William Butler Yeats

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Premio Nobel de literatura en 1923, William Butler Yeats (1865-1939) fue poeta y dramaturgo, sin duda el máximo representante del renacimiento de la literatura irlandesa moderna. Su mayor logro fue independizar la cultura irlandesa de los moldes ingleses, tanto en la temática como en la expresión. La poesía de Yeats suele estar inspirada en el paisaje, los ambientes y los mitos de la cultura tradicional de su país, especialmente en las leyendas de origen celta, con una constante preocupación por la musicalidad del verso.

Junto con la autora teatral nacionalista lady Isabella Augusta Gregory fundó el Teatro Nacional Irlandés en 1901, que más tarde se instalaría en el Abbey Theatre de Dublín. A través de su labor como director y autor, consiguió convertirlo en uno de los más importantes del mundo, y en centro principal del renacimiento literario irlandés. Al principio de su carrera teatral trató de establecer un nuevo género de drama romántico y lírico con elementos simbolistas y recuerdos populares de su Irlanda natal. Esto le distanciaba del resto de la dramaturgia europea de esos años, que seguía la influencia de Ibsen.

Algunos de sus libros de poemas son El peregrinaje de Oisin (1889), La isla del lago de Innisfree (1893), Libro de poemas irlandeses (1895) y El crepúsculo celta (1893), entre otros. De sus obras teatrales, se pueden mencionar La condesa Cathleen (1892), El umbral del palacio del rey (1904), El Unicornio de las Estrellas (1907).

Posteriormente, en Cuatro piezas para bailarines (1916-1917, representadas en 1920), pretende hacer uso de todos los convencionalismos que están asociados con el teatro de Oriente. Emplea las máscaras, los coros, la danza y el drama tradicional No japonés, armonizado con las palabras; incluso intenta introducir el elemento retrospectivo y ritual, característico de este teatro oriental.

Allá en los jardines de Salley

Allá en los jardines de Salley mi amor y yo nos encontramos;
Pasó por los jardines de Salley con pies pequeños, blancos como nieve.
Me dijo que me tomase el amor con naturalidad, como las hojas que crecen en el árbol;
Pero yo, siendo joven y tonto, no estuve de acuerdo con ella.
En un prado junto al río mi amor y yo nos encontrábamos,
Y en mi hombro inclinado ella apoyó su mano, blanca como nieve.
Me dijo que me tomase la vida con naturalidad, como la yerba crece en las presas;
Pero yo era joven y tonto, y ahora estoy lleno de lágrimas.
Allá en los jardines de Salley mi amor y yo nos encontramos;
Pasó por los jardines de Salley con pies pequeños, blancos como nieve.
Me dijo que me tomase el amor con naturalidad, como las hojas que crecen en el árbol;
Pero yo, siendo joven y tonto, no estuve de acuerdo con ella.

 

La rueda

A través del invierno invocamos la primavera,
toda la primavera llamamos al verano,
y cuando ya resuenan los setos rebosantes
declaramos que lo mejor es el invierno.
Y después nada hay bueno
porque la primavera no ha venido.
No sabemos que aquello que perturba nuestra sangre
es sólo su nostalgia de la tumba.

Oh, no ames demasiado tiempo

Amada, no ames demasiado tiempo:
yo amé mucho, mucho tiempo
y me pasé de moda,
como una vieja canción.

Durante nuestra juventud toda
ninguno podría haber distinguido
sus propios pensamientos de los del otro,
de tal modo éramos uno.

Mas, ay, en un minuto ella cambió
–oh, no ames demasiado tiempo
o pasarás de moda
como una vieja canción–

Si tan sólo yacieras muerta y fría…

Si tan sólo yacieras muerta y fría
Y las luces del oeste se apagaran,
Vendrías aquí e inclinarías tu cabeza,
Y yo reposaría la frente sobre tu pecho
Y tú susurrarías palabras de ternura
Perdonándome, pues ya estás muerta:

No te alzarías ni partirías presurosa,
Aunque tengas voluntad de pájaro errante,
Mas tú sabes que tu pelo está prisionero
En torno al sol, la luna y las estrellas;
Quisiera, amada, que yacieras
En la tierra, bajo hojas de bardana,
Mientras las estrellas, una a una, se apagan.

Tus ojos que antaño nunca se cansaron de los míos…
«Tus ojos que antaño nunca se cansaron de los míos,
se inclinan hoy con pesar bajo tus párpados oscilantes
porque nuestro amor declina».
Y responde ella:
«Aunque nuestro amor se desvanezca,
permanezcamos junto al borde solitario de este lago,
juntos en este momento especial
en el que la pasión, pobre criatura cansada, cae dormida.
¡Qué lejanas parecen las estrellas,
y qué lejano nuestro primer beso,
y qué viejo parece mi corazón!».
Pensativos caminan por entre marchitas hojas,
mientras él, lentamente, sosteniendo la mano de ella, replica:
«La Pasión ha consumido con frecuencia
nuestros errantes corazones».
Los bosques les rodeaban, y las hojas ya amarillas
caían en la penumbra como desvaídos meteoros,
entonces un animalillo viejo y cojo renqueó camino abajo.
Sobre él, cae el otoño; y ahora ambos se detienen
a la orilla del solitario lago una vez más.
Volviéndose, vio que ella había arrojado unas hojas muertas,
húmedas como sus ojos y en silencio recogidas
sobre su pecho y su pelo.
«No te lamentes», dijo él, «que estamos cansados
Porque otros amores nos esperan,
odiemos y amemos a través del tiempo imperturbable,
ante nosotros yace la eternidad,
nuestras almas son amor y un continuo adiós».

Llegó, pasó mi cincuenta aniversario

Llegó, pasó mi cincuenta aniversario,
Senteme solitario
En Londres, en un bar abarrotado,
Libro abierto y una taza vacía
Sobre la mesa de mármol.

Y entonces, mientras contemplaba el bar y la calle,
Una súbita llamarada inundó mi cuerpo;
Y por unos veinte minutos creí,
Tan grande era mi felicidad,
Que de algún modo estaba de buena suerte.

Aunque dore el sol de estío
El revuelo de las nubes en el cielo,
O la Luna invernal grabe en el campo
El laberinto que la tormenta desparrama,
No puedo yo mirar hacia allí,
Tanto me agobia mi responsabilidad.

Cosas hechas o dichas hace mucho,
O cosas que no hice ni dije
Sino que sólo pensé decir o hacer
Me agobian, y no pasa un día
Sin que alguna de estas cosas rememore
Con asombro de mi conciencia y vanidad.

¿Quién soñó que la belleza pasa como un sueño?

¿Quién soñó que la belleza pasa como un sueño
Por estos labios rojos, con todo su triste orgullo,
Tan tristes ya que ninguna maravilla pueden presagiar?
Troya se nos fue con destello fúnebre y violento
Y murieron los hijos de Utsna.

Desfilamos, y desfila con nosotros el mundo atareado
Entre las almas de los hombres, que se despiden y ceden su puesto
Como las pálidas aguas en su glacial carrera;
Bajo estrellas que pasan, espuma de los cielos,
Sigue viviendo este rostro solitario.

Inclinaos, arcángeles, en vuestra sombría morada:
Antes de que existierais y antes de que ningún corazón latiera,
Rendida y amable permanecía junto a su trono;
La Belleza hizo que el mundo fuera una senda de hierba
Para que ella posara sus pies errantes.