Jerome Salinger, Samanta Schweblin y el dato escondido

0
0

Desde que tuve las clases de Rolando Costa Picazo sobre Salinger, por los 80 en la Facultad de Filosofía y Letras, empezó mi pasión por El guardián entre el centeno, pero también por los cuentos de este narrador tan particular. Igualmente cierto es que hace mucho menos descubrí a Samanta Schweblin, otra excelente narradora, contemporánea y encima argentina. Ambos autores, además, son maestros en alcanzar el equilibrio justo entre el decir y el mostrar.

“Un día perfecto para el pez banana” de Salinger y “Un hombre sin suerte” de Schweblin pueden leerse a partir de sus “silencios significativos”, de los “datos escamoteados por un astuto narrador que se las arregla para que las informaciones que calla sean sin embargo locuaces y azucen la imaginación del lector, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con hipótesis y conjeturas de su propia cosecha”, como afirma Mario Vargas Llosa al analizar lo que él llama el dato escondido dentro de un cuento o de una novela. La perturbadora segunda escena del cuento de Salinger, aquella en la que Seymour Glass dialoga con Sybil Carpenter, y el diálogo que mantiene la protagonista con un hombre mientras espera a sus padres, en el de Schweblin, tienen más de un punto en común.

¿Qué pasa por la mente del lector mientras Seymour se introduce en el mar con Sybil al tiempo que le cuenta la historia de los peces banana? ¿Qué imagina ese mismo lector que ocurrirá entre una nena que no tiene bombacha y un hombre que lo sabe y que le dice que lo acompañe para que juntos elijan una porque, además, es el día de su cumpleaños? Sin dudas, en ambos cuentos se dice poco y se muestra mucho: cierta atmósfera de perversidad recorre las dos historias, y de esa perversidad tampoco están exentas las dos nenas. Ambas ponen en evidencia una especie de juego de seducción que suena más inquietante porque alterna con la inocencia propia de la edad. Sybil está celosa de las atenciones de Seymour hacia su amiguita Sharon Lipschutz cuando ellos se sientan en el taburete del piano y, como si fuera una novia despechada, le pide que la próxima vez la eche de un empujón. La nena del cuento de Schweblin le cuenta a este desconocido que se sienta al lado de ella que no tiene bombacha y juntos van a elegir una nueva como si fueran una pareja que comparte ese momento tan íntimo. La tensión va en aumento, y nosotros, a esta altura, esperamos lo peor.

Ernest Hemingway con su famosa teoría del iceberg instala en la literatura un antes y un después. Él nos cuenta que en sus comienzos como escritor se le ocurrió suprimir el hecho principal en la historia que estaba narrando y a partir de ese momento lo implementó como técnica propia. Son conocidísimos sus cuentos “Colinas como elefantes blancos” o “Los asesinos”, en los que la imaginación del lector debe suplir la falta de datos concretos. Con un lenguaje preciso, cincelado, acotado, el autor norteamericano logra crear atmósferas angustiantes y opresivas sin decir casi nada.

“El ‘dato escondido’ o narrar por omisión no puede ser gratuito y arbitrario –también nos dice Vargas Llosa–. Es preciso que el silencio del narrador sea significativo, que ejerza una influencia inequívoca sobre la parte explícita de la historia, que esa ausencia se haga sentir y active la curiosidad, la expectativa y la fantasía del lector”. Salinger y Schweblin, a pesar de las distancias y de sus diferencias, son de los muchos herederos de Hemingway que cada tanto nos regala la literatura para que, además, recordemos que cualquier obra literaria solo se completa cuando un lector atento abre el libro y se sumerge en su historia.

Para leer más:

“Un hombre sin suerte”

“Un día perfecto para el pez banana”

“Colinas como elefantes blancos”

“Los asesinos”