La sustancia maldita: El consumismo que nos consume

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La película que nos convoca hoy en esta serie sobre el cine de ciencia ficción estadounidense de los ochenta es La sustancia maldita (The Stuff, Larry Cohen[1], 1985). Se pueden establecer conexiones con Invasion of the Body Snatchers (1956, 1978, 1993, esta última escrita por Cohen), en particular por la pérdida de la identidad personal de los invadidos.

El film comienza in medias res, con la cosa invasora ya en la Tierra: en una compañía minera cubierta por nieve, un guardia de seguridad descubre una sustancia que a simple vista se parece a la nieve, pero al probarla resulta sabrosa. Su origen es desconocido, y esto queda sin explicar; puede tratarse de algo surgido de la profundidad de la tierra, teniendo en cuenta su hallazgo en una mina, un producto químico resultado de algún tipo de experimentación anómala, o algo llegado del espacio exterior.

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La sustancia maldita está plagada de ironía, con una carga satírica muy fuerte. En el envase del producto se puede leer “sin ingredientes artificiales”; en otra escena se discute cómo es posible que haya salido a la venta, aprobado por la FDA[2], sin saber qué componentes tiene o su origen, y se menciona que lo mismo sucede con la Coca Cola, y parece no haber tanta preocupación por eso. Omnipresente sustancia, en la televisión con jingles pegadizos, en carteles publicitarios en las calles, es consumida incluso en horarios inusitados: en un puesto en la madrugada se ve una fila de personas esperando comprarla. Así, el film expone, además de un flagrante consumismo, el absurdo de la confianza ciega en las corporaciones, y lo trágico de perder la capacidad de pensamiento crítico frente al avance impúdico de la publicidad y el marketing.

Como en otros tantos films de los ochenta (ET, 1982, o Juegos de guerra, 1983), es un niño (Jason) el encargado de hacer saber la verdad al mundo, ciego y crédulo a la vez, de los adultos; esto tal vez refleja un elemento característico del romanticismo: exaltar las virtudes de pureza e inocencia de la infancia. En una maravillosa escena, el niño, devenido en una especie de agitador anarquista, destruye una buena cantidad de envases de la sustancia, para terminar gritando que “¡Los va a matar a todos!”.

La sustancia vuelve agresivos a los consumidores, transformándolos en adictos. Al ser blanca, y su consumo masivo, no sería descabellado establecer un paralelo con el uso de cocaína, que para mediados de los ochenta tomó un impulso considerable en EEUU [3]. Por su textura, sin embargo, parece yogur o helado, y es una empresa láctea la encargada de su distribución.

David Moe Rutherford (Michael Moriarty), espía industrial, es contratado para averiguar la fórmula de la sustancia. Habla con acento sureño, lleva botas tejanas, y se hace pasar por tonto, pero cumplirá con la función del detective—como Charlton Heston en Soylent Green (1973)—que debe desenmascarar la confabulación.

Algunos elementos sueltos, puestos en la trama como pistas si se quiere, llaman la atención: Moe se encuentra con “Chocolate Chip” Charlie (Garrett Morris), a quien el nuevo producto le ha hecho perder ganancias en su fábrica de galletitas, y lo envía a buscar a un tal Frank Herbert, del FBI. La elección del nombre no es fortuita, se trata de una alusión al autor de Dune, novela en la que se consume una droga-especie llamada melange que, al igual que la sustancia, resulta adictiva. Además, se menciona al pasar a Ralph Nader, líder del Partido Verde estadounidense entre 1991 y 2003, activista a favor de los consumidores y de la ecología y candidato cinco veces a la presidencia, y sobre una mesa se ve una copia de La tercera ola, de Alvin Toffler (1980), libro que señala, entre otras cuestiones, el movimiento de la sociedad hacia una era post-industrial.

Además de lo puramente cómico, el film expone ciertos terrores. Cómo detrás de una familia perfectamente adaptada a las tendencias sociales del momento, detrás de una aparente felicidad, se pueden hallar comportamientos siniestros.  En la planta donde se recoge la sustancia, un altavoz repite frases de aliento (lavado de cerebro, más bien), y una de ellas resulta demasiado similar a lo que Monsanto propone con su utopía transgénica: “Pronto acabaremos con el hambre en el mundo”.

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La toma de la planta por parte de un comando armado [4], mezcla de ejército paramilitar de ultraderecha y de grupo conspiranoico, resulta cómica (en una bravuconada, el líder presume que los EEUU nunca perdieron una guerra, a lo que Jason responde, con la candidez e impunidad de un niño: “¿Y qué pasó en Vietnam, señor?”), pero trae justicia a una situación de desigualdad. Ya cerca del final, se muestran quemas masivas del producto, por parte de turbas iracundas, que pueden generar empatía y algo de satisfacción en públicos con deseos más combativos.

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[1] Conocido también por la extraña God Told me to (1976), en la que un extraterrestre hermafrodita se hace pasar por Dios y provoca una serie de suicidios y homicidios.

[2] Food and Drug Administration, organismo oficial encargado de aprobar productos alimenticios o farmacéuticos para su consumo.

[3] Hacia 1985, la cifra de consumidores se estimaba en casi 6 millones (www.ncjrs.gov/ondcppubs/publications/policy/99ndcs/ii-e.html)

[4] Que puede remitir a una de las escenas finales de Quatermass II, film de 1957 que trata sobre unos parásitos extraterrestres (avanzada de una invasión a mayor escala) que roban la voluntad a sus víctimas.