El marqués de Sade

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Donatien Alphonse François de Sade, conocido por su título de marqués de Sade (1740-1814), fue un filósofo y escritor francés, cuyas obras se caracterizan por contener explícitas descripciones de violaciones e innumerables perversiones, parafilias y actos de violencia extrema.

Sus protagonistas típicos son los antihéroes, los libertinos que protagonizan las escenas de violencia y las justifican. Si bien la naturaleza de los argumentos de sus obras y la caracterización de sus personajes le valieron al autor la crítica y la censura, no hay que dejar de mencionar el humor y la ironía que recorren sus textos.

Sade fue un autor prolífico que incursionó en diversos géneros. Gran parte de su obra se perdió, víctima de varios ataques; entre ellos, los de su propia familia, que destruyó numerosos manuscritos en más de una ocasión. Otras obras permanecen inéditas, principalmente su producción dramática.

Protagonizó varios incidentes que se convirtieron en grandes escándalos. En vida, y después de muerto, lo persiguieron numerosas leyendas, y muchas de sus obras estuvieron prohibidas.

Su apellido dio origen a la palabra «sadismo» que, según el diccionario es una perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona.

El marido escarmentado

A un hombre de edad ya madura, por más que hasta ese momento había vivido siempre sin una esposa, se le ocurrió casarse, y lo que tal vez hizo más en contradicción con sus sentimientos fue escoger a una jovencita de dieciocho años con el rostro más atractivo del mundo y el talle más adorable. El señor de Bernac, pues así se llamaba este marido, cometía una increíble estupidez al buscar una esposa, pues era menos versado que nadie en los placeres que procura el himeneo y las manías con que reemplazaba los castos y delicados placeres del vínculo conyugal distaban mucho de agradar a una joven de la manera de ser de la señorita de Lurcie, que así se llamaba la desdichada que Bernac acababa de encadenar a su vida. Y la misma noche de bodas confesó sus gustos a su joven esposa, tras hacerle jurar que no revelaría nada de ello a sus padres; se trataba —como señala el celebre Montesquieu— de ese ignominioso comportamiento que hace retroceder a la infancia: la joven esposa en la postura de una niña merecedora de un correctivo, se prestaba de esa forma, quince o veinte minutos más o menos, a los brutales caprichos de su decrépito esposo, y era con la ilusión de esta escena con lo que él lograba saborear esa sensación de deliciosa embriaguez que todo hombre, con más sanos instintos, de seguro no habría querido sentir más que en los amorosos brazos de Lurcie. La operación le pareció un poco dura a una muchacha delicada, bonita, criada en la comodidad y ajena a toda pedantería; no obstante, como le habían recomendado mostrarse sumisa, pensó que todos los maridos se comportaban igual; tal vez el propio Bernac había alentado esa idea, y ella se entregó con la mayor honestidad del mundo a la depravación de su sátiro; todos los días se repetía lo mismo y a menudo dos veces en vez de una. Al cabo de dos años la señorita de Lurcie, a la que seguiremos llamando con este nombre, ya que seguía siendo tan virgen como el día de su boda, perdió a su padre y a su madre, y con ellos la esperanza de lograr que hicieran más llevaderos sus sufrimientos, cosa que ya había empezado a pensar desde hacía algún tiempo.

Esa pérdida no hizo sino volver a Bernac aún más osado y si, en vida de sus padres, se había mantenido dentro de ciertos límites, cuando ella los perdió y vio que ya no le era posible acudir a nadie que pudiera vengarla, dejó a un lado todo comedimiento. Lo que al principio había parecido simplemente una broma se fue convirtiendo, poco a poco, en una auténtica tortura; la señorita de Lurcie no podía soportarlo por más tiempo, su corazón se fue agriando y no pensó ya más que en la venganza. La señorita de Lurcie veía a muy poca gente, su marido la hacía vivir tan retirada como le resultaba posible; el caballero d’Aldour, primo de ella, a pesar de todas las indirectas de Bernac, nunca había dejado de ir a visitarla; el joven poseía la más hermosa figura del mundo y, no desinteresadamente por cierto, seguía manteniendo con su prima un trato frecuente; el celoso, como era conocidísimo en sociedad, por temor a las burlas, no se atrevía a vedarle la entrada en su casa… La señorita de Lurcie puso sus esperanzas en aquel familiar para librarse de la esclavitud en que vivía; escuchaba los requiebros que día tras día le dirigía su primo y por fin se abrió totalmente a él y se lo confesó todo.

—Vengadme de este infame —le dijo—, y hacedlo por medio de una escena tal que jamás se atreva a divulgarla; el día que así lo hagáis será el de vuestro triunfo, sólo a ese precio he de ser vuestra.

D’Aldour, encantado, se lo promete y su único afán es ya sólo el éxito de una aventura que había de proporcionarle momentos tan gratos. Cuando todo está preparado:

—Señor —le dice un día a Bernac—, tengo el honor de estar demasiado estrechamente ligado a vos y asimismo tengo en vos demasiada confianza como para no revelaros el secreto himeneo que acabo de contraer.
—¿Un himeneo secreto? —le contesta entusiasmado Bernac, viéndose ya libre de un rival que le hacía estremecer.
—Pues sí, señor; acabo de ligar mi destino al de una adorable esposa y mañana es cuando tiene que hacerme feliz; es una muchacha carente de fortuna, lo confieso, pero, ¿qué me importa si yo la tengo por los dos? Me caso, para ser sincero, con toda una familia; son cuatro hermanas que viven juntas, pero como su compañía es tan agradable eso no hace sino aumentar mi felicidad… Me alegraría, señor —prosigue el joven—, que mañana vos y mi prima me hicierais el honor de asistir aunque no fuera más que al banquete de bodas.
—Señor, yo salgo muy poco y mi mujer todavía menos, ambos vivimos en un completo retiro, pero si a ella le apetece yo no tendré nada que objetar.
—Conozco vuestros gustos, señor —contesta d’Aldour— y os aseguro que seréis servido a la medida de vuestros deseos… A mí la soledad me gusta tanto como a vos; además, como ya os he dicho, tengo buenas razones para ser discreto: será en el campo, hace buen tiempo, todo os es propicio y yo os doy mi palabra de honor de que estaremos completamente solos.

Lurcie, en efecto, deja entrever ciertos deseos, su marido no se atreve a llevarle la contraria delante d’Aldour y la excursión queda fijada.

—¡Teníais que decir que sí a algo semejante! —exclama entre gruñidos tan pronto como se queda a solas con su mujer—. Sabéis perfectamente que todo eso no me importa lo más mínimo, ya me encargaré yo de acabar con esa clase de caprichos y os advierto que tengo la intención de conduciros dentro de poco a una de mis posesiones, donde no volveréis a ver jamás a nadie, excepto a mí.

Y como el pretexto, fundado o no, era un aliciente más para las lujuriosas escenas que el propio Bernac inventaba cuando la realidad no le parecía suficiente, no pierde la ocasión, hace pasar a Lurcie a su habitación y le dice:

—Iremos, sí…, lo he prometido, pero pagaréis caro el deseo que habéis mostrado…

La pobre desdichada, creyéndose ya cerca del desenlace, lo soporta todo sin queja alguna.

—Haced lo que os plazca, señor —dice humildemente—; me habéis concedido una gracia y sólo os debo por mi parte agradecimiento.

Tanta ternura y tanta resignación hubieran desarmado a cualquiera, salvo a un corazón petrificado por el vicio como el del libertino Bernac, pero nada le detiene, se siente dichoso y luego se acuestan en silencio; a la mañana siguiente, d’Aldour, cumpliendo lo acordado, va a recoger a los esposos y se ponen en marcha.

—¿Veis? —dice el joven primo de Lurcie al entrar con el marido y su mujer en una casa extraordinariamente apartada—. Podéis comprobar que esto no se parece en nada a una fiesta pública; ni un coche ni un lacayo, estamos, como os dije, completamente solos.

En ese momento, cuatro corpulentas mujeres, de unos treinta años de edad más o menos, fuertes, llenas de vigor y de cinco pies y medio de estatura cada una, aparecen bajando la escalera y dan la bienvenida de la manera más cortés al señor y a la señora de Bernac.

—Esta es mi mujer, señor —dijo d’Aldour, presentándole a una de ellas—, y estas otras tres son sus hermanas; nos hemos casado esta mañana en París al despuntar el alba y os esperamos para celebrar la boda.

Todo discurre en medio de recíprocas cortesías; tras unos minutos de tertulia en el salón, donde Bernac se convence con gran admiración por su parte de que están tan solos como se pueda desear, un criado llama para el almuerzo y se sientan a la mesa; nada tan animado como la comida; las cuatro presuntas hermanas, muy dadas a las frases ingeniosas, hicieron gala de toda la vivacidad y alegría imaginables, pero como ni por un momento olvidaron la debida corrección, Bernac, completamente engañado, se creía en la mejor compañía del mundo; entretanto, Lurcie, rebosante de felicidad viendo cómo le llegaba su hora a su tirano y desesperadamente decidida a poner punto final a una continencia que hasta aquel momento no le había acarreado más que lágrimas y sufrimientos, se divertía con su primo y lo celebraban con champaña, a la vez que lo colmaba de las más tiernas miradas; nuestras heroínas, que tenían que hacer acopio de fuerzas, bebían y reían por su lado, y Bernac, dejándose llevar y no viendo más que pura y simple alegría en todo aquello, tampoco se mostraba mucho más comedido que los demás. Pero como no había que perder la cabeza, d’Aldour les interrumpe oportunamente y propone que vayan a tomar café

—Por cierto, primo —le dice cuando ya lo han tomado—, os ruego que os dignéis a recorrer mi casa, sé que sois hombre de buen gusto, la he comprado y amueblado expresamente para mi matrimonio, pero temo que no he hecho muy buen negocio y, si no os importa, podríais darme vuestra opinión.
—Con mucho gusto —responde Bernac—, nadie entiende de esas cosas tanto como yo y veréis cómo acierto a calcular el total con una diferencia de diez luises, os lo apuesto.

D’Aldour se adelanta hacia la escalera dando la mano a su hermosa prima; Bernac queda entre las cuatro hermanas y en ese orden llegan a una alcoba, muy apartada y sombría, al otro extremo de la casa.

—Esta es la cámara nupcial —le dice d’Aldour al viejo celoso—. ¿Veis este lecho, primo?, pues aquí es donde vuestra esposa va a dejar de ser virgen. ¿No es ya hora de que no siga esperando?

Esa era la señal: al instante las cuatro impostoras se abalanzan sobre Bernac, armada cada una con un haz de varas; le bajan los calzones, dos de ellas le sujetan y las otras dos se turnan para azotarle, y mientras se afanan en ello con todas sus fuerzas:

—Querido primo —le grita D’Aldour—, ¿os dije que seríais servido a la medida de vuestros deseos? Pues para complaceros no se me ha ocurrido nada mejor que devolveros lo que dais todos los días a vuestra adorable esposa; no vais a ser tan bárbaro como para infligirle algo que os gustaría recibir vos mismo, por lo que me alegro de poder trataros con tanta galantería; no obstante, aún sigue faltando otra circunstancia para la ceremonia: mi prima, según creo, a pesar de vivir con vos desde hace ya mucho tiempo, sigue siendo tan virgen como si os hubierais casado ayer mismo; un descuido semejante por vuestra parte no puede proceder más que de la ignorancia; apuesto a que es que no sabéis cómo hacerlo… Pues os lo voy a enseñar, amigo mío.

Y con estas palabras, al compás de la agradable música, el apuesto primo arroja a su prima sobre el lecho y la hace mujer a la vista de su indigno esposo… Sólo entonces la ceremonia concluye.

—Señor —dice d’Aldour a Bernac, descendiendo del altar—, tal vez la lección os parecerá un poco fuerte, pero convendréis en que la injuria lo era por lo menos otro tanto; yo ni soy ni quiero ser el amante de vuestra esposa, señor, aquí la tenéis, os la devuelvo, pero os recomiendo que en el futuro os comportéis con ella de una manera más digna; si no fuera así, ella hallaría de nuevo en mí a un vengador que no os trataría ya con tantos miramientos.

—Señora —exclama Bernac enfurecido—, en verdad este proceder…

—Es el que os habéis merecido, señor —le contesta Lurcie—; pero si no estáis conforme con él, sois muy dueño de divulgarlo, los dos expondremos nuestras razones y ya veremos de cuál de los dos se ríe el público.

Bernac, confuso, reconoce sus errores, no intenta inventarse más sofismas para legitimarlos y se arroja a los pies de su esposa para implorar perdón. Lurcie, dulce y generosa, le hace levantar y le abraza, los dos regresan a su casa e ignoro qué medios empleó Bernac, pero desde aquel momento la capital no conoció nunca una pareja más íntima, unos amigos más tiernos y un marido más virtuoso.