El síndrome de Stendhal

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Mirando el programa de la BBC sobre “Arte en los años oscuros” (la edad media), en el canal Encuentro, presentado por Waldemar Januszczak, me enteré de algo que se denomina síndrome de Stendhal. El conductor comentaba que sufrió el síndrome la primera vez que vio la Hagia Sophia en Estambul y que los síntomas consistían en una suerte de mareo intenso, sensación de confusión, taquicardia y vértigo frente a la obra de arte. La situación me llamó la atención y salí corriendo a buscar información sobre el susodicho síndrome.

Para empezar hay que decir que no existe en el catálogo de enfermedades que la Organización Mundial de la Salud posee, el famoso CIE10. En segundo lugar podemos decir que el síndrome fue registrado por primera vez por Stendhal, el escritor francés, durante una visita a una basílica de la ciudad de Florencia. En tercer lugar encontramos que, más allá de que no figure en la clasificación de patologías oficiales, varios psicólogos y psiquiatras escribieron sobre el tema.

Lo cierto es que este estado emocional descrito es más común de lo que sospechamos y que, aventuramos, es una clara respuesta sentimental a la exposición a la belleza. Algo parecido al enamoramiento, pero donde el elemento disparador no es una persona, sino un objeto. Puede parecer un exceso de romanticismo; una suerte de postura snob fingida frente a lo que nos parece bello y queremos que el mundo se entere de esa apreciación. Sin embargo yo creo que es sincero, sobre todo porque lo he vivido en carne propia.

Tal vez sea más usual verlo en su máxima expresión en relación con la música. Desde los gritos histéricos de las adolescentes de los ‘60 por las estrellas de rock, hasta las “nenas” de Sandro o las “believers” actuales, estamos acostumbrados a las expresiones manifiestas del amor por el artista. Pero, ¿es el amor por el artista o por la obra de arte?. Desde una perspectiva simplista diríamos que es el rol de ídolo lo que marca la diferencia. Sin embargo es evidente que al artista se le “pega” su obra, entiéndase lo que se entienda por esa palabreja endiablada: “obra de arte”. Alguien con buen criterio podría decir que lo que hace Justino Castor no es arte. No creo que sus seguidoras opinen igual y es que al fin y al cabo si asumimos que el arte se define por un grupo que así lo señala, decir que ese grupo es la “academia” o las “believers” no cambia nada, al menos no desde lo epistemológico.

Es probable que no podamos definir con criterios precisos y no meramente con argumentos empírico-funcionalistas qué es el arte. En definitiva Newton tampoco definió lo que era la “gravedad”, se limitó a describir sus efectos y por lo visto mal no le fue. Lo cierto es que el síndrome de Stendhal nos espera a la vuelta de la esquina. Y si en nuestro mundo actual es en la música donde se expresa con mayor potencia, eso no quita que en otras ramas estéticas no ocurra lo mismo. O acaso no nos sucede algo similar cuando leemos literatura y queremos que todo el mundo sienta lo mismo que nosotros y prestamos esos libros que no sólo no tienen el mismo efecto sino que nunca son devueltos…

Volviendo a las artes plásticas o deberíamos llamarlas ya “artes visuales”, esas experiencias están acechando en forma potencial. Depende de nuestra sensibilidad y probablemente de un momento particular de nuestras vidas, además de los valores (para cada uno) intrínsecos de la propia obra. La emoción, se exprese con un mareo o con lágrimas disimuladas, es algo que nos pertenece en tanto humanos (en tanto mamíferos diría Aristóteles). La emoción vinculada con manifestaciones estéticas que consideramos sublimes es propia de los humanos (o de los homínidos diría un antropólogo, invocando los hallazgos artísticos de Homo erectus y Homo neandenthalensis).

En mi caso particular me pasó que sentí esa fuerte sensación sin siquiera ver el original. En la tele, en la gráfica o en la internet, cuando veo algo que realmente me gusta, aparecen los síntomas del síndrome, aunque sea en forma atenuada. Todos podemos sentir esa sensación “de vértigo, vacío, bajo mis pies” (como decía Fricción en los ‘80); es cuestión de estar dispuestos y percibir en una obra de arte, algo de lo que nos hablaba Gregory Bateson: ese vínculo comunicativo entre el sentimiento y la razón.