Sobre Estados alterados: ¿drogas? ¿para qué?

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¿Drogas? ¿Para qué? Altered States como viaje alucinatorio

Altered States (traducida en América Latina como Estados alterados y en España como Un viaje alucinante al fondo de la mente; Ken Russell[1], 1980), se halla a mitad de camino entre las experimentaciones de Burroughs con el yagé y la ciencia ficción “mentalista” de Ballard. Guarda algunas conexiones con The Neanderthal Man (1953), y las visiones cinematográficas alucinadas de Jodorowsky.

Resulta curioso que sea una producción de 1980—cuando los neoconservadores ya formaban parte del ideario cultural estadounidense—, dados algunos elementos que pueden identificarse como más característicos del cine de décadas anteriores, en particular el uso de drogas. Incluso uno de los doctores menciona con sorna los experimentos psicodélicos de Timothy Leary, quien abandonó la ciencia dura para volverse uno de los más reconocidos promotores del uso del LSD como método de “expansión de la conciencia”.

Los amagues místicos, con visiones de sitios infernales, crucifixiones masivas, y una bestia propia del apocalipsis bíblico, pronto pierden peso en la narración para dar lugar a la metamorfosis de un hombre civilizado en uno prehistórico. Lamentablemente, esta línea narrativa se desvanece, y no vuelve a ser retomada.

El Doctor Eddie Jessup (William Hurt) pasa de ser un científico experimental a un homínido primitivo, que en una escena de pretendido terror lucha por escapar de unos perros y de un rinoceronte preso en un zoológico. Su regresión le otorga habilidades físicas que para nuestros estándares hipertecnológicos, cibernéticos y virtuales pueden resultar sobrehumanas: agilidad superior, capacidad de salto inusitada y velocidad que sólo un atleta podría presumir. En su incursión nocturna por el zoológico, la criatura logra cazar un venado, pero la escena más que terrorífica resulta triste, considerando que el científico racional, de alguna forma, está ahí.

La transición[2], producto de sus experimentos con psicotrópicos, separa al protagonista de su esposa y hace que pierda el respeto del ilustre Doctor Mason Parrish (Charles Haid), quien por metonimia funciona como representante de toda la clase científica. Si se tiene en cuenta que la reputación dentro del mundo académico es clave tanto para la financiación de proyectos como para la construcción de consenso respecto de los resultados de éstos, se trata de una película que aborda lo dramático. Los “estados alterados” a los que se refiere el título tienen que ver, además de sus pensamientos, con el statu quo del protagonista.

Tal vez para añadirle verosimilitud a lo especulativo de esta ficción, se recurre a un concepto tomado de las pseudociencias: la memoria celular, o ancestral, que implica que “codificado” en nuestro ADN se halla un cúmulo de experiencias de nuestros antepasados, adquiridas por milenios. Para desbloquear ese conocimiento, y tener acceso a él, Jessup participa de una experiencia chamánica en algún lugar de México, dirigida por un brujo estereotípico.

El escepticismo de Emily Jessup (Blair Brown), esposa del protagonista, es puesto en jaque; la doctora llega a la conclusión que el evento del zoológico de hecho fue “algún tipo de mutación genética”, antes que una mera alucinación.

Ya hacia el final, la trama se diluye en discusiones sobre la naturaleza de un fenómeno que presenciaron la mujer y otros dos científicos, Parrish y Rosenberg (Bob Babalan), es decir, la desaparición del tanque donde Jessup llevaba a cabo sus experimentos. Jessup en uno de los últimos diálogos resume su aprendizaje, “La verdad es transitoria”. La ciencia en este film es endeble—estamos frente a un ejemplo de ciencia ficción blanda, por más que los protagonistas porten doctorados—y da lugar a momentos entre cursis y sensacionalistas. La escena final muestra a Jessup luchando, y venciendo, a la criatura monstruosa que pretende apoderarse de él, e intentando ayudar a su esposa, que se ha transformado en un ser de energía. Al abrazarla, ambos vuelven a su forma física usual. Como en Interestelar (2014), es el poder del amor el que obra milagros.

[1] Director británico, más conocido por su trabajo en la ópera rock Tommy (1975), con el cantante de The Who como protagonista. También dirigió Gothic (1986), que se aprovecha del mito surgido alrededor de la composición del Frankenstein de Mary Shelley (1818): una reunión en Suiza con Percy Shelley, Lord Byron y Polidori, en la que tuvo lugar un reto para escribir la historia de terror más espeluznante.

[2] que también puede remitir al espectador a Jekyll y Hyde, retomando así el arquetipo del científico loco