Los espacios laberínticos

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Desde la antigüedad, los laberintos despertaron la curiosidad del hombre y posteriormente se transformaron en uno de los motivos literarios más recurrentes. El ser humano arrojado al mundo, según los existencialistas, se siente perdido, abrumado por la confusión, por un espacio desconcertante que lo supera. Es este el sentido que le da Jorge Luis Borges al laberinto: símbolo de nuestra incomprensión, nuestra limitación y nuestra finitud.

Según Juan Eduardo Cirlot en su famoso Diccionario de símbolos, “un laberinto es una construcción arquitectónica, sin aparente finalidad, de complicada estructura y de la cual una vez en su interior, es muy difícil encontrar la salida”. Parece que el primero, o uno de los primeros laberintos, fue construido por Amenebrat III, faraón de la XII dinastía, que mandó a erigir un palacio que terminó resultando su tumba. A su muerte, el cadáver fue colocado en el centro del edificio, en una pirámide de ladrillos de piedras esculpidas. Una curiosidad: del nombre egipcio de este palacio, derivó la palabra griega “labirinthos”.

Cuadrados o circulares, recorren la literatura y los encontramos en autores tan dispares como Octavio Paz, Umberto Eco, Jorge Donoso, solo por nombrar algunos. Sin embargo, el primer laberinto que seguramente nos viene a nuestra memoria es el del Minotauro, ese monstruo con cabeza de toro, condenado a permanecer encerrado expiando una culpa que no era propia. Borges refleja muy bien esto en su cuento “La casa de Asterión”: el mundo es un laberinto, y como Asterión, los hombres vagamos solos, abandonados, buscando la salida o nuestra Ariadna que nos rescate.

En la Edad Media, el laberinto adquiere un significado espiritual. Este símbolo aparece en los pavimentos de los templos que debían ser recorridos por los fieles para llegar a la salvación espiritual. Un ejemplo de este tipo de laberinto lo encontramos en la catedral de Chartres en Francia.

En el Barroco y en el Rococó, los laberintos se asocian a un concepto más lúdico y decorativo, y salen a los jardines en complejos caminos formados por setos. Inicialmente, sus diseños eran muy sencillos, pero más tarde se fueron complicando hasta adoptar formas más intrincadas. El laberinto representado como un lugar festivo tiene sus raíces en culturas antiguas que destinaban en su interior un espacio para la danza amorosa de la primavera.

Umberto Eco distingue tres tipos de laberintos: el laberinto griego, el manierista y el rizoma. El primero es el más simple; está constituido por muchas galerías que llevan a un centro, a la gran sala donde está el Minotauro, y si a través del hilo de Ariadna desenrollamos el laberinto, encontramos la salida. En cuanto al manierista, si lo desenrolláramos, encontraríamos una especie de árbol, una estructura con raíces y muchos callejones sin salida, por lo cual es muy diíficil encontrar la única que existe. Por ultimo está el rizoma. En este, cada calle puede conectarse con cualquier otra, no tiene centro, ni periferia, ni salida, porque potencialmente es infinito. En este último sentido, el espacio de la conjetura es rizomático.

En la actualidad, las ciudades son representaciones laberínticas: más que nunca buscamos una salida o explicaciones que orienten nuestras vidas; sentimos el vértigo de estar perdidos, ansiamos encontrarnos, encontrar al otro, justificar por qué estamos en el mundo; nos sentimos pequeños y anónimos frente a la inmensidad de las grandes urbes.

Quizás, estemos equivocando el camino y no tengamos que buscar la salida o, al menos, no tengamos que buscarla fuera del laberinto, como afirma Cornelius Castoriadis: “Pensar no es salir de la caverna, ni sustituir la incertidumbre de las sombras por los perfiles bien definidos de las cosas mismas, el resplandor vacilante de una llama por la luz del verdadero Sol. Es entrar en el laberinto… Es perderse en galerías que sólo existen porque nosotros las cavamos infatigablemente, dar vueltas en el fondo de un callejón sin salida cuyo acceso se ha cerrado tras nuestros pasos hasta que este girar abre, inexplicablemente, fisuras factibles en el muro” (Las encrucijadas del laberinto).