Dos veces junio, Martín Kohan

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No todo el mundo cree en el destino, una buena parte de la gente atribuye la causa de lo que sucede al azar. Esa fuerza apática y arbitraria como un puñado de números vacíos. Me gusta pensar que Martin Kohan se encuentra dentro de esa buena parte de la gente. 

Cuatrocientos noventa y ocho es el número que determina la vida del protagonista de Dos veces junio. Podría haber sido novecientos ochenta y cuatro y la historia hubiera sido otra. En el sorteo del servicio militar, arriba de novecientos era número alto y los números altos se eximían. Sin embargo los números son lo que son y nada más.

Junio de 1978 y junio de 1982. Poco más de una noche en el 78 y menos que un día del 82. Tan solo esa concatenación de fragmentos temporales compone esta cuarta novela de Martín Kohan, publicada originalmente en junio de 2002. Un relato que se expande y tiene la potencia de construir, tal vez con mayor precisión que un libro de historia, un panorama cabal y concienzudo de los años más nefastos de Argentina. La dictadura militar es contexto y circunstancia personal en esta historia, contada desde muy cerca de los hechos, pero desde la distancia del narrador protagonista que recuerda el ascetismo distante de Kafka en relatos crudos como La colonia penitenciaria.

¿Hasta dónde se puede permanecer impasible? ¿Cuál es el engranaje que puede hacer que, incluso el horror, se perpetúe? Dos veces junio plantea que la obediencia no necesariamente es por ideales políticos. Hay células más pequeñas y acaso más invisibles con la facultad de reproducir lo que niegan. Es interesante el modo de plasmar en un relato que siempre tiene la velocidad justa, cómo se puede obedecer gracias a la ignorancia convenida y operar por adhesiones personales: secretas idealizaciones, ridículo orgullo de reconocimiento, amores tan incuestionados como los números. El lector no sabe, no se le confirma, pero puede más que intuir que el padre del protagonista, juez autoproclamado de morales correctas, es el precursor para que su hijo de dieciocho años, en circunstancias del servicio militar en plena dictadura, elija a un médico milico como faro. Un médico que dice cosas como lo que sigue y tiene la capacidad de generar repulsión, como sucede con los grandes personajes:

¿Qué puta no sabe que su cuerpo no es suyo? Así razonaba el doctor Mesiano. Una puta entiende que su propio cuerpo no le pertenece del todo. El enfermo terminal consigue, aunque muy por otro camino, arribar a esa misma certeza. Hay algo en su cuerpo que ya no tiene nada que ver con él. (…) Así razonaba el doctor Mesiano: cuando en la guerra se acciona sobre un cuerpo, se está accionando sobre algo que ya no le pertenece a nadie.

Capítulos brevísimos, dentro de otros más grandes, prolija minuciosidad, característica de Kohan. Todo organizado en números que, a priori, no se significan más que a sí mismos, pero que conforme avanza el relato se convierten en escritura, cobran profundidad y se transforman en otra pieza más de la novela que se expande incluso tiempo después de haberla terminado. Los brevísimos capítulos a través de los que avanza la historia en dos o más ejes simultáneos permiten la respiración necesaria para sostener la lectura de lo atroz. Se condensa también en esa forma de la escisión permanente, un elemento narrativo, icono de un concepto central: la fragmentación. Toda la novela es una recopilación de recortes, pedazos, partes, rasgos. Inferir la parte por el todo no parece ser una operación compleja, sin embargo, no fue tan sencillo entonces.

Dos veces junio se lee con desesperación y calma, pero con el dolor de saber que es ficción que dice la verdad.

Ficha técnica

Dos veces junio, Martín Kohan (2002)