Gérard de Nerval y Arthur Cravan: poetas y bohemios

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Dos poetas bohemios, dos hombres de una vida muy intensa y con una muerte extraña; provocadores, a veces incomprendidos, finalmente reconocidos por la crítica: Gérard de Nerval y Arthur Cravan quizás tengan más cosas en común que haber nacido un 22 de mayo.

Gérard de Nerval

Figura marginal en su época del romanticismo francés, la posterioridad ha convertido a Gérard de Nerval (1808-1855) en el poeta romántico por excelencia y en un gran precursor de la poesía contemporánea. En 1822 se trasladó a París, donde llevó una existencia bohemia. En los últimos años de su vida, los más fecundos, sufrió graves trastornos y estuvo internado en varias ocasiones; finalmente se ahorcó con su propio cinturón, aunque ninguno de sus amigos aceptó que Nerval se hubiese quitado la vida.

Tras publicar una traducción libre del Fausto de Goethe (1827) y crónicas teatrales y ensayos en distintas revistas, en 1854 apareció la colección de novelas cortas Las hijas del fuego, que incluía el relato “Sylvie”, de estilo clásico y temática estrictamente romántica. Ese mismo año publicó Las quimeras, colección de sonetos simbolistas que prefiguró la poética de Baudelaire y Mallarmé. En 1855 apareció Aurelia, que mezclaba sueño y realidad, y fue considerada una de las obras fundacionales de la literatura moderna.

Anteros

Por qué en mi corazón hay tanta rabia, dices,
y en mi cuello flexible una cabeza indómita;
es porque yo provengo de la raza de Anteo
y hago volver los dardos contra el dios vencedor.

Yo soy de aquéllos, sí, que el Vengador alienta,
él me marcó la frente con su boca irritada,
bajo la palidez de Abel, llena de sangre,
lel rubor implacable de Caín tengo a veces!

Jehovah, aquel que, vencido por tu genio, el postrero,
del fondo del infierno gritaba: “¡Oh tiranía!”
es mi abuelo Belús o mi padre Dagón…

Tres veces me bañaron en las aguas del Cócito,
y, único protector de mi madre Amalécita,
siempre a sus pies los dientes del viejo dragón, siembro.

El desdichado

Yo soy el Tenebroso –el viudo–, el Sin Consuelo,
Principe de Aquitania de la Torre abolida:
Mi única estrella ha muerto, y mi laúd constelado
lleva en sí el negro sol de la Melancolía.

En la Tumba nocturna, Tú que me has consolado,
devuélveme el Pausílipo y el mar de Italia, aquella
flor que tanto gustaba a mi alma desolada,
y la parra do el Pámpano a la Rosa se alía.

¿Soy Amor o soy Febo?.. Soy Lusignan o ¿Biron?
Mi frente aún enrojece del beso de la Reina;
he soñado en la Gruta do nada la Sirena…

He, doble vencedor, traspuesto el Aqueronte:
Modulando unas veces en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y, otras, gritos del Hada.

Fantasía

Existe una tonada por la que yo daría
todo Mozart, Rossini y todo Weber,
una vieja tonada, languideciente y fúnebre
que me trae a mí solo sus secretos encantos.

Cada vez que la escucho mi alma se hace
doscientos años –es sobre Luis Trece–
más joven; y creo ver cómo se extiende
una ladera verde que amarillea el ocaso,

luego un alcázar de ladrillo y piedra,
de vidrieras teñidas de colores rojizos
ceñido de amplios parques y a sus pies un arroyo
que entre las flores corre;

luego una dama, en su ventana altísima,
rubia, con ojos negros, de vestimenta antigua,
que en otra vida acaso ya hube visto
y de la cual me acuerdo.

Arthur Cravan

Cravan

Su verdadero nombre era Fabien Avenarius Lloyd (1887-1884). Sobrino de Oscar Wilde, se dedicó al boxeo, a la literatura y llevó una vida de bohemio. Entre 1912 y 1915, en París, fue el editor y único redactor de la revista Maintenant, de la que produjo cinco números. En ella se unían a las críticas literarias y artísticas excentricidades y provocaciones de todo tipo, lo que prefiguró la aparición inminente de lo que sería el movimiento Dadá.

En uno de los números de la revista se definía a sí mismo: “Quiero exhibir también las extravagancias de mi carácter, hogar de mis inconsecuencias; mi naturaleza detestable, que no cambiaría, sin embargo, por ninguna otra, aunque ella siempre me haya impedido tener una línea de conducta; porque ella me vuelve unas veces honesto y otras hipócrita, y vanidoso y modesto, grosero y elegante”.

Arthur Cravan desapareció en 1918, en algún lugar del Golfo de México, durante una travesía por el Atlántico. Su cuerpo nunca fue encontrado, lo que alimentó la leyenda alrededor de su vida y de su obra.

¡Arre!

¿Qué alma disputará mi cuerpo?
Oigo la música:
¿me arrastrará?
Me gusta tanto el baile
y las locuras físicas
que siento con evidencia
que, de haber sido jovencita,
habría acabado mal.
Pero desde que estoy sumergido
en la lectura de esta revista ilustrada
juraría no haber visto en mi vida
fotografías más asombrosas:
el océano perezoso meciendo las chimeneas.
Veo en el puerto, sobre el puente de los vapores,
entre mercancías imprecisas,
mezclarse los choferes con los marineros;
cuerpos pulidos como máquinas,
mil objetos de la China,
las modas y las invenciones;
luego, dispuestos a atravesar la ciudad,
en la suavidad de los automóviles,
los poetas y los boxeadores.
¿Cuál es esta noche mi error?
¿Que entre tanta tristeza
todo me parece bello?
El dinero que es real,
la paz, las vastas empresas,
los autobuses y las tumbas;
los campos, el deporte, las queridas,
hasta la vida inimitable de los hoteles.
Quisiera estar en Viena y en Calcuta.
Tomar todos los trenes y todos los navíos,
fornicar con todas las mujeres y engullir todos los platos.
Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor;
viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista; millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;
cobarde, héroe, negro, mono, Don Juan, rufián, lord, campesino, cazador, industrial,
fauna y flora:
¡soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!
¿Qué hacer?
Probaré con el aire libre,
¡quizás ahí podría prescindir
de mi funesta pluralidad!
Y mientras la luna,
más allá de los castaños,
unce sus lebreles
e, igual que un caleidoscopio,
mis abstracciones
elaboran las variaciones
de los acordes
de mi cuerpo,
que mis dedos pegados
a la delicia de mis llaves
absorben frescos síncopes,
bajo mociones inmortales
mis tirantes vibran;
y, peatón ideal
del Palais-Royal,
me embriago de candor
incluso con los malos olores.
Repleto de una mezcla
de elefante y de ángel,
lector mío, paseo bajo la luna
tu futuro infortunio,
armado con tanta álgebra
que, sin deseos sensuales,
entreveo, fumadero del beso,
coño, mamada, agua, África y descanso fúnebre,
detrás de las persianas tranquilas,
la calma de los burdeles.
Bálsamo, ¡oh mi razón!
Todo París es atroz y odio mi casa.
Los cafés ya están oscuros.
Sólo quedan ¡oh mis histerias!
los claros establos
de los orinales.
Ya no puedo seguir quedando fuera.
Ésta es tu cama; sé tonto y duerme.
Pero, último inquilino
que se rasca tristemente los pies,
y, aunque cayendo a medias,
si yo oyese sobre la tierra
retumbar las locomotoras,
¡cuán atentas podrían volverse mis almas!

Languidez de elefante

Yo era grandioso entonces, ¡querido Mississipi!
Desprecié a los poetas, gasterópodo amargo,
Me fui, ¡mas cuánto amor en las estaciones y deporte en
el mar!
¡Récord! Tenía seis años (¡aurora de los vientres y frescor
del pipí!)
Y esta mañana a las diez horas y diez minutos el rápido
Que flotando en raíles cruzaba trenes límpidos
Y me tiraba al aire, tobogán chapuzón.
A cien por hora íbamos y a pesar del rumor,
Con su encanto el periódico embriaga al fumador.
Y aunque así el expreso se hubiera
lanzado,
Entrenador que imanta albatros y palomas,
Con ese ritmo loco me había mecido el tren.
Mis ideas se doraban, era soberbio el trigo,
Pacían los herbívoros en pillos prados verdes,
Loco por boxear le sonreía a la hierba.