La banalidad de lo pérfido

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Está en la naturaleza de las cosas que cada acción humana que ha hecho una vez su aparición en historia del mundo podría repetirse aun cuando pertenece a un pasado lejano.

“La banalidad del mal”, Hannah Arendt.

El instinto de supervivencia del jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, quien ya ha gastado bastante del escaso crédito mediático con que cuenta, a pesar de la protección del poder judicial. El otrora interventor del PAMI, responsable absoluto del suicidio del Doctor Rene Favaloro, sabe que alguna vez también tendrá que rendir cuentas por la muerte de los cinco jóvenes en la fiesta de Time Warp, ocurrido gracias a una maraña de corrupción de la que Larreta no puede ser inocente, por acción u omisión.

El tiempo de Larreta corre más veloz que el de muchos de sus compañeros de ruta. Está jaqueado por infinidad de irregularidades de orden “administrativo”  por lo cual, sacarse de encima otro muerto demasiado hediondo, en el plano político y ético,  era vital.

El enmascaramiento en renuncia (por agotamiento ¿moral?) de la expulsión del gobierno de la ciudad de quien era el ministro de cultura, por así decir, no sólo se corresponde con lo exigido por las organizaciones de derechos humanos y centenares de representantes de la cultura nacional e internacional, sino que responde a ese instinto de supervivencia del jefe de gobierno que, de caer, podría dejar en evidencia demasiados hilos sueltos propios de sus colaboradores y de su antecesor, quién hoy funge, a veces, de presidente del país.

Aunque Lopérfido fue mantenido en su rol directivo del Teatro Colón, cargo inocuo si los hay, para en este pandemónium en que se ha convertido la función pública desde el 10 de diciembre último, donde todo está agarrado de alfileres, también de allí saldrá eyectado, como lo ha hecho de cada función que cumplió.

Sus dichos respecto al número de desaparecidos y las razones por qué se estipularon, no responde a su destaca ignorancia, ni a su perfidia genética. Las declaraciones del antes conspicuo comedor de sushi,  fueron un globo de ensayo para medir cuán sensibilizada estaba la sociedad respecto al tema “desaparecidos” cuyo suegro Bartolomé Mitre, socio del diario fundado por su homónimo genocida no solo de la Guerra del Paraguay, sino de los criollos que se negaron a acompañar a aquellos asesinatos masivos, como el Chacho Peñaloza, hoy revindica las atrocidades cometidas por la dictadura de la que fue parte, como una gesta patriótica.

Para Darío el pedido de su suegro, fue una orden, era la gran oportunidad para congraciarse con la rancia estirpe del derrotado de Cepeda, ya que su casamiento con la “niña” de la casa, Esmeralda Mitre, autodenominada actriz, nunca fue bien recibida, es conocido el baldón que significa para la oligarquía argentina tener entre su filas aunque sea apenas un “arrimadito” un apellido italiano, sea Loperfido, Ratazzi o Macri.

La banalidad de las declaraciones del yerno de Mitre, no han respondido a otra cuestión que medir las posibilidades de terminar con las políticas de derechos humanos impulsadas por los gobiernos de Néstor Kirchner y Crístina Fernández, que comprometen no solo de Bartolomé Mitre, sino de otros muchos empresarios que han sido cómplices de la dictadura, lo que podría llevar a prisión a más de uno, como el propio suegro de Loperfido quién además de estos crímenes, adeuda a la AFIP más de 400 millones de pesos.

Loperfido no solo ha fracasado, como siempre, en su cometido, sino que con su torpeza ha dejado en evidencia las necesidades de su suegro, quién mas temprano que tarde, tendrá que vérselas con la justicia.

Para entonces quizás el banal Darío corra presto a llevarle cigarrillos a la prisión, tarea que quizás pueda cumplir con éxito y eficiencia, porque la de servir ha sido su única aspiración.