Louis Ferdinand Céline y Dashiell Hammet

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Louis Ferdinand Céline es el seudónimo de Louis-Ferdinand Destouches (1894-1961). Fue un novelista y el creador de una obra en gran parte autobiográfica que se caracterizó por su libertad y su crudeza. Su postura antisemita y su ostentosa colaboración con los alemanes lo desacreditaron ante la opinión pública y atrajeron el odio de muchos.

En 1932 se hizo rápidamente famoso con la novela Viaje al fin de la noche, que ganó el premio Renaudot. Los años de la preguerra y de la ocupación acrecentaron su prestigio como escritor, pero en 1944 tuvo que huir a Alemania; fue detenido en 1945 y recuperó la libertad en el 47.

Fernando Savater traza un perfil muy interesante sobre Céline y lo que él generaba:

Lo más parecido a una poética que escribió Céline es Entrevistas con el profesor Y, una obrita muy breve y llena de un regocijo feroz. Allí explica su hallazgo fundamental, la invención de la prosa de la emoción, junto a la cual las demás escrituras parecen inertes. Esa intensa vibración celiniana –sus famosos tres puntos suspensivos, su permanente desbordamiento a la par cáustico y popular– es la emoción ante la muerte, destinataria central de sus libros. Muerte de cada uno de nosotros, por supuesto, pero también acabamiento de la sociedad, la historia, la civilización. Para Céline, sin esa emoción no hay poesía y sin poesía no hay verdaderos escritores, solo aquellos del tipo que desprecia, “un tercio cerdo, un tercio gorila, un tercio chacal, nada más”. La muerte es la victoria del mal por excelencia, al que solo se enfrenta el verdadero arte, estremecido en su total abandono. Philippe Muray, autor del mejor ensayo sobre Céline, resume el combate: “Hacer arte con el Mal es el gran arte, el único. Consiste en saber que el Mal no se liquida, como creen los hombres de la antivisión política, sino que la obra es el único lugar donde el Mal puede transformarse inversamente en Bien”.

Si bien se destacó en la narrativa, también escribió poesía.

Vivir

Cerrar los ojos, respirar, respirar hondo
y sentir cuán lejos de casa se está

atreverse, lanzarse a ser, en fin,
uno mismo, escuchar lo que dicta
el compás del corazón,
amar.

Cat are six

versos y versos
y migas de vida
unas y otras veces
me acompañan
y me sanan
bendita poesía

Bucear

Soy poeta
buceo en la sangre

a veces me atraganto en lo rojo
y toco de cerca los huesos de la muerte

luego dejo
que mi cuerpo vuelva
a la superficie.

como el recién nacido
que al respirar por primera vez
sabe lo que deja atrás
en el líquido que escupe

y entra en el baile.

Dashiell Hammett

Hammet

 

Escritor de relatos policiales, sus novelas Cosecha roja (1929) y La maldición de los Dain (1929) lo llevaron de inmediato a la fama. El halcón maltés (1930), en la que el autor da vida a su personaje más conocido, Sam Spade, fue la pionera del estilo de novela negra.

Hammett se destaca sobre todo por su realismo, y está considerado como el escritor que ennobleció la novela policíaca y que demostró que también en este género se pueden denunciar las corrupciones políticas y económicas sin dejar de lado el humor. Durante la era McCarthy, a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, fue acusado de comunista, y en 1951 estuvo encarcelado un tiempo por “actividades antiamericanas”.

Así describía a su famoso detective: Samuel Spade tenía larga y huesuda la quijada inferior, y la barbilla era una V protuberante bajo la V más flexible de la boca. Las aletas de la nariz retrocedían en curva para formar una V más pequeña. Los ojos, horizontales, eran de un gris amarillento. El tema de la V lo recogía la abultada sobreceja que destacaba en medio de un doble pliegue por encima de la nariz ganchuda, y el pelo, castaño claro, arrancaba de sienes altas y aplastadas para terminar en un pico sobre la frente. Spade tenía el simpático aspecto de un Satanás rubio.

Juan Sasturain recuerda al autor en uno de sus artículos a través de la visión de otro escritor, Raymond Chandler, y luego se focaliza en la figura del detective:

El efecto –dice Chandler– es que Hammett describió escenas convencionales que “parecen escritas por primera vez”. El peso de los hechos, la sequedad de los diálogos y la reticencia en cuanto a explicitar las motivaciones dan a sus mejores textos cierto efecto de realidad del que decanta la ambigüedad moral, cierto estoico escepticismo que no dice su nombre. Ni él ni sus personajes juzgan ni predican. Exponen lo que ven y lo que hacen. Hammett hablaba poco, pero siempre –desde que irrumpió en la literatura para contar sus experiencias como ex detective de la agencia Pinkerton– pareció que sabía de lo que hablaba. Y uno le cree. (…)

El celebérrimo Sam Spade sólo protagonizó El halcón maltés y un par de cuentos sin demasiada importancia. Es el clásico detective privado que trabaja por su cuenta, tiene de socio al efímero Archer y a Effie Perine de secretaria. Hammett no lo idealizó, le dio carnadura, cinismo y reservada sabiduría. Pragmático, escéptico, portador de un código personal que no le impide andar con la mujer de su socio y acostarse con la misma cliente a la que finalmente entregará, Spade es insensible y eficaz, el duro por antonomasia que sabe cómo tratar a esa comparsa de malvados y desdichados. Sólo Effie lo conoce a fondo, y le da miedo. El último detective de Hammett, el atildado y mundano Nick Charles, protagonista de El hombre flaco, está recién retirado, en pareja con Nora y de paso por Nueva York cuando el problema lo alcanza. Así, en tono de comedia de enredos, se pasa la novela bebiendo cócteles y hablando por teléfono mientras resuelve el caso del inhallable thin man al estilo del detective amateur del policial clásico. Si Bogart fue Spade, el blando Dick Powell fue Charles. El detective amateur, famoso y adinerado paseando por Manhattan cierra la parábola abierta por el anónimo laburante a sueldo que se revolcaba a los tiros en los arrabales de San Francisco.