Marguerite Yourcenar

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Poeta, novelista, dramaturga y traductora francesa, nació en Bruselas, Bélgica, en 1903. En 1947 adoptó la nacionalidad estadounidense, pero escribió solo en francés. Su primer volumen de poemas, El jardín de las quimeras (1921), reinterpreta los mitos griegos con el fin de adaptarlos al mundo moderno.

En 1922 publicó otra colección de poemas Los dioses no han muerto. Su novela más famosa fue Memorias de Adriano (1951), una autobiografía novelada del emperador romano, bajo la forma de cartas escritas por este a su sobrino. Otra novela histórica, Opus Nigrum (1968), narra la extraordinaria vida de un médico imaginario, Zeno de Brujas. Esta novela obtuvo el premio Femina en 1968.

En 1934 Yourcenar conoció a la estadounidense Grace Frick, con quien entabló una profunda relación. En 1939 se trasladó a Estados Unidos donde dio clases de literatura. Allí tradujo al francés Las olas de Virginia Woolf en 1937, y también publicó en 1947 una traducción francesa de Lo que Maisie sabía, del escritor Henry James.

La autora se convirtió en 1980 en la primera mujer que ingresó en la Academia Francesa y en 1986 fue galardonada con la Legión de Honor. Murió en Estados Unidos en 1987. Su hogar en Maine, el Petite Plaisance de Mount Desert Island, es hoy día una casa-museo dedicada a su vida y obra. En esta casa, en 1979, Bernard Pivot le realiza una entrevista donde Yourcenar habla sobre sí misma y su creación literaria.

Erótico

Tú la avispa y yo la rosa;
Tú el mar, yo la escollera;
En la creciente radiosa
Tú el Fénix, yo la hoguera.
Tú el Narciso y yo la fuente,
En mis ojos tú brillando;
Tú el río y yo el puente;
Yo la onda en mí nadando.
Y tú el sol y la sal
Y en los labios el caudal
Del rumor meciendo el juego.
Yo el pájaro y el cielo
Azul cruzando su vuelo,
Como el alma atiza el fuego.

Escritos al dorso de dos cartas postales

Una sirena llora
La salida de un barco
Sobre el agua que borra.

Yo sufro la ausencia
Y el espacio duro;
La pena es un muro.

La ruta es una trampa:
Ni trenes, ni navío;
El viaje está vacío.

. . . . .

Reflejo, que tu lanza
Traspase la distancia
Y pegue con dulzor.

(La miel de las heridas
Embalsama el amor).

Firme propósito

Ni ampararse del día bajo el árbol de nieblas,
Ni morder el verano en las frutas dormido,
Ni besar en los labios lentos de tinieblas
Al muerto evaporado y vano de haber sido.

Ni penetrar el centro del álgebra frío,
Ni en el vacío clavar la máscara infinita.
Ni sembrar el olvido en el glorioso río
Y derramar la nada en la tumba bendita.

Ni rozar, Amor mío, tu boca entregada,
Ni su deseo quemar sin la llama esperada,
Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida.

Ni rezar con las manos juntas de la pena,
Pero traer consigo en la noche serena
El hondo corazón donde sangró la vida.

Ídolos

Amor, al principio
De carne y de oro como un César
Salvaje te cebé;
Íncubo, tu pecho pesaba
Y tu beso agotador
Cansó mi boca.

Luego te vi ensangrentado;
Caminabas, titubeando,
Bajo la escuadra terrible;
Víctima atravesada en el flanco,
A tus pies derramé
Todo el nardo de la tierra.

Te veo pálido y bello:
Tu carne es una antorcha
Hecha de cera y fuego;
Yo abrazo, delicia pura,
Tu cara desconocida,
Idéntica a mi alma.

Y te veré pensativo
En el último arrecife,
Dulce provocador de naufragios
Sombrío dios sin devotos;
Tus amapolas nocturnas
Me curarán de las rosas.