el cadáver de Evita, (en las puertas del poskirchnerismo deseado por el gorilaje que no cesa de enterrar en cemento, el macrismo o simplemente el neoliberalismo mediático, judicial, expandido, vengador y transparente a cada rincón de los deseos).

Pero la Historia pareciera que es dialéctica nomás, como algunos sospechaban. Y el cine, más que nunca, es una de sus fuentes historiográficas posible. No es una historiografía de traducciones, sino de contra imágenes, como en Tierra de los Padres, para dar otro ejemplo que también cabalga sobre una de las matrices por antonomasia de construcción y representación de la historia argentina y latinoamericana: la violencia.

Lo que Eva no duerme elige narrar no es el desastre que acompaña al derrotero del cadáver de Evita (desastre por falta de astro del cuerpo de la estrella abandonada en manos de sus enemigos monstruos), ni el shock de morbo que es, para el gran público gorila y desalmado o peronista resistente, saberlo venerado y embalsamado para ser luego cortado, violado, profanado, deseado, eyaculado de cáncer una y otra vez. No, porque se anima por lugares imaginativos, llegando incluso a ser contrafáctico.

Los personajes en cuestión son tres: Pedro Ara, el mago que la embalsama y la deja lista para continuar la batalla el 24 de noviembre de 1955; Carlos Eugenio Moori Koenig, el que roba su cuerpo y lo traslada desde la CGT en el largo camino hasta el cementerio de Milán; Pedro Eugenio Aramburu, el dictador que terminará sus días en un juicio sumario y ejecución, por no poder decir dónde está el cadáver.

Algunos sabores que deja la película, que son interesantes tienen que ver con lograr un producto sumamente poético desde lo visual y al mismo tiempo político. No sé, ni es relevante, cuánto hay de peronismo en su director, Pablo Agüero, pero sí sé lo que se actualizan en estas imágenes: el basural con los fusilados de José León Suárez, “Esa Mujer” de Rodolfo Walsh, y el episodio del frigorífico Swift, tres hitos de la resistencia peronista. En esta última referencia, el momento de la película donde un muro dice: Villa Manuelita NO, es como lo que queda en los cuerpos, quizás un resabio de nosotrxs mismxs luchando contra lo que impera. Porque trae al hoy el cartel que, colgado de un tanque de agua, pintado con brea sobre una bandera hecha con guiardapolvos blancos, desde una barriada pobre de Avellaneda le explicaba a la Fusiladora: “Todos los países reconocen a Lonardi. Villa Manuelita no lo reconoce”.

La película es más nocturna que diurna, melancólica, de planos encerrados y casi claustrofóbicos. El director de esta extraña pieza de producción argentina, es Pablo Agüero (Madres de los dioses), la vimos en Pantalla Pinamar 2016 y ahora, se la puede apreciar en el INCAA Gaumont, en este un nuevo aniversario del día en el que la Señora por antonomasia de las clases populares, entró a la inmortalidad…