Sobreviven: El consumismo que nos consume II

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Si bien la idea de invasores disimulados entre la humanidad es un tópico de la ciencia ficción de épocas previas (algunos ejemplos son Muertos vivos, 1956, El pueblo de los malditos, 1960 y Extraños invasores, 1983), lo novedoso en Sobreviven es su tratamiento, y el añadido de lo subliminal de la propaganda y la publicidad. Somos presa de un engaño constante y sutil, y necesitamos de unos anteojos[1] que nos hagan ver más allá de lo evidente.

La idea de la publicidad subliminal puede remitir al espectador a los experimentos realizados en 1957 en Nueva York por James Vicary[2], quien anunció que había intercalado los mensajes “Tome Coca Cola” y “Coma pochoclo” en una proyección cinematográfica, tras lo cual aumentaron considerablemente las ventas de esos productos. Desde entonces, esto no ha hecho más que crear una sana y loable desconfianza en algunos sectores respecto del poder de la publicidad para estimular el consumo de ciertos productos e incluso la adopción de valores.

Al igual que en La niebla (1980), la religión tiene un lugar central en la historia: un predicador callejero—paradójicamente ciego—sermonea sobre el (muy bíblico) tema de la falsedad, relacionándolo con la avaricia, y el cuartel general de la resistencia se halla en una iglesia. De nuestro héroe, John Nada, sólo sabemos algunas cosas: es un trabajador golondrina, la quintaesencia del desclasado; no tiene familia, hogar, o trabajo fijo. Para que Nada sea eso, nada, y esté desocupado, alguien en lo alto de la escala social ha dado el amén (así sea) a la codicia. A la escena del predicador le siguen imágenes típicamente estadounidenses, proyectadas en televisores: el Monte Rushmore, un águila, unos amigos jugando al basket… todo un patriotismo liviano que oculta terribles verdades y mantiene a los criptogobiernos en su lugar de privilegio.

Nada consigue alojamiento en un sitio mezcla de campamento, misión y toma; la primera comida es el equivalente a una olla popular. Entabla amistad con Frank Armitage[3]  quien menciona que su familia está en Detroit—cuna de la industria acerera y automotriz de los EEUU—y que los trabajadores han salido al rescate del empresariado, para ser retribuidos con desdén. Armitage comenta que “la regla de oro” es “el que tiene el oro hace las reglas”. Le sigue una fuerte crítica a la meritocracia inherente a la vida social y económica estadounidense, implícita en el sueño americano, en el que Nada dice creer. El momento epifánico del protagonista llega al ponerse los lentes: todo un mundo que estaba velado ahora cobra vida ante sus ojos. }

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image-2016-07-17 imagen2 imagen3Es irónico que la resistencia al lavado de cerebro en masa producido por los alienígenas y transmitido por el medio favorito para la publicidad antes de la aparición de Internet, la televisión, use ese mismo medio para desbaratar el plan. Como en el aikido, se usa la fuerza del contrincante para desarmarlo.

No es coincidencia que por el mensaje contrahegemónico de la resistencia, Sobreviven sea una de las películas más citadas por los diversos movimientos conspiranoicos.

 

Ellos viven. Nosotros dormimos.
Ellos viven. Nosotros dormimos.

Un equipo de SWAT ataca la iglesia, que también sirve de laboratorio para producir los lentes, y una escuadra de policía antimotines hace lo propio para desalojar el campamento. La represión es brutal, y el predicador resulta golpeado y posiblemente desaparecido, pero Nada logra escapar. La relación de Carpenter con gobierno y policía ha sido tirante, o al menos ambigua, en sus películas—en Asalto al precinto 13 (1976) deben defender la comisaría frente a una horda de forajidos, pero en Escape de Nueva York (1981) son presentados como crueles y un tanto bobos—, y este film no es la excepción.

Lo acre de este film puede verse condensado en una de las líneas de diálogo más recias (y memorables) del cine norteamericano de todos los tiempos[4]. Nada entra a un banco y con toda la seguridad y todo el aplomo del mundo dice “Vine a masticar chicle y a patear traseros. Me quedé sin chicle.” Y comienza el tiroteo. Si en esas escuetas palabras no se ve un rastro de genialidad por parte de Carpenter, resultará difícil hallarlo en otros aspectos.

Los extraterrestres son una especie colonizadora interplanetaria[5], para los cuales la humanidad no es más que ganado, y la Tierra un sitio donde desarrollar sus ansias corporativas. Cerca del final asistimos a una cena de negocios donde se celebra la derrota de los terroristas y el aumento de las ganancias en un 39%. De boca de un traidor con acento sureño, aprendemos que “Ya no hay países, ni chicos buenos” y que los invasores “Son dueños de todo el planeta, pueden hacer lo que se les ocurra”. La globalización y su avance irrespetuoso son tema de la ciencia ficción al menos desde los años setenta, por ejemplo Naves misteriosas (1972), Cuando el destino nos alcance (1973) o Rollerball (1975), década en la que Carpenter hizo su debut como director.

La crítica no sólo está dirigida al empresariado, sino que también a los miembros del cuarto poder que se venden al mejor postor. En una escena final, Carpenter se despacha satirizando a un crítico de cine que bien podría ser Roger Ebert.

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Con estas líneas cierro el ciclo de textos—que tuvieron un poco de ensayo, otro poco de reseña, otro de notas sueltas—sobre el cine de ciencia ficción estadounidense de los ochenta, (Ver La sustancia maldita: El consumismo que nos consume) pero el material no se agota aquí, de manera que los invito a contactarme por cualquier duda o sugerencia.

[1] Que sean de sol puede significar que no debemos deslumbrarnos frente al brillo publicitario.

[2] Cf. www.bbc.com/mundo/noticias/2015/01/150122_finde_publicidad_subliminal_bbc_experimento_fp

[3] Seudónimo elegido por Carpenter para firmar como guionista. En esto tal vez haya algo de Vonnegut, Martin Amis y otros posmodernos: uno de los personajes se llama igual que el escritor del film, alias a su vez del director: todo un juego subversivo respecto del poder del autor, y los niveles de realidad en la obra.

[4] Tal vez junto con el “Francamente, querida, me importa un bledo” de Rhett Butler en Lo que el viento se llevó, el “Dale, haceme el día” de Harry el sucio o el “¿Me estás hablando a mí?” de Travis Bickle en Taxi Driver. Todas estas frases destilan masculinidad, coraje, desafío, pero la de Nada añade un elemento gracioso en su elipsis: deja que sea el interlocutor quien la complete… para su perjuicio.

[5] Es interesante que el nombre dado a los extraterrestres es ghoul, que bien podría traducirse como “demonio necrófago”, “espíritu maligno” (siguiendo con las alusiones bíblicas), “persona macabra o morbosa”. Uno supondría que todas estas acepciones son válidas al hablar de los invasores, porque se alimentan del desahucio humano, no pertenecen a este plano terrestre, y se complacen en hacer negocios que perpetúan la iniquidad.