Harriet Beecher Stowe, la autora de La cabaña del Tío Tom

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Harriet Elizabeth Beecher Stowe (1811-1896) fue una novelista estadounidense. Es la autora -entre otras obras- de La cabaña del tío Tom (1852), un éxito sin precedentes en la historia de la literatura. En un primer momento, sin embargo, no fue bien recibida; incluso se culpó a la autora de la muerte de numerosos soldados de la Confederación.

El Antiguo Testamento y los textos de los teólogos puritanos fueron las lecturas propias de su infancia. Con el tiempo, las simpatías de la escritora fueron inclinándose hacia el movimiento antiesclavista; cuando en 1850 volvió a Nueva Inglaterra, publicó La cabaña del tío Tom. Beecher Stowe creía que el verdadero autor del libro era Dios, de quien ella habría sido tan solo fiel copista. La obra tiene como protagonista al esclavo Tom, y relata sus vicisitudes desde el momento en que es vendido por su benigno propietario hasta que cae en manos del brutal Simon Legree, dueño de plantaciones de algodón. Su negativa a servirlo para maltratar a los demás esclavos lo lleva a un martirio en el que se advierte una fuerte carga religiosa. Visión severamente crítica de cuanto de inhumano hay en la esclavitud, la novela, a pesar de su finalidad moral, es rica en acción, y contribuyeron a su éxito el lenguaje coloquial, la comicidad de ciertas situaciones y su ritmo narrativo.

Beecher Stowe publicó, además, numerosos textos polémicos y didácticos, y una larga serie de novelas dedicadas a una afectuosa descripción de las maneras, las costumbres y la compleja vida interior de la Nueva Inglaterra puritana.

CAPÍTULO PRIMERO
EN EL QUE SE PRESENTA AL LECTOR A UN HOMBRE HUMANITARIO (fragmento)

A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caballeros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfarrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pañuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; llevaba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con patente satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba totalmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Murray, y salpicada regularmente con diversas expresiones profanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.
Su compañero, el señor Shelby, sí parecía un caballero; y la organización y el aparente gobierno de la casa indicaban una posición cómoda si no opulenta. Como hemos apuntado, estaban los dos inmersos en una seria conversación.
––Así dispondría yo el asunto ––dijo el señor Shelby.
––No puedo hacer negocios de esa forma, de verdad que no, señor Shelby ––dijo el otro, alzando su copa entre él y la luz.
––Pues el caso es, Haley, que Tom es un muchacho poco común; desde luego que vale ese precio en cualquier parte, pues es formal, honrado, eficiente y me lleva la granja como la seda.
––Quiere usted decir honrado para ser negro ––dijo Haley, sirviéndose una copa de coñac.
––No, quiero decir que Tom es un hombre bueno, formal, sensato y piadoso. Se convirtió a la religión hace cuatro años en una reunión, y creo que se convirtió de verdad. Desde entonces, le confío todo lo que tengo: dinero, casa, caballos, y lo dejo ir y venir por los alrededores; y siempre lo he encontrado honrado y cabal en todas las cosas.
Algunas personas no creen que haya negros piadosos, Shelby ––dijo Haley, con un movimiento candoroso de la mano––, pero yo sí. Había un tipo en este último lote que llevé a Orleáns: era como un mitin religioso oír rezar a ese individuo; y era bastante tranquilo y callado. Me dieron un buen precio por él también, pues lo compré barato a un hombre que tuvo que venderlo todo; así pues gané seiscientos con él. Sí, creo que la religión es una cosa valiosa en un negro, cuando es de verdad, he de decirlo.
––Bien, Tom tiene religión de verdad, sin duda ––respondió el otro––. El otoño pasado, le dejé ir solo a Cincinnati a hacer negocios en mi lugar y me trajo a casa quinientos dólares. «Tom», le dije, «me fio de ti porque creo que eres buen cristiano y sé que no me engañarías». Tom volvió, desde luego, como ya lo sabía yo. Cuentan que algunos tipos rastreros le dijeron: «Tom, ¿por qué no te largas al Canadá?» y él respondió: «El amo conga en mí y no podría hacerlo», eso me contaron. Me da pena desprenderme de Tom, he de confesarlo. Debería usted cogerle por toda la deuda, Haley; y si tuviera usted conciencia, lo haría.
––Pues tengo tanta conciencia como se puede permitir cualquier hombre de negocios, sólo un poco para ir tirando, como si dijéramos –dijo chistoso el comerciante–; y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa razonable para contentar a mis amigos, pero lo que pide usted es un poco excesivo ––el comerciante suspiró pensativo y se sirvió más coñac.
––¿Cómo quedamos, entonces, Haley? ––preguntó el señor Shelby, después de una pausa incómoda.
––¿No tiene usted un niño o una niña que pueda meter en el lote con Tom?
––Bien, ninguno que me sobre; a decir verdad, si no fuera absolutamente necesario, no vendería a ninguno. La verdad es que no me hace gracia desprenderme de ninguno de mis muchachos.
En este momento, se abrió la puerta y entró en la habitación un pequeño cuarterón de entre cuatro y cinco años. Había algo hermoso y atractivo en su aspecto. El cabello negro, suave como la seda y de color azabache, caía en rizos brillantes alrededor de su rostro redondo con hoyuelos en las mejillas, mientras que unos grandes ojos negros, llenos de fuego y dulzura, se asomaban bajo unas pestañas largas y pobladas y miraban con curiosidad por el aposento. Un alegre traje de cuadros rojos y amarillos, cuidadosamente cortado y entallado, resaltaba su belleza exótica; y un curioso aire de seguridad mezclado con timidez demostraba que estaba acostumbrado a que su amo se fijara en él y le hiciera mimos.
––Hola, Jim Crow–dijo el señor Shelby, silbando y lanzando un racimo de pasas en dirección al niño––, recoge esto, vamos.
El muchacho salió corriendo en pos de su premio mientras se reía su amo.
––Ven aquí, Jim Crow ––dijo. Se acercó el muchacho y el amo le dio golpecitos en la cabeza y le acarició la barbilla.
––Vamos, Jim, demuestra a este caballero lo bien que sabes bailar y cantar.
El muchacho comenzó a cantar con voz clara y rica una de esas canciones salvajes y grotescas de los negros, acompañando su canción con muchos movimientos cómicos de las manos, los pies y el cuerpo entero, todo al compás de la música.
––¡Bravo! ––gritó Haley, echándole un cuarto de naranja. Vamos, Jim, anda como el viejo tío Cudjoe cuando le da el reuma ––dijo su amo.
En el acto las flexibles extremidades del muchacho adoptaron la apariencia de la deformidad y la distorsión mientras, con la espalda encorvada y el bastón de su amo en la mano, andaba a trompicones por la habitación con su rostro de niño dibujando una mueca de dolor, escupiendo a diestro y siniestro como un viejo.
Los dos caballeros se rieron estrepitosamente.
––Ahora, Jim, muéstranos cómo el viejo Robbins canta el salmo ––el muchacho rechoncho alargó la cara de manera sorprendente, con gravedad imperturbable, y comenzó a entonar nasalmente un salmo
––¡Hurra, bravo! ¡Qué chico! ––dijo Haley––; que me aspen si ese muchacho no es todo un caso. ¿Sabe lo que le digo? ––dijo de repente, golpeando al señor Shelby en el hombro––, incluya usted a este muchacho y cerraremos el trato, se lo prometo. Venga ya, no diga usted que no es un buen trato.
En ese momento se abrió suavemente la puerta y entró en la habitación una joven cuarterona de unos veinticinco años. Sólo hacía falta una mirada al muchacho para identificarla como su madre. Tenían los mismos ojos oscuros y expresivos con largas pestañas, los mismos rizos de cabello sedoso y negro. Su cutis moreno mostraba un rubor perceptible en las mejillas que se oscureció cuando se percató de la mirada osada de franca admiración del desconocido fija en ella. Su vestido se ceñía perfectamente a su cuerpo resaltando sus formas armoniosas; la mano de delicada factura y el pie y el tobillo pequeños no escapaban a la mirada perspicaz del comerciante, acostumbrado a evaluar con una mirada las ventajas de un buen ejemplar femenino.
––¿Y bien, Eliza? ––preguntó su amo cuando ella se detuvo para mirarlo vacilante.
––Buscaba a Harry, señor, si no le importa y el muchacho se le acercó de un salto mostrándole su botín, que había recogido en la falda de su vestido.
––Pues llévatelo, entonces ––dijo el señor Shelby; y ella se retiró deprisa con su hijo en brazos.
––Por Júpiter ––dijo el comerciante, mirándolo con admiración–– ¡ése sí que es un buen artículo! Podría usted hacerse rico cuando quisiera con esa muchacha en Nueva Orleáns. He visto a más de cien hombres pagar al contado por muchachas menos guapas.
––No quiero hacerme rico con ella ––dijo secamente el señor Shelby; y, para cambiar de tema, descorchó otra botella de vino y pidió la opinión de su compañero al respecto.
––¡Excelente, señor, de primera! ––dijo el tratante; y volviéndose y dando palmaditas en el hombro de Shelby, añadió––: Vamos, ¿qué me dice de la muchacha? ¿Qué le doy? ¿Cuánto quiere?
––Señor Haley, ella no está en venta ––dijo Shelby––. Mi esposa no se desprendería de ella ni por su peso en oro.
––¡Bah! Las mujeres siempre dicen esas cosas, porque no entienden de números. Usted demuéstrele cuántos relojes, plumas y chucherías pueden comprar con su peso en oro, y cambiará de idea, me figuro.
––Ya le digo, Haley, que no se hable más del asunto; he dicho que no, y es que no ––dijo Shelby con decisión.
––Bueno, pero me dará al muchacho, ¿verdad? ––dijo el comerciante––. Tiene que reconocer que me porto bien al conformarme con él.
––¿Para qué demonios quiere usted al niño? elijo Shelby.
––Bueno, pues, un amigo mío se va a dedicar a este negocio y quiere comprar muchachos guapos y criarlos para el mercado. Sólo de primera calidad, para venderlos como camareros y cosas así a los ricos, a los que pueden pagar por los guapos. Realza la calidad de una de estas casas solariegas tener a un muchacho realmente guapo para abrir la puerta y servir. Se pagan bien; y este diablillo es un niño tan gracioso y dotado para la música, que sería perfecto.
––Prefiero no venderlo ––dijo el señor Shelby pensativo––. El caso es que soy un hombre humanitario y no me gustaría quitarle el hijo a su madre, señor.
––No me diga; vaya, algo parecido, ya, lo comprendo perfectamente. Es muy desagradable tener tratos con las mujeres a veces, a mí no me gusta nada que se pongan a gritar y a chillar. Son muy desagradables; pero yo, como soy hombre de negocios, evito tales escenas. Bien, aleje usted a la muchacha un día, o una semana o así; se hace la operación discretamente y todo habrá acabado antes de que vuelva. Su esposa podría comprarle pendientes, o un vestido nuevo, o algo así, para compensarle.
––Me temo que no.
––¡Dios me ampare, le digo que sí! Estas criaturas no son como la gente blanca, desde luego; superan las cosas, sólo hay que saberlos llevar. Pues dicen ––dijo Haley con un aire franco y confidencial–– que este tipo de negocios endurece los sentimientos; pero a mí no me lo parece. A decir verdad, nunca he podido hacer las cosas como algunos tipos las hacen en este negocio. He visto a quien arrancaba al hijo de brazos de su madre para ponerlo a la venta, con ella chillando como loca todo el rato; es muy mala política, pues daña el género y a veces los estropea para el servicio. Conocí a una muchacha muy guapa una vez en Nueva Orleans que se echó a perder del todo por un trato así. El tipo que la vendía no quería a su hijo, y ella era altiva cuando se enfadaba. Le digo que estranguló a su hijo con sus manos y siguió hablando de manera terrible. Me hiela la sangre recordarlo; y cuando se llevaron al hijo y a ella la encerraron, se volvió loca de atar y al cabo de una semana estaba muerta. Un desperdicio, señor, de mil dólares, sólo por no saber hacer negocios, esa es la verdad. Siempre es mejor hacer lo humanitario, señor, en mi experiencia y el comerciante se repantigó en la silla y cruzó los brazos, con un aire decidido y virtuoso, considerándose como un segundo Wilberforce.