W. G. Sebald, artista del lamento y la memoria

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Winfried Georg Maximilian Sebald nació el 18 de mayo de 1944 y murió el 14 de diciembre de 2001 en un accidente automovilístico al chocar contra un camión; se encontraba en su plenitud y madurez creativa. Fue escritor y profesor, considerado como uno de los más sobresalientes autores alemanes de finales del siglo XX.

Para recordarlo, traemos algunas de las opiniones de reconocidos críticos y escritores, y fragmentos de dos de sus obras más importantes.

Susan Sontag, “W.G. Sebald: el viajero y su lamento”

¿Es todavía posible la grandeza literaria? Ante la decadencia implacable de la ambición literaria, la convergente ascensión del desgano, la verborrea y la crueldad insensible como asuntos normativos de la ficción, ¿qué sería en la actualidad un proyecto literario centrado en la nobleza? La obra de W. G. Sebald es una de las pocas respuestas disponibles a los lectores del idioma inglés.

Vértigo, la tercera novela de Sebald traducida al inglés, fue el punto de partida. Apareció en alemán en 1990, cuando su autor tenía 46 años; tres años después vino Los emigrantes; dos años más tarde Los anillos de Saturno. Cuando Los emigrantes se tradujo al inglés en 1996, la aclamación lindó con la reverencia. Ahí estaba un escritor magistral, maduro, inclusive otoñal en su persona y en sus temas, que había logrado un libro tan extraño como irrefutable. Su lenguaje era maravilloso: delicado, denso, inmerso en la materia de las cosas; y aunque de esto hubiera amplios antecedentes en lengua inglesa, lo que resultaba ajeno y a la vez más persuasivo era la autoridad extraordinaria de la voz de Sebald: su gravedad, sinuosidad, precisión, su libertad frente a toda cohibición debilitadora o toda ironía gratuita. (…)

Beatriz Sarlo, “Un maestro de la paráfrasis”

La primera pregunta es: ¿qué estoy leyendo? Después, ¿cómo está hecho lo que estoy leyendo? Los tres libros de W.G. Sebald –Vértigo (1990), Los emigrados (1992), Los anillos de Saturno (1995)– obligan a esta doble interrogación. Son obras extrañas. No diría enigmáticas, ni difíciles (en el sentido en que la literatura del siglo XX tiene obras difíciles y textos enigmáticos). Cuentan decenas, probablemente centenares, de historias cuyo estatuto oscila entre la autobiografía, las biografías, la crónica, los libros de viajes y curiosidades, el documento íntimo. ¿Cuánto hay de biográfico en Sebald? La pregunta sobre ese estatuto no se impone con la misma nitidez que las dos anteriores. Sus libros no exploran los límites entre ficción y biografía sino que los vuelven irrelevantes. (…)

Uno de los rasgos originales de Sebald es que se colocaba más allá de la problemática crítica del último medio siglo. Escribía como si no hubiera sido tocado por los debates sobre la narración en primera persona, la autorrepresentación y la referencialidad (aclaremos que Sebald, profesor de Literatura, difícilmente haya podido pasarlos por alto). (…)

Daniel Link, “El desarraigo”

Poco reconocido en su país natal, Sebald creía que en Alemania resultaban incómodas sus invocaciones al Holocausto y al destierro sufrido por quienes huyeron del Tercer Reich. Sebald decía haber nacido (en 1944, en Wertach, un pueblito bávaro) “en una familia posfascista alemana”.

Agobiado en parte por la estrechez de miras de la Alemania de la posguerra, Sebald abandonó su país a los 21 años y se marchó primero a Suiza y luego a Inglaterra. Pese a haber vivido más de treinta años en el Reino Unido, se seguía sintiendo profundamente desarraigado. “Me he convertido en algo así como una existencia ambulante y encaro con cierto pánico lo que me resta de vida… Hay que irse. Todo se destruye”, declaró a Radarlibros. Junto al destierro, la melancólica recreación del pasado es un tema central de su obra. (…)

Alan Pauls, “Noche y niebla”

No es casual que W. G. Sebald, el último centinela de la Alta Literatura, haya sido traductor. Vértigo, Los emigrantes (1993), Los anillos de Saturno y Austerlitz –cuatro libros de una fulminante lentitud que, en apenas diez años, revelaron y consagraron a un escritor sorprendentemente tardío– están animados por la misma fuerza que corre por las venas de la traducción: la pulsión de mesianismo y melancolía que otro escritor-traductor alemán, Walter Benjamin, tenía en la cabeza mientras redactaba su famoso ensayo La tarea del traductor. “Tarea”, en ese contexto, se entiende como misión; es decir: algo que el traductorescritor recibe de un más allá situado en algún punto del pasado y que debe encargarse de llevar, de hacer pasar hacia otro lado, un más allá virtual, utópico, donde se supone que habrá de realizarse plenamente. (…)

Como Thomas Bernhard (pero sin su odio), como Proust (pero sin sus distracciones ni su microscopismo), Sebald, artista del lamento y la memoria, inventó una extraña forma de ficción hecha de autobiografía, relato de viaje e investigación histórica, pero sobre todo inventó algo más modesto y más soberano: una frase. Hay una frase Sebald –como hay una frase Proust y una frase Bernhard–; es única, inconfundible, y sin duda está llamada a “quedar”. (…)

Fragmentos

Vértigo

Me senté en uno de los bares a orillas del Riva, me tomé mi café de por la mañana, estudié el Gazzettino, tomé algunos apuntes para un tratado referente al Rey Luis en Venecia y hojeé el Diario De Viaje a Italia, de Grillparzer, del año 1819. Me lo había comprado estando todavía en Viena, porque cuando voy de viaje no es extraño que me sienta como Grillparzer. Al igual que él, no encuentro placer en nada, me quedo desmedidamente decepcionado de todos los monumentos, y, como acostumbro a decir, mejor hubiera hecho quedándome en casa con mis mapas y mis planos. Incluso el Palacio Ducal Grillparzer le tributa sólo una consideración muy limitada. Pese a toda delicadeza del arte en sus arcadas y almenas, Grillparzer escribe que el Palacio Ducal tiene un cuerpo informe y que le recuerda a un cocodrilo. No sé cómo llega a esta comparación. Sospecha que lo que se decreta de este lugar había de ser misterioso, inquebrantable y severo, y denomina al palacio un enigma pétreo. La naturaleza de este enigma es, al parecer, el terror, pues en tanto que está en Venecia, Grillparzer no se puede desprender de la sensación de lo misterioso. El versado en leyes piensa constantemente en el palacio en el que las autoridades judiciales habían establecido su residencia y en cuyas cavernas más íntimas, términos en los que él se expresa, se incuba el principio invisible. Los difuntos, perseguidores y perseguidos, los asesinos y los asesinados, resurgen frente al palacio con cabezas encubiertas. Escalofríos atacan por sorpresa al pobre funcionario hipersensible. Uno de estos perseguidos, que tuvo su cruz con la juridicción veneciana, fue Giacomo Casanova

Austerlitz

De vez en cuando ocurría aún que se perfilara en mi cabeza un razonamiento con hermosa claridad, pero sabía ya, mientras eso sucedía, que no estaba en condiciones de retenerlo, porque, en cuanto tomara el lápiz, las infinitas posibilidades del idioma, a las que antes podía abandonarme con confianza, se convertirían en una mescolanza de frases de pésimo gusto. No había giro de frase que no resultara ser una lamentable muletilla, ni palabra que no sonara vacía y falaz. Y en ese espantoso estado de ánimo me pasaba horas y días mirando a la pared, me atormentaba el espíritu y aprendía poco a poco a comprender lo horrible que es que incluso la tarea o el deber más nimio, como, por ejemplo, ordenar un cajón de cosas diversas, pueda ser superior a nuestras fuerzas. Era como si alguna enfermedad ya latente en mí se dispusiera a declararse, como si algo desmoralizador y obstinado se hubiera metido en mi interior y, poco a poco, lo paralizara todo. Sentía ya tras mi frente la infame apatía que precede al desmoronamiento de la personalidad, sospechaba que en realidad no tenía memoria ni capacidad intelectual, ni una verdadera existencia, que durante toda mi vida sólo me había ido extinguiendo y apartando del mundo y de mí mismo. Si alguien hubiera venido para llevarme al patíbulo, hubiera permitido tranquilamente que me ocurriera lo que fuera sin decir palabra, sin abrir los ojos, lo mismo que las personas sumamente mareadas, cuando, por ejemplo, van en vapor por el Mar Caspio, tampoco oponen la menor resistencia si alguien les comunica que las van a tirar por la borda. Pasara lo que pasara dentro de mí, la sensación de pánico en que me sumía el estar a punto de escribir una frase, sin saber cómo empezar esa frase o, en general, cualquier otra, se extendió pronto a la operación, en sí más sencilla, de leer, hasta que, inevitablemente, al intentar comprender una página entera, caía en un estado de la mayor confusión. Si se puede considerar al idioma como una antigua ciudad, como un laberinto de calles y plazas, con distritos que se remontan muy atrás en el tiempo, con barrios demolidos, saneados y reconstruidos, y con suburbios que se extienden cada vez más hacia el campo, yo parecía alguien que, por una larga ausencia, no se orienta ya en esa aglomeración, que no sabe ya para qué sirve una parada de autobús, qué es un patio trasero, un cruce de calles, un bulevar o un puente. Toda la estructura del idioma, el orden sintáctico de las distintas partes, la puntuación, las conjunciones y, en definitiva, hasta los nombres de las cosas corrientes, todo estaba envuelto en una niebla impenetrable. Tampoco entendía lo que yo mismo había escrito en el pasado, sí, especialmente eso. Sin cesar pensaba únicamente: una frase así es algo que sólo supuestamente tiene sentido, en realidad, en el mejor de los casos, provisionalmente, una especie de excrecencia de nuestra ignorancia con la que, como algunas plantas y animales marinos con sus tentáculos, tanteamos a ciegas en la oscuridad que nos rodea. Precisamente lo que, por lo común, puede dar la impresión de una inteligencia metódica, la exposición de una idea por medio de cierta habilidad estilística, me parecía entonces nada más que una empresa totalmente arbitraria o demencial. En ninguna parte veía ya una conexión, las frases se disolvían en palabras aisladas, las palabras, en una sucesión arbitraria de letras, las letras en signos inconexos y éstos en una huella gris azulada, que brillaba plateada aquí o allá y que algún ser reptante había segregado y arrastrado tras sí, y cuya vista me llenaba cada vez más de sentimientos de horror y vergüenza. Un atardecer saqué de la casa todos mis papeles, atados y sueltos, los libros de notas y cuadernos de notas, los archivadores y legajos de mis clases, todo lo que estaba cubierto de mi escritura, y lo tiré al extremo más lejano del jardín en el montón de estiércol, cubriéndolo con capas de hojas podridas y unas paladas de tierra. Es cierto que luego me creí durante unas semanas, mientras arreglaba mi cuarto y repintaba el suelo y las paredes, aligerado de la carga de mi vida, pero enseguida me di cuenta de que las sombras se extendían sobre mí. Sobre todo en las horas del crepúsculo vespertino, que normalmente habían sido siempre mis preferidas, me invadía una especie de angustia, al principio difusa pero luego cada vez más densa, que hacía que el hermoso espectáculo de los colores que iban desvaneciéndose se tornase en una palidez malvada y sin luz, el corazón se me encogiera en el pecho hasta una cuarta parte de su tamaño natural y en mi cabeza sólo quedara un pensamiento: en el rellano de la escalera, en un tercer piso de cierto edificio de Great Portland Street en el que hacía años, después de una visita al médico, había tenido un extraño arrebato, precipitarme por encima de la barandilla en la oscura profundidad del pozo.