El eslabón podrido

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El eslabón podrido de Valentín Javier Diment: FEOS, SUCIOS Y MALOS

Violenta, visceral, mohosa, sucia. Pero prolija, más que prolija desde sus aspectos formales.

Así resplandecen las imágenes de El eslabón podrido, nuevo emprendimiento del director en un mundo devastado por la mugre luego de La memoria del muerto. Pero, cabe recordar, que el mismo Diment también es el responsable de Parapolicial negro, un excelente documental/ficción sobre las crueldades y asesinatos de la Triple A de López Rega.

Se trate de una ficción o de un documental, Diment se siente a sus anchas en semejantes pantanos de roña. Allí está el pueblito que registra su cámara, con sus habitantes y familias, su prostíbulo/bar como lugar pecaminoso, el presente y el pasado que representan a esos personajes tan específicos.

Una curandera (Marilú Marini), dos hijos (Luis Ziembrowski y Paula Brasca), el sexo como expiación a la vuelta de la esquina, el deseo a flor de piel, el incesto como consecuencia lógica. El eslabón podrido refiere a un universo inclinado al registro esperpéntico, a la delectación del mínimo gesto, al coqueteo permanente con la muerte. Dentro de esos tópicos, la película descansa en una primera parte de tono descriptivo, pero el estallido y la violencia con frenética carga de adrenalina “gore” también tendrán su justificación dramática durante la última media hora.

Hachazos por acá y por allá, sangre chorreando cuerpos, cabezas mutiladas y cadáveres ya preparados para el festín final.

En El eslabón podrido todo funciona a la perfección, tanto el brillante trío protagónico como los actores secundarios, junto al malestar que transmiten determinados escenas, por suerte, alejadas de la corrección política. Cine de género del bueno, este eslabón temático y formal exuda podredumbre. Un film bello y podrido a la vez.