La tercera revolución industrial

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Una forma de comprender algunos rasgos estructurales del capitalismo es analizando las diferentes etapas del desarrollo industrial. Simplificando y por tanto haciendo abstracción, podemos afirmar que al menos en la historia de occidente, hubo dos revoluciones industriales en los últimos 300 años y que ahora estamos viviendo una tercera.

La primera revolución industrial ocurrió a fines del siglo XVII y fundamentalmente estuvo vinculada a una organización del trabajo diferente al modelo económico de la Edad Media o del Mercantilismo (Renacimiento). Si bien muchos autores colocan a la producción de azúcar en el Nuevo Mundo como la primera forma realmente capitalista de trabajo, lo cierto es que el lugar común es tomar a los telares a vapor como el símbolo de esta época. La clave de esta última forma de producción es su vinculación con la tecnología de la época, así como con el tipo de organización laboral (asalariados que venden su fuerza de trabajo en un ámbito como la fábrica). El punto central es la aceleración de los procesos productivos, que permitieron bajar los costos con la consiguiente desocupación. Podemos decir que esta primera revolución industrial estuvo caracterizada por la de máquinas que generan productos listos para consumir.

La segunda revolución industrial ocurrió a mediados del siglo XIX y tuvo que ver principalmente con un cambio tecnológico. Para este momento, los obreros ya empiezan a organizarse en sindicatos y gremios y comienza a ser notoria la diferencia entre los especializados y los que no lo son. Las maquinarias se hacen más complejas y son el típico producto de esta época los ferrocarriles y los barcos con cascos metálicos a vapor. Pero el punto principal de esta nueva oleada de la revolución industrial está en que se empiezan a fabricar las maquinarias que alimentan a otras fábricas. En la revolución anterior eran los propios capitalistas los que creaban y fabricaban las maquinarias; de hecho la mayoría se daba maña con la mecánica y la ingeniería. Pero ahora las cosas cambian y empiezan a aparecer empresas que crean las maquinarias necesarias. Podemos decir que esta segunda revolución industrial estuvo caracterizada por el de máquinas que generan máquinas para la producción de bienes listos para consumir.

La tercera revolución industrial ocurre a fines del siglo XX y el principal componente que permite definirla es el uso del software. La nueva tecnología computacional modifica radicalmente, no sólo la forma de comunicarse (creando nuevas formas de interacción), sino también los procesos productivos. Cada vez más los bienes y servicios de la economía poseen algún componente informático. Desde el lavarropas hasta el automóvil. Pero no sólo los productos consumidos poseen software y hardware en algunos de sus elementos constitutivos; los propios procesos de producción dependen cada vez más de computadoras y programación. Podemos decir entonces que la tercera revolución industrial está caracterizada por máquinas (el software es técnicamente una máquina) que generan máquinas, que fabrican máquinas que producen los bienes listos para consumir.

Parece un trabalenguas, pero visto desde un punto de vista lógico, suena completamente plausible. Dicho en términos más laxos, ya hay robots que crean robots que crean las máquinas que producirán los bienes listos para consumir, al final de una cadena con un enorme plusvalor. Y esto es un enorme cambio en términos de las fuerzas productivas, ya que no es sólo un mero cambio tecnológico. Esta nueva forma de producción acarrea modificaciones también en las relaciones sociales de producción. La escritura del indispensable software mina las bases de la propiedad privada, ya que, como bien lo sabe la industria del entretenimiento, es muy difícil mantener la privacidad; la copia es tan sencilla que rápidamente se viraliza. Si observamos qué sucede con los programas para las impresoras 3D, vemos que las empresas los liberan y no lo hacen por bondad sino por la imposibilidad de mantener a los bytes encerrados en un disco rígido.

Como dijo Carlos Marx, el futuro depende del papel que juguemos los seres humanos. Nada hay escrito, podemos llegar al “paraíso socialista” o terminar en la peor dictadura de la historia. Es cierto que esta tercera revolución industrial está generando cambios en las conductas y en las relaciones sociales. Es cierto que parece disolverse la propiedad privada  y que muchas de las aplicaciones que se utilizan hoy día, pertenecen a lo que se denomina “Open Source”. Pero en la historia humana, nada garantiza nada; tan solo la voluntad colectiva es capaz de llevar esta vez a la revolución industrial a un buen puerto, donde los ideales de la igualdad y libertad no queden en declaraciones vanas.