Franz Kafka: el absurdo de lo cotidiano

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Franz Kafka (1883-1924) fue un escritor checo en lengua alemana. Si bien nació en una familia de comerciantes judíos, se formó en un ambiente cultural alemán. Se doctoró en Derecho pero su gran vocación fue la literatura, a pesar de la hostilidad de su familia que nunca lo apoyó en sus deseos.

Los textos de Kafka sobrevivieron gracias a su amigo Max Brod que decidió publicar los manuscritos a pesar de la voluntad expresa del escritor de quemar todo a su muerte. Así, nos llegaron las obras que ejercieron una influencia impresionante en la literatura del siglo XX, entre otras: El proceso, La metamorfosis, La condena, El castillo, En la colonia penitenciaria, escritas entre 1913 y 1920.

La escritura de Kafka se caracteriza por una marcada vocación metafísica y una síntesis de absurdo e ironía. Ya sea dentro de lo fantástico, en sus primeras obras, o del realismo más estricto, en las posteriores, sus personajes siempre son amenazados por instancias ocultas, como el protagonista de El proceso que jamás llegará a conocer el motivo de su condena a muerte. Los elementos fantásticos o absurdos, como la transformación en insecto del viajante de comercio Gregorio Samsa en La metamorfosis, irrumpen en la realidad más cotidiana, lo que se transformará en una constante de Kafka, tanto que en español adoptamos el adjetivo kafquiano: ‘Se aplica a las situaciones absurdas y complicadas, por referencia al universo angustioso y opresivo descrito por este autor’.

Su obra también se define por el gran componente autobiográfico: desde su trabajo en una compañía de seguros, pasando por la hostilidad familiar –especialmente la del padre, reflejada en una dolorosa carta que Kafka le escribe–, sus cinco tentativas de casamiento y su tuberculosis, en la narrativa del autor siempre se puede rastrear algo de su torturada vida.

Fragmentos de algunas de sus obras

La metamorfosis

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

La metamorfosis

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados –Samsa era viajante de comercio–, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.
La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso –se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana– lo ponía muy melancólico.
«¿Qué pasaría –pensó– si durmiese un poco más y olvidase todas las tonterías?»
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido.
«¡Dios mío! –pensó–. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se vaya todo al diablo!»
Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos.

El proceso

Era un largo pasillo al que se abrían algunas puertas toscamente construidas que daban paso a las oficinas instaladas en el piso. Aunque en el pasillo no había ventanas por donde entrara directamente la luz, no estaba completamente a oscuras, porque algunas oficinas, en lugar de presentar un tabique que las separara del corredor, tenían enrejados de madera que llegaban hasta el techo, a través de los cuales se filtraba un poco de luz, y podía verse a unos cuantos funcionarios, que escribían sentados a una mesa o que, de pie junto al enrejado, miraban por sus intersticios a la gente que pasaba por el corredor. En el pasillo no se veía a muchas personas a causa, seguramente, de que era domingo. Todas tenían un aspecto muy decente y estaban sentadas a intervalos a lo largo de una fila de bancos de madera dispuestos a ambos lados del corredor. Había dejadez en el vestir de aquellos hombres, aunque a juzgar por su fisonomía, sus maneras, su corte de barba y otros pequeños detalles imponderables, pertenecían obviamente a las clases mas altas de la sociedad. Como en el corredor no existían perchas, habían dejado sus sombreros sobre los bancos, siguiendo posiblemente cada uno de ellos el ejemplo de los otros. Cuando los que estaban sentados cerca de la puerta vieron venir a K. y al ujier, se pusieron de pié cortésmente, visto lo cual sus vecinos se creyeron obligados a imitarles, de modo que todos se levantaban a medida que pasaban los dos hombres. Pero ninguno de ellos se ponía derecho del todo, pues quedaban con las espaldas inclinadas y las rodillas dobladas dando la sensación de ser mendigos callejeros.

Carta al padre

Querido padre:

No hace mucho me preguntaste por qué yo afirmaba que te temía. Como es habitual, no supe qué decir, en parte por ese miedo y en parte porque la fundamentación de ese temor necesita demasiados detalles como para que yo pueda exponerlos en una conversación. Aún ahora, mientras te escribo, sé que el resultado ha de ser imperfecto, porque el temor coarta y porque la dimensión del tema supera en gran medida mi memoria y mi entendimiento.
Para ti la cuestión fue siempre sencilla, tanto que te referías a ella delante de mí y sin que te inhibiera la presencia de otras personas. Según tu criterio, las cosas eran más o menos así: has trabajado duramente toda tu vida, te has sacrificado por tus hijos, en especial por mí; por eso mi vida fue tan “disipada” y tuve la libertad de estudiar lo que se me antojara; además, no tenía necesidad de preocuparme por mi subsistencia ni por cualquier otro problema; tú no exigías ninguna retribución a cambio por conoces “la gratitud de los hijos”, pero esperabas al menos un mínimo halago, alguna señal de reconocimiento. Pero ante tu presencia yo siempre me recluía en mi cuarto, entre libros, amigos absurdos e ideas extravagantes; jamás te hablé con franqueza, nunca te acompañé al templo ni te visité en el Fransensbad, nunca tuve interés por los problemas familiares y jamás me ocupé del negocio o de otros problemas tuyos, transferí la fábrica y luego te abandoné, fomenté los caprichos de Ottla y mientras soy incapaz de mover un solo dedo por ti (ni siquiera tuve la cortesía de comprarte una entrada para el teatro) lo sacrifico todo por los amigos.
Si sintetizas tu juicio acerca de mí, resulta que no me discriminas nada extremadamente malo o pecaminoso (salvo quizás mi último intento de matrimonio), pero sí frialdad, ingratitud, desinterés. Me lo recriminas como si la culpa fuera mía, como si yo hubiera podido cambiar el curso de las cosas con un leve viraje al timón, como si no tuvieras ninguna culpa, tan solo la de haber sido demasiado generoso conmigo.
Tu explicación habitual es correcta sólo en la medida en que también te considero libre de culpa en lo que respecta a nuestro alejamiento. Pero también yo soy totalmente inocente. Si pudiera lograr que al menos reconocieras esto, acaso fuera posible iniciar, no digo una nueva vida (para eso somos demasiado viejos), sino una época de mutua tolerancia, no cese sino más bien una mayor mesura en la expresión de tus constantes recriminaciones.
Es curioso, pero intuyo que tienes una pobre noción de lo que quiero decir. Hace poco me dijiste: “Yo te quise siempre, por más que en apariencia no haya sido como los otros padres; es que no soy un hipócrita como ellos”. Padre, nunca he dudado de tu bondad hacia mí, sin embargo considero que no es correcto lo que dices. Es cierto, no eres un hipócrita, pero sostener solo por ese motivo que otros padres lo son, es mera porfía que no da lugar a debate alguno, o –y esto es lo que realmente sucede—se trata de la enmascarada expresión de que algo anda mal entre nosotros, situación que tú también la has provocado, aunque sin culpa. Si aceptas esto, entonces podemos estar de acuerdo.
No pretendo afirmar que gracias a tu influencia he llegado a ser lo que soy. Sería exagerado de mi parte (y yo tiendo a exagerar).
Es probable que aun habiendo crecido lejos de tu influjo, no hubiera sido lo que tú quieres. Me habría convertido tal vez en un hombre tímido, angustiado, vacilante, inquieto, no un Robert Kafka o un Kart Hermnann; pero sería con seguridad un hombre muy diferente del que soy ahora y es probable que nos hubiésemos llevado muy bien. Tu amistad me habría hecho feliz, y también habría sido dichoso si hubieras sido mi jefe, tío, mi abuelo, incluso (aunque en este caso con mayor reticencia) mi suegro. Pero justamente como padre eres demasiado fuerte para mí, en especial porque mis hermanos murieron jóvenes, las hermanas llegaron mucho tiempo después y yo tuve que soportar solo los primeros embates; era demasiado débil para eso.