La doble vida de los libros

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Los libros son como las personas. Originales, clásicos, raros, falsos, malos, divertidos, los que viven agotados, algunos se expresan con distintas lenguas, otros no quieren salir del armario. No solo son portadores de relatos, también se construyen de experiencias propias.

Los usados son más interesantes, porque lo maravilloso no está solamente en lo que cuentan, sino también en sus huellas que develan un mundo paralelo: palabras subrayadas, marcas de colores, ideas anotadas, comentarios sobre los márgenes, tique de compra como señaladores, manchas de café… Un libro cerrado no sirve para nada, pero abierto puede contarnos más de una historia a la vez.

Lo encontré el segundo sábado de abril, en una librería de viejo de la Avenida Corrientes. Estaba buscando un libro sobre teorías teatrales que me habían recomendado en la Universidad, así que fui derecho a esa sección, pero no tuve suerte. Me pasé al mostrador de arte antes de seguir revisando las novedades. Pasaba los ejemplares uno por uno, apenas ojeando sus títulos hasta que di con Orígenes de la modernidad, de Jorge Glusberg. Una joya de este erudito de la arquitectura y el arte nacionales, quien también fue director del Museo Nacional de Bellas Artes, desde 1994 hasta 2003.

Sentado en uno de los bancos de Paseo La Plaza, tiré el celofán que lo envolvía y noté parte de papeles amarillentos que sobresalía. Eran dos hojas de tamaño A4, como le dicen normalmente, con membrete del diario Clarín en color celeste claro o verde agua, cuyo margen superior estaba dividido en sección, página, ubicación, take y título guía (20 espacios). Supuse, para que el redactor o editor pudiera completar de acuerdo con su noticia. Y en el margen inferior decía: “Escribir 30 líneas de 60 espacios”. Uno de estos papeles estaba sin usar; el otro, escrito a máquina en frente y dorso: un texto que titulaba “El ‘de que’”. El escritor no respetó las indicaciones, porque aquellas divisiones de datos estaban vacías y ambos lados de la hoja superaban las treinta líneas. Comencé a leerlo y entendí que se trataba de una reflexión gramatical sobre el uso y no uso del dequeísmo, en relación con los debates que surgieron sobre el tema en la Real Academia Española durante la década del setenta.

¿Lo escribió el exdueño del libro? ¿Era redactor del diario? ¿Por qué el texto estaba en ese papel, con el membrete del “gran diario argentino”? Volví a ojear el libro para darme cuenta de que aquello no era lo único que había. Un recorte del diario La Prensa, una foto y una postal estaban dentro de la solapa de la contratapa. Tomé el recorte y leí que era una entrevista del miércoles 18 de octubre de 1978: “Una gran locutora argentina (diálogo con María Carolina Padilla)”. A su derecha, había un tira humorística firmada por CEO, “Cada casa es un mundo”: hacía referencia a la mujer moderna de hoy y su necesidad de estar informada las veinticuatro horas. No vaya a ser que “la Princesa Margarita cambie de romance y nadie se entere”, remataba.

Después pasé a la foto: se ilustraba un texto manuscrito en un idioma que no se descifraba, con comentarios sobre el borde izquierdo y un pequeño sello al final. El dorso no tenía ningún tipo de anotación ni referencia. La postal me pareció más interesante: el frente tenía una representación de Wladimir Monomaque, un príncipe de la antigua Rusia, o al menos así lo aclaraba su epígrafe redactado en francés. El dorso contenía una dedicatoria manuscrita con tinta negra, al parecer, de pluma: “Querida Sofía:/ Recibe un gran abrazo de tu sobrino que tanto te quiere”. La firma era puro garabato, pero si tuviera que escribir una transliteración, diría algo así como “Mick”, “Wick” o “Mwick”. ¿Quién era Sofía? ¿La exdueña de Orígenes de la modernidad? ¿Una periodista del diario Clarín? ¿Le interesaban la gramática, las artes y los textos de Glusberg? ¿Era una fiel oyente de los programas de Padilla? ¿Su sobrino estaba en Francia o en Rusia? ¿Venían de familia eslava o solo admiraban su cultura? Me fui a casa tratando de imaginar las posibles combinaciones del rompecabezas.

Leí hasta el capítulo dos. Glusberg describía la querella entre los antiguos y los modernos que comenzaba a resonar, allá por 1687, en los salones del Louvre. ¿Qué es arte? ¿Qué no es arte? ¿Cuándo algo se vuelve arte? Y Sofía parecía contar algo más: otro qué y otro cuándo en un mismo dónde. Pensaba en esos choques de tiempos, de pensamientos, en cómo los objetos hablan de nosotros y por nosotros. Dejamos rastros en cualquiera lugar. Quizá en los libros es algo más especial, porque es de los pocos que se nos vuelven íntimos. ¿Será una forma de gritar al mundo “acá estuvimos”? Tal vez, un modo de escaparle a la muerte y, sobre todo, a que nos olviden. Los libros nos dan la posibilidad de vivir más de una vez. Y es que están acostumbrados: ellos lo hacen también.