Macedonio Fernández

0
33

Macedonio Fernández (1874-1952) fue un escritor argentino, autor de novelas, cuentos, poemas, artículos periodísticos, ensayos filosóficos y otros textos difíciles de encasillar. Amigo de Jorge Luis Borges, este lo definió en pocas palabras: “Las mejores posibilidades de lo argentino –la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial– se realizaron en Macedonio Fernández, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos”.

Durante veinticinco años ejerció la abogacía sin demasiado entusiasmo. En 1910 fue nombrado fiscal en el Juzgado Letrado de Posadas (Misiones), donde también fue director de la biblioteca y conoció al escritor Horacio Quiroga. Se cuenta como anécdota que perdió el cargo porque nunca condenó a nadie.

Su esposa murió en 1920 tras una operación quirúrgica, y los cuatro hijos quedaron al cuidado de abuelos y tías. Macedonio abandonó la profesión de abogado y se dedicó a vivir austeramente en pensiones de Once y Tribunales. Sus únicas posesiones eran una sartén, un calentador Primus, una pava para el mate, una guitarra y una fotografía de William James, filósofo y hermano de Henry James.

En 1927 se postuló como candidato a presidente de la nación. Fue un pretexto para desplegar una campaña electoral surrealista, con la complicidad de sus amigos, y para mostrar el humor y la ironía que lo caracterizaron siempre. En 1947 se instaló en la casa de su hijo Adolfo, donde residiría hasta su muerte.

Fragmentos

Una novela que comienza

Puedo asegurar que estoy tan triste mientras escribo encerrado en habitación inadornada, sin nada que llame o acompañe, en esta pieza que nada me dice, solitario a estas horas del anteamanecer en que todo habla de extenuación, de la vida en muerte, del deseo cansado de no volver a la vida, de haber concluido, que siento miedo de saber que tengo un nombre, que soy humano y existo. ¡Qué soledad terrible! ¿Qué estás, Vida, tejiendo conmigo que tanto seguí y te comprendo? Y tú, dulce criatura, pecho de todo amor, dolorida juventud, flor sin sol, niña que ya dejó sin sueños la vida, incomprendida por los malos, inadvertida por los buenos atareados, ¡qué soledad valerosa la tuya, Adriana, que no tienes siquiera la pluma para envanecerte de quejas como yo en mis cobardías! ¡Adónde voy cayendo! Mis páginas serán siempre veraces. No habrá una de ellas sin el nombre de Adriana, que es mi verdad, sin mi sufrir, que no puedo vencer, sin las fábulas forzadas con que procuro defenderme, hacerme querer de la Vida optimista. En esta desierta hora y abandono, tan débil, tan vencido soy que estoy escondiéndome de todo, porque cualquier cosa que me tocara, una mariposa que volara, un papel que cayera al suelo me derrotaría; si sólo viera escrito mi nombre en algún sobre… ¡Si es sólo el temor de caer más, solo aquí, que me contiene! ¿Hubiera imaginado yo ir cayendo así desde hace tres años, a esta tenuidad, a esta nada de cosa humana tan exangüe que el saber que tengo un nombre entre los sueños y los vivires es un miedo para mí…?
(…)
Desde el silencio a que retorno, desde las sombras de las cuales no salí nunca para ti, yo que no habité, no habitaré nunca tu camino, que no conoceré nunca el son de tu voz, tus risas, ni miraré tus lágrimas, que no seré nunca una imagen en tu retina ni un pensamiento en tu alma, pero que te he conocido en un instante tan plenamente como si fueras una obra de mi deseo, yo que no creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman, te digo lo que no me oirás nunca, y que ya sabes: que es imposible que no seas feliz. Y, sin embargo, nos encontraremos; no aquí en la fantasmagoría terrena, sino en la eternidad del yo indestructible, continuo y consciente de su eterna continuidad pasada y a transcurrir. ¡Nos hemos conocido y amado, cuántas veces!

El aniversario de Recienvenido

No sé si por algunos excesos de conducta o por observancias poco estrictas en mi régimen de vida cumpliré en breve cincuenta años. No lo he efectuado antes porque cada vez que impacienté el tiempo, adelantando algún acontecimiento, me cambiaron uno bueno por uno malo. La elección de un día invariable de cumpleaños me ha permitido conocerlo tan bien que aun con los ojos vedados cumpliría mi aniversario.

Alguien dirá: ¡Pero, Recienvenido, otra vez de cumpleaños! ¡Vd. no se corrige!; ¡La experiencia no le sirve de nada! ¡A su edad cumpliendo años!

Yo efectivamente entre amigos no lo haría. Mas en las biografías nada más exigido.

Otros juzgarán que el anuncio de mi próximo aniversario va encaminando a incitar a los cronistas sociales para recordarme con encomios. “Nadie como el Sr. R. ha cumplido tan pronto los cincuenta años”; o bien: “A pesar de que esto le sucedía por primera vez cumplió su medio siglo el apreciado caballero como si [83] siempre lo hubiera hecho”. Alguien con algún desdén: “Con la higiene y la ciencia moderna, quién no tiene hoy cincuenta años”. “A su edad no tenía mucho que elegir”.

En fin lo cierto es que nunca he cumplido tantos años en un solo día.

Nací el 1º de octubre de 1875 y desde este desarreglo empezó para mí un continuo vivir. La autenticidad de mi condición de solterón en ese momento fue indiscutida, pero yo le añadí el malhumor que la distingue, pidiendo inmediatamente en el idioma que no tiene filólogos el Libro de Quejas. Cuando me lo facilitaron tres meses después en una sacristía, me había olvidado de los motivos de protesta fuera de que no habían dejado espacio en el sucio, malhadado y gran tomo los que se habían quejado primero. Puse mi nombre y la fatuidad de tenerlo me distrajo de reflexionar que aquél era el “Libro de Quejas”, de la vida.”

Poemas

Creía yo

No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

Cuando nuestro dolor fingiese ajeno

Voz de un dolor se alzó del camino y visitó la noche,
trance gimiente por una boca hablaba.

Eran las sombras dondequiera. Mis manos
apartándolas para mis pasos
heridos de la impaciencia y el tropiezo
buscando aquel pedido de persona dolida.

Grito que ensombreció la sombra
volvió a enfriar el pulsar de mi vida.

Y tropezando con el alma y el paso
no de mi pena, de ajena pena,
Creí afligirme, cuando halle sangrando
mi corazón, por mí clamando,
¿Qué desterrado de mi pecho habría?
Porque sólo el recuerdo su latido daba
y sólo en el recuerdo mi dolor estaba
y así desde el camino me llamaba
y apenas cerca me sintió, acogióse
a mi pecho triunfante como enojado dueño,
y al instante se dio a clavarme aquel latido;
el latir de su lloro del dolor del recuerdo.

Y hoy desterrarlo de nuevo ya no quiero.
que ese dolor es el dolor que quiero.

Es ella,
y soy tan sólo ese dolor, soy ella,
soy su ausencia, soy lo que está solo de ella;
mi corazón mejor que yo lo ordena.

Hay un morir

No me lleves a sombras de la muerte
adonde se hará sombra mi vida,
donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
de mí un ausente
y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
se voltea la mirada de amor
y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.