Luis de Góngora y Argote: el Príncipe de la luz y de las tinieblas

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Luis de Góngora y Argote nació el 11 de julio de 1561 y murió el 23 de mayo de 1627. Es el poeta más original e influyente de todo el Siglo de Oro español. El Polifemo y Las Soledades se constituyen en las dos obras más imaginativas y complejas de la poesía universal.

En Salamanca se convirtió en el poeta más renombrado de su época y recibió elogios hasta del mismo Cervantes. A su favor tenía el conocimiento del latín, y leía el italiano y el portugués. Sus primeras composiciones son de 1580 y ya muestran a un escritor culto que se caracteriza por el esdrújulo italiano, el léxico latinizante, las menciones mitológicas y el hipérbaton. Pero igualmente, por estos mismos años, escribía otras llenas de humor e ingenio, letrillas y romances de tono claramente popular. Es que en Góngora conviven, en palabras de la crítica, el “Príncipe de la Luz”, que correspondería a su primera etapa como poeta, y el “Príncipe de las Tinieblas”, con poemas oscuros e ininteligibles

Leerlo es siempre un desafío: nos obliga a saber de mitología, a armar las oraciones como si fueran un rompecabezas, a descifrar metáforas originales, pero la genialidad y la belleza que consigue Góngora en sus versos justifican el esfuerzo. Cuando uno llega a “comprender” en mayor o menor medida algunas de sus composiciones, entiende por qué es uno de los más grandes poetas de todas las épocas. Si a esto le sumamos, la presencia de los temas barrocos pero tan contemporáneos –la fugacidad de la vida, el paso del tiempo, los límites entre apariencia y realidad, el carpe diem (‘disfruta el día’)– no hay excusas para no leerlo.

A continuación algunos de sus impresionantes sonetos con algunos comentarios a modo de guía de lectura.

De la brevedad engañosa de la vida

Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.

Las ruinas de Cartago, arrasada por Roma y reducida a la nada, atestiguan la fugacidad de todo lo terrenal que dramáticamente se condensa en los dos últimos versos: las horas que limando están los días, / los días que royendo están los años.

Licio era el nombre con que Góngora se refería a menudo a sí mismo.

Mientras por competir con tu cabello

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Genial representación del carpe diem encarnada en la fugaz belleza femenina, cuyos atributos terminan siendo tierra, humo, polvo, sombra, nada. Este último verso es uno de los más perfectos de la lengua española. El mismo motivo de la belleza de la mujer se retoma en el soneto siguiente.

Ilustre y hermosísima María

Ilustre y hermosísima María,
Mientras se dejan ver a cualquier hora
En tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos, y en tu frente el día,

Y mientras con gentil descortesía
Mueve el viento la hebra voladora
Que la Arabia en sus venas atesora
Y el rico Tajo en sus arenas cría;

Antes que de la edad Febo eclipsado,
Y el claro día vuelto en noche obscura,
Huya la aurora del mortal nublado;

Antes que lo que hoy es rubio tesoro
Venza a la blanca nieve su blancura,
Goza, goza el color, la luz, el oro.

A los celos

¡Oh niebla del estado más sereno,
furia infernal, serpiente mal nacida!
¡Oh ponzoñosa víbora escondida
de verde prado en oloroso seno!

¡Oh entre el néctar de Amor mortal veneno,
que en vaso de cristal quitas la vida!
¡Oh espada sobre mí de un pelo asida,
de la amorosa espuela duro freno!

¡Oh celo, del favor verdugo eterno!,
Vuélvete al lugar triste donde estabas,
o al reino (si allá cabes) del espanto;

mas no cabrás allá, que pues ha tanto
que comes de ti mesmo y no te acabas,
mayor debes de ser que el mismo infierno.

La dulce boca que a gustar convida

La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado,
y a no invidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,

¡amantes! no toquéis si queréis vida:
porque entre un labio y otro colorado
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.

No os engañen las rosas que al Aurora
diréis que aljofaradas y olorosas
se le cayeron del purpúreo seno.

Manzanas son de Tántalo y no rosas,
que después huyen dél que incitan ahora
y sólo del Amor queda el veneno.

El garzón de Ida es Ganímedes, poeta del que se enamora Zeus. Por esta razón, lo secuestra en el monte Ida, y lo lleva al Olimpo para transformarlo en su amante y en copero de los dioses. El amor es un dulce néctar que, sin embargo, esconde el veneno como si fuera una serpiente agazapada lista para atacar.

Tántalo, por su parte, era hijo de Zeus pero es castigado y condenado al peor de los suplicios: sufre de una sed y un hambre impresionantes pero no puede saciarlos jamás, aunque esté cerca de un estanque y de un árbol lleno de manzanas. Cada vez que quiere beber, el río se seca y, cuando quiere comer, las ramas del árbol de alejan de sus manos.