Marco Denevi

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Marco Denevi (1922-1998) fue un novelista y dramaturgo argentino que alcanzó reconocimiento internacional con obras como Rosaura a las diez (1955) y Ceremonia secreta (1960). La primera obtuvo el Premio Kraft en 1955, y narra la historia de Camilo Canegato y su relación con Rosaura, contada desde diferentes puntos de vista. En Ceremonia secreta (1960), la identidad, la locura, lo oculto y lo evidente están detrás de la historia de Leonides Arrufat. Premiada por la revista Life en español, fue traducida a varios idiomas.

Sus obras de teatro dieron primacía al análisis psicológico de los personajes. Como dramaturgo escribió Los expedientes (1957, Premio Nacional de Teatro), El emperador de la China (1959), El cuarto de la noche (1962) y Cuando el perro del ángel no ladra, pero luego abandonó el género. Se incorporó a la Academia Argentina de las Letras y a partir de 1980 practicó el periodismo político desde las páginas del diario La Nación.

Otros títulos suyos son Falsificaciones (1966) y El amor es un pájaro rebelde (1993), solo por mencionar algunos. Escribió guiones de cine y televisión, pero se sentía particularmente satisfecho del periodismo. En 1980 se publicaron sus Obras Completas.

Mario Soffici llevó al cine en 1958, y con el mismo título, Rosaura a las diez, en la que se destacaron los actores Susana Campos y Juan Verdaguer. Por su parte, el director de cine estadounidense Joseph Losey filmó en 1968 una versión de Ceremonia secreta con Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow.

En 1976 los productores Oscar Belaich y Germán Klein interesaron a Denevi en un ciclo para televisión de género policial. El escritor tomó entonces a un personaje de Rosaura a las diez, el inspector Baigorri, y ubicó la acción en la década de 1930. Los capítulos estaban separados en bloques, y cada episodio duraba una hora y media. El comisario Plácido Donato proveía material tomado de crónicas de la Policía Federal Argentina, la dirección estaba a cargo de Martín Clutet y el protagonista era José Slavin. Tras dieciséis episodios del programa, que se tituló División Homicidios, Denevi se cansó del ritmo impuesto por la producción y fue reemplazado por la escritora María Angélica Bosco y el propio Donato.

La novela Los asesinos de los días de fiesta fue adaptada al cine por el italiano Damiano Damiani con el mismo título, pero en español se le dio el de Ángeles de negro (el internacional fue Killers on Holiday). El estreno mundial fue en España, el 17 de junio de 2002, con la actuación de Carmen Maura.

Denevi fue también un excelente creador de microficciones, muchas de las cuales toman temas o personajes reconocidos, pero transformando las historias y el carácter de los protagonistas.

Cuento policial

Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

Cuento de horror

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:

—Thaddeus, voy a matarte.

—Bromeas, Euphemia —se rió el infeliz.

—¿Cuándo he bromeado yo?

—Nunca, es verdad.

—¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?

—¿Y cómo me matarás? —siguió riendo Thaddeus Smithson.

—Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.

El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sisema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

Dulcinea del Toboso

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y de Francisca Nogales. Como hubiese leído novelas de caballería, porque era muy alfabeta, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen y le besaran la mano, se creía joven y hermosa pero tenía treinta años y pozos de viruelas en la cara. Se inventó un galán a quien dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de lances y aventuras, al modo de Amadís de Gaula y de Tirante el Blanco, para hacer méritos antes de casarse con ella. Se pasaba todo el día asomada a la ventana aguardando el regreso de su enamorado. Un hidalgo de los alrededores, un tal Alonso Quijano, que a pesar de las viruelas estaba prendado de Aldonza, ideó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en su rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario don Quijote. Cuando, confiando en su ardid, fue al Toboso y se presentó delante de Dulcinea, Aldonza Lorenzo había muerto.

La inmolación por la belleza

El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.
Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.
El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.