Lisandro Alonso: La libertad de los muertos sueña con Liverpool

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LISANDRO ALONSO Y UNA TRILOGÍA

El 20 de septiembre de 2004 Sebastián Russo publicó en Leedor una nota referida a LOS MUERTOS, segundo largometraje de Lisandro Alonso. Doce años después, una trilogía de este realizador ya no tan joven sigue llamando la atención de quienes intentamos investigar los vaivenes del cine argentino. El director ha proseguido su meteórica carrera con JAUJA (2014) a la que no hemos visto. De la misma se ocupó Alejandra Portela en el momento de su estreno.

Allá por el 2001 LA LIBERTAD provocó un saludable escándalo, en la medida en que fue defendida a ultranza por los llamados críticos, fue tomada en préstamo por estudiantes de diversas universidades para organizar sesudas ponencias y, finalmente, fue consagrada por el autor de la Biblia sobre el nuevo cine argentino: Gonzalo Aguilar en Otros Mundos – Un ensayo sobre el nuevo cine argentino, Santiago Arcos editor, Buenos Aires, 2006. Es evidente que Aguilar vio LA LIBERTAD con cierta premura porque sostiene que Misael Saavedra, el protagonista, tiene sólo dos encuentros a lo largo del film. Son en realidad tres: con quienes le prestan la camioneta, con el hombre al que le vende los troncos de sauco y, finalmente, con el kioskero al que le pregunta como al pasar si no hay alguna minita.

El problema es que Alonso se encontró con gente que hablaba de Rousseau y de Nietzche, filósofos que ni siquiera conocía de nombre. Poseedor de una gran intuición para las imágenes, convierte al peón de una estancia pampeana en alguien que ha elegido la más absoluta soledad y lo presenta en un día de trabajo. Si lo que interesan son los planos secuencias o el encuadre y no tanto el montaje es una discusión que bien puede dirimirse en los claustros o en congresos ad hoc. La relevancia de este primer largometraje reside en haberse sumado a unas pocas películas que ofrecían seres despojados de todo interés por el otro, que se regodeaban en su propia soledad y se bastaban a si mismos.

Naturalmente que si el lenguaje con el que recrea esta ausencia de historia y que podría acercarlo a un documental –los límites son borrosos- no fuera preciso, no valdría la pena estar insistiendo con Alonso y la trilogía luego de doce años. “El enfermo no soy yo (…). Los enfermos son ellos, los que hacen películas tradicionales. Porque cuentan siempre lo mismo y lo hacen de la misma manera”, declaraba el director a Radar el 28 de septiembre de 2004. Es seguro que había sido atacado con motivo de su segunda película, LOS MUERTOS. Es indudable que estos dos artefactos de Alonso requieren un espectador avezado en el viaje por las imágenes. Los críticos se apresuraron a buscar elogios en los diccionarios pero el público siguió considerablemente alejado.

Si Misael Saavedra era un peón convertido en héroe solitario, Argentino Vargas, el de LOS MUERTOS, es alguien utilizado como actor no profesional. Va a salir de la cárcel –rodaje en el Penal 1 de Corrientes-. Hay un brevísimo altercado con el muchacho con el que ha mantenido relaciones sexuales durante su larga estadía en el penal. Curiosamente, estos segundos se han pasado por alto en la mayoría de los escritos que hemos leído. Un espectador ingenuo puede creer que el título de la película obedece al asesinato de sus hermanos. Pero LOS MUERTOS alude a la gente de la Mesopotamia que ha sido olvidada y que nada espera.

Y es que el mérito de Alonso frente a tanto cine urbano reside en centralizar sus figuras en los olvidados del interior del país. No se trata de películas festivaleras –otra acusación que ha debido soportar- sino de films que intentan mostrar que Argentina es América Latina, aunque a él no le interese de ninguna manera el encasillamiento político. O alguna marca sociológica. Sí, podría decirse, dentro de la pedantería habitual, que estas dos películas pueden caer en el agujero mental de ciertos estudiantes de antropología. Son, después de todo, aborígenes o bien dos protagonistas que se comportan como tales. Misael devora un peludo y Argentino nos descubre el sol de noche que alumbra el rancho de María. Para alimentarse, degüella un carnerito y le saca las tripas con una pericia que, según Alonso, le corresponde a quien está trabajando como actor.

Todo lo que podría resultar pintoresco en estas dos películas no lo es. Sencillamente, encuentran una respuesta a la pregunta que Axel le hace a Érica en EXTRAÑO (Santiago Loza-2004):”¿Y cómo vive la gente?”. Alonso se ha manifestado a favor de la diversidad en materia cinematográfica, siempre y cuando esa diversidad implique renovación del viejo discurso. Misael y Argentino, como tantos otros habitantes del país, no viven. Simplemente, sobreviven. Esto podrá parece exotic en los festivales internacionales pero no lo es tanto para quienes habitamos el territorio llamado Argentina.

Hemos hallado delirios varios entre lo leído y el más curioso es el de Bonelli, María Valentina, de Filosofía y Letras de la UCA. En un artículo titulado Los tres sacrificios de Argentino Vargas en LOS MUERTOS de Lisandro Alonso, 2010,  concluye diciendo que el tercer sacrificio ritual consiste en el asesinato de los nietos al final de la película.

Es evidente que hace falta un simposio para que cada uno exponga lo que considere conveniente tanto con respecto a Misael como en lo referente a Argentino.

ALONSO SE VA AL MAR

Con la colaboración de Salvador Roselli, el director escribió el guión de LIVERPOOL (2008), en donde utilizó, como en LOS MUERTOS, a un no profesional, Juan Fernández III, en el rol protagónico de Farrell. Alejado ya de la Mesopotamia, se decidió por Ushuaia y el marinero de un barco mercante. Desde su estadía en el barco, aún antes del atraque, se sabe que el protagonista es alcohólico. Está marcado con movimientos nerviosos y repetidos. El plano en que sale a contemplar la llegada y se ve el mar, el momento que él ha esperando durante tantos años, está verdaderamente sentido primero por el director y luego por la cámara.

El uso de los planos secuencia y de los encuadres intrigantes sigue siendo el de sus dos películas anteriores. En la travesía que emprende se mezclan la bebida -de la que no se separa en ningún momento- dos mujeres que hacen lo que pueden para entretenerlo –si ocurrió algo no está en campo-, el viaje en camioneta hacia el pueblo donde vive su madre. Antes ha comido fideos sin olvidar el alcohol al que, prolijamente, vierte en el líquido que le han traído.

Hay un largo plano en el que se observa a la distancia la camioneta que se acerca por el camino despejado apenas de nieve. En cuanto baja, camina unos pasos y se acerca a un arco de fútbol con agudas puntas de escarcha. Se agacha y raspa con un cortaplumas. Seguramente busca una fecha, un nombre, un recuerdo en fin. Sonríe cuando descubre lo que presentía. El espectador se encuentra ya dentro de la ficción, no sólo por la búsqueda de una madre que quizás haya muerto sino porque Farrell es un personaje que está cumpliendo funciones.

No se descuida en ningún momento el descarte de la palabra, de la que Alonso desconfió desde siempre. Ocurre que pronuncia su nombre

  • Soy Farrell

delante de una anciana que, tal vez, sea su madre enferma. La intriga llega por las palabras de un habitante del villorrio:

  • En cuanto te fuiste nació Analía (…) Buen regalito le dejaste.

A partir de aquí sobrevienen las conjeturas. Es posible que esa adolescente con retraso mental sea su hija, alguien a quien él abandonó. Pero se trata de una hipótesis.

Y a partir del momento en que Farrell entrega a Analía la pulsera donde se lee Liverpool el resto del metraje aparece como tedioso, como si ninguno de los guionistas fuera capaz de darle cuerpo a la ficción, como si le tuvieran miedo. En este aspecto, la película resulta un serio fracaso. Se abandona a Farrell. Lo vemos perderse a lo lejos y cuando se cree que allí termina el film, cambia el punto de vista y aparece el autor omnisciente que no brinda ninguna ayuda, ni al texto fílmico ni al narratario.

Cuando se había acercado al documental en LA LIBERTAD, o narrado una mínima historia con metáforas sutiles como en LOS MUERTOS, Alonso  prometía seguir por ese camino en el que la imagen era un todo coherente porque dibujaba y daba consistencia a los “personajes”. En LIVERPOOL se impone la tarea de narrar una historia ambigua que dura demasiado luego que desaparece el que debió ser el protagonista: Farrell. A él se lo comprende. Es decir, se comprende al otro en su diversidad, en su diferencia y no se lo juzga. Desdichadamente, a la hora de hurgar en este galimatías, el investigador no puede dejar de emitir lo que piensa con respecto a lo que considera un tropiezo serio en esta valiosa trilogía o casi trilogía porque, en verdad, parece dos películas y media.

Alonso señala que para LOS MUERTOS tuvo en cuenta a Dostoyevski y a Horacio Quiroga. Son excelentes puntos de partida. Así como un espectador de cine, un lector contemporáneo, un escritor, no pueden negarse a gozar y a comprender, a adquirir un modesto grado de sabiduría gracias a quienes se lo brindan, este director debiera estar más atento en lo que se refiere a la creación de personajes enteramente ficcionales.

En cuando a los premios internacionales, pueden ser merecidos. No logran, sin embargo, que un cineasta avance por el camino que se había trazado en un principio. Al fin de cuentas, hay dos realizadores argentinos cuyas películas ganaron el Oscar de la Academia de Hollywood y ambos demostraron interés en seguir narrando para el moldeado de las tiernas cabecitas pegadas al televisor.