Llegó a Netflix: Los ocho más odiados

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“El mal conoce el bien, pero el bien no conoce el mal” Franz Kafka

“El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría” William Blake

Años después de la Guerra Civil, una diligencia atraviesa raudamente el paisaje nevado de Wyoming. Inicialmente los pasajeros son John Ruth (Kurt Russell) que lleva a la ciudad de Red Rock a su presa, la fugitiva Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), para cobrar la recompensa. A lo largo del camino, se encuentran con dos desahuciados: el Mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson) un ex soldado afroamericano convertido también en cazarrecompensas y Chris Mannix (Walton Goggins), un renegado del sur que dice ser el nuevo Sheriff de Red Rock.

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Dado que la tormenta de nieve se avecina, Ruth, Domergue, Warren y Mannix buscan refugio en una parada de diligencias llamada “la mercería de Minnie” y no son recibidos por su dueña sino por cuatro caras desconocidas, Bob (Demian Bichir), que dice estar a cargo de la posada en ausencia de Minnie, Oswaldo Mobray (Tim Roth) que dice ser el verdugo de Red Rock, Joe Gage (Michael Madsen) en camino para visitar parientes y el general confederado Sanford Smithers (Bruce Dern).

El film es, a mi entender, el mejor de todas las películas de Tarantino, hecha con el detalle y la dedicación de los grandes directores.

La carta: el vínculo entre ficción e historia.

La película abre y cierra con la carta con la cual se presenta el mayor Warren, es una carta, supuestamente, escrita por Abraham Lincoln donde muestra sus vínculos con Warren como héroe de la guerra civil . John Rutt ejerce la lectura de la misma en silencio y con fruición en el viaje hacia la posada, y sólo comenta la parte final  (“Mi Mary todd está llamando, así que debe ser hora de dormir, Respetuosamente Abraham Lincoln”) emocionado, John Rutt valida como verdadera esas palabras, mientras que para el resto es falsa, pura ficción. Un debate sobre la verosimilitud que está emparentado con la relación de todos los personajes con la historia, la ley y la verdad. La mercería de Minnie es como la “tiendita del horror” donde los personajes se verán retirados del flujo histórico, donde la ficción no es utilizada ni como recreación ni como pedagogía de la historia porque la ficción produce su propia historia.

La carta es leída completamente al final para mostrar que la ficción es la verdadera ley en la que cree el film, en eso centra toda su ética, no hay ley del más fuerte, no hay legalidad ni ideales por los cuales morir y matar, no hay justicia poética solo el placer (en su más amplio y contradictorio sentido) de contar e inventar una historia.

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Ennio Moricone entre Carpenter y Leone

Otro núcleo interesante para comentar es la elección de Ennio Moriccone como responsable de la música. Por boca del mismo Moricone, quien primero declinó el ofrecimiento de Tarantino porque estaba trabajando en otra película, surgió la idea de utilizar los descartes de la música hecha para la fantástica “The Thing” de John Carpenter. Entusiasmado por lo que Tarantino le mostró, le agregó 25 minutos más, compuestos específicamente para la banda sonora de este film.

Tarantino ha expresado en cada reportaje su devoción por  “The Thing”. En ambos films el ambiente claustrofóbico y paranoico se construye ante la inmensidad de lo blanco de donde será imposible escapar con vida. El héroe del aquel film (Kurt Russell) es también protagonista en éste y algunas otras rarezas como la presencia del ajedrez (en la de Carpenter como límite del conocimiento humano en la de Tarantino para indicar que los ocho son piezas movidas por la ficción como en un poema de Borges) y dos personajes laterales y secundarios, muy similares, como Thomas Waites en The Thing y James Park en Los ocho…

También Moriccone vincula a Tarantino con Leone, Los ocho… no es conceptualmente un western pero sí tiene un clima lúdico que no se relaciona con el drama fordiano sino con la liviandad del western versión “spaghetti”, con sus personajes  ambiguos y carentes de valores y Don Ennio hizo la música de películas del gran del icono de este subgénero como lo es  Sergio Leone en “Por un puñado de dólares” (1964), “La muerte tenía un precio” (1965), “El bueno, el feo y el malo” (1966) o “Hasta que llegó su hora” (1968).

Morricone, siguiendo los pasos de Bernard Herrmann (que hizo la música de películas como psicosis y los pájaros) no trabaja operísticamente la banda sonora sino como soporte rítmico de la escena. Tarantino ha dicho que “una de las grandes influencias que el spaghetti westerns han tenido sobre mí cinematográficamente es la forma en que utilizan la música”.

El juicio final en la Tierra (como lo hace el Dies Irae remezclado con sintetizadores y voces por Wendy Carlos en “El resplandor” de Kubrick o como suena The End de los Doors en “Apocalypse Now” de Coppola) es lo que aporta la apocalíptica música de Morricone al film de Tarantino: una banda sonora con un tema principal áspero y siniestro que abre la película y que funciona como el anticipo de la violencia.

Moriccone para Tarantino es una huella, una señal indicativa de pertenencia a una serie de cineastas que renovaron los géneros cinematográficos.

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Red Rock o Red Rum

Vemos a un Cristo de madera como si estuviera atrapado por la nieve. A su costado va surgiendo la diligencia, que viene perseguida por una intensa tormenta blanca. La figura de ese Cristo marca y enmarca el principio del film pero también el principio o el fin de un territorio tal como el “Pedro Páramo” de Rulfo donde las leyes de los vivos ya no cuentan porque todos están muertos. La mercería de Minnie se irá construyendo como un “no lugar”, pero no en el sentido en que Marc Augé, lo acuñó sino como el lugar donde la vida ya no es posible. La mercería de Minie como la estación polar de The Thing o el Overlovck Hotel de El resplandor son espacios donde ni el tiempo ni la historia ni ninguna ley o moral humana lo regulan. Solo puede ser abarcado,  contado y creado por el arte.

Ese Cristo delimitando lo humano de lo que no lo es, nos deja solos frente a un infierno blanco donde todos son pecadores y lo que resta saber es como administraremos los suplicios. El paisaje es pasaje como el comienzo del Resplandor, aquella magistral obra de Kubrick, donde una familia va camino hacia su propio martirio y disolución. El Red Rock, destino final de Ruth para entregar a Daisy es muy similar al Red Rum, (murder al revés) que escribe Danny en los espejos para anticipar la orgía de sangre que los espera en el Hotel Overlock. En la mercería de Minnie ya no e posible la ingenuidad (recordemos que Minnie es la novia de Micky Mouse)  ni la bondad (el “Dulce” Dave otro de los propietarios) y donde se expone la tensión entre Justicia y Sadismo para justificar la violencia, tensión concentrada en el personaje de Samuel Jackson (“Marquis” hace recordar a Sade) , tensión irresuelta en la filmografía de Tarantino.

SAMUEL L. JACKSON and WALTON GOGGINS star in THE HATEFUL EIGHT
SAMUEL L. JACKSON and WALTON GOGGINS star in THE HATEFUL EIGHT

El transgénero como plataforma para la intertextualidad

Como decíamos en un párrafo anterior Los ocho… utiliza toda la iconografía de un western pero no responde a las claves del género donde la tensión dramática esta puesta en el conflicto entre la ley individual y la legalidad, la civilización frente a la barbarie, en los ocho La ley es una figura en la que nadie cree por lo tanto los ocho no tienen un final moral, no hay justicia poética  todo parce desarrollarse en la capacidad que tengan los participantes de desarrollar sus impulsos, todo es una gran manifestación de cierta anarquía creativa donde la única ley que se impone es la ley de la ficción.

También incluíamos en una referencia a la película de ciencia ficción The Thing, donde el paisaje, la música y la devastadora soledad pauta que algo extraño, tal vez sobrenatural, sucederá. En Los ocho más odiados “la cosa” es un ente encarnado en una mujer, Domergue (quizás en referencia a la actriz Faith Marie Domergue que rodó tanto western como ciencia ficción) es la causa de todo el conflicto y se irá “comiendo” a cada uno de los “Ocho” llegando a ese final de inquisición. También esa lectura final de la carta de Lincoln entre Mannix y Warren recuerda ese desencantado final de “The Thing” donde MacReady (Kurt Russell) y Childs (el afroamericano Keith David) vigilándose el uno al otro mientras su lenta y fría muerte salvará o condenará a la humanidad para siempre.

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Hay algo especial en ese espacio en el que los ocho (o 9 depende del momento en que se los cuente) pueden tejer alianzas imposibles para la época histórica de la que trata el film (fin de la guerra civil), esas alianzas sólo son posibles porque en la mercería de Minnie es un espacio que está fuera de nuestras coordenadas físicas, o sea, más allá de la historia.

El último de los géneros que se mezclan en Los ocho… es el policial aquí sus variantes “noir” y “enigma” mezclados donde encontramos el clásico problema del “cuarto cerrado“, estructura genérica iniciada por Edgard Allan Poe y que se puede sintetizar así: en un espacio cerrado, al que nadie puede acceder o del que nadie puede salir, se comete un delito, aquí no hay enigma porque el espectador sabe (por el color de  la ropa) quién envenenó el café y que además Domergue también sabe. Así, Marquis se transforma en August Dupin o  Sherlock Holmes y descubre al envenenador. Tarantino lo usa para tensar la cuerda dramática y llevar al film de la claustrofobia paranoica al paroxismo de sangre y muerte.

Tarantino es generoso ya que construye grandes personajes para que sus soldados se luzcan. En Los ocho… descollan Samuel Jackson (un alter ego brillante), Jennifer Jason Leigh (una bruja en toda su dimensión), Kurt Rusell (Don Inocencio), Walton Goggins  (un creible sureño sin personalidad pero con dignidad) el gigante Tim Roth (que parece parodiar al alemán de Bastardos sin gloria que personificaba Christopher Waltz) y el interesante Demian Bichir (eficaz como un mexicano misterioso) sumados a los correctos Dern, Madsen  y Tatum.

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Tarantino es en sí mismo un género, donde se revitalizan, transforman y trascienden los géneros cinematográficos tradicionales. Con su estructura compleja y novedosa (que remite directamente a Perros de la calle) Los ocho más odiados es una obra maestra, inimitable.