Sartre y el Premio Nobel de Literatura

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El 20 de octubre de 1964, la Academia Sueca le otorgó a Jean Paul Sartre (filósofo y escritor) el Premio Nobel de Literatura “por la calidad de sus escritos, su anhelo de la verdad y la influencia fundamental que su pluma ha ejercido en estos tiempos”. Sin embargo, el autor francés lo rechazó y desató una polémica en la que recibió apelativos como “hiena dactilográfica” o “delincuente del espíritu”. Sartre se encargó de justificar su decisión en un artículo pagado por él mismo y publicado en el diario L´Figaro.

La paradoja es que, aunque él lo rechazó, su nombre siguió figurando entre los premiados muy a pesar suyo. “El laureado nos informa que él no desea recibir este premio, pero el hecho de que él lo haya rechazado no altera en nada la validez de la concesión”, informó la Academia.

¿Por qué rechacé ese premio? Porque estimo que desde hace cierto tiempo tiene un color político.

Si hubiera aceptado el Nobel –y aunque hubiera hecho un discurso insolente en Estocolmo, lo que hubiera sido absurdo– habría sido recuperado. Si hubiera sido miembro de un partido, del partido comunista, por ejemplo, la situación hubiera sido diferente. Indirectamente hubiera sido a mi partido que el premio habría sido discernido; es a él, en todo caso, que hubiera podido servir. Pero cuando se trata de un hombre aislado, aunque tenga opiniones “extremistas” se lo recupera necesariamente de un cierto modo, coronándolo. Es una manera de decir: “Finalmente es de los nuestros”. Yo no podía aceptar eso.

La mayoría de los diarios me han atribuido razones personales: estaría herido porque Camus lo había obtenido antes que yo…tendría miedo que Simone de Beauvoir se sintiera celosa, a lo mejor era un alma bella que rechazaba todos los honores por orgullo. Tengo una respuesta muy simple: si tuviéramos un gobierno de Frente Popular y que me hubiera hecho el honor de discernirme un premio, lo habría aceptado con placer. No pienso para nada que los escritores deban ser caballeros solitarios, por el contrario. Pero no deben meterse en un avispero.

Lo que más me ha molestado en este asunto son las cartas de los pobres. Los pobres para mí son las personas que no tienen dinero pero que están suficientemente mistificadas para aceptar el mundo tal cual es. Esa gente forma legión. Me han escrito cartas dolorosas: “Deme a mí el dinero que rechaza”.

En el fondo lo que escandaliza es que ese dinero no haya sido gastado. Cuando Mauriac escribe en su agenda: “Yo lo hubiera usado para arreglar mi cuarto de baño y el cerco de mi parque”, es un maligno: sabe que no provocará ningún escándalo. Si hubiera distribuido ese dinero habría chocado más a la gente. Rechazarlo es inadmisible. Un norteamericano ha escrito: “Si me dan 100 dólares y los rechazo, no soy un hombre”. Y además está la idea de que un escritor no merece ese dinero. El escritor es un personaje sospechoso. No trabaja, gana dinero y puede ser recibido, si lo quiere, por un rey de Suecia. Eso ya es escandaloso. Si además rechaza el dinero que no ha merecido, es el colmo. Se considera natural que un banquero tenga dinero y no lo dé. Pero que un escritor pueda rechazarlo, eso no pasa.

Todo esto es el mundo del dinero y las relaciones con el dinero son siempre falsas. Rechazo 26 millones y me lo reprochan, pero al mismo tiempo me explican que mis libros se venderán más porque la gente va a decirse: “¿Quién es este atropellado que escupe sobre semejante suma?”. Mi gesto va pues a reportarme dinero. Es absurdo pero no puedo hacer nada. La paradoja es que rechazando el premio no he hecho nada. Aceptándolo hubiera hecho algo, me habría dejado recuperar por el sistema.