Cien años del nacimiento de Camilo José Cela

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Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Camilo José Cela (1916-2002), Premio Nobel de Literatura en 1989, autor de La colmena (1951), una original novela formada por un montaje de situaciones que reflejan la vida de más de  trescientos personajes. Ya desde el título se ve el propósito de tomar la ciudad como protagonista: la Madrid de la posguerra y su ambiente depresivo.

En 1934 ingresa en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Sin embargo, pronto la abandona para asistir como oyente a la Facultad de Filosofía y Letras, donde el poeta Pedro Salinas da clases de literatura contemporánea. Cela le muestra sus primeros poemas, y recibe de él estímulo y consejos. En la facultad conoce, además, a Alonso Zamora Vicente, a María Zambrano y a Miguel Hernández, y a través de ellos entra en contacto con otros intelectuales del Madrid de esta época. Antes, en plena guerra, termina su primera obra, el libro de poemas Pisando la dudosa luz del día.

Su primera gran obra, La familia de Pascual Duarte, se publica en 1942, y a pesar de su éxito sufre problemas con la Iglesia, lo que concluye en la prohibición de la segunda edición de la obra (que finalmente es publicada en Buenos Aires). Poco después, Cela abandona la carrera de Derecho, que había comenzado en 1940, para dedicarse en forma profesional a la literatura.

En 1944 comienza a escribir La colmena; posteriormente lleva a cabo dos exposiciones de sus pinturas y aparecen Viaje a La Alcarria y El cancionero de La Alcarria. En 1951 La colmena se publica en Buenos Aires y es de inmediato prohibida en España. En 2011, Annie Salomon (licenciada en literatura hispánica), hija del hispanista Noël Salomón encuentra un manuscrito con pasajes inéditos de la novela cuando pone a la venta una casa de campo familiar cerca de Burdeos. El texto, donado a la Biblioteca Nacional de Madrid, revela más retazos de vida de ese enjambre de personajes creados por el escritor. El manuscrito llega a las manos del hispanista después de la segunda calificación y reporte que hace el régimen sobre La colmena, el 7 de enero de 1946, en el cual dice: ¿Ataca el dogma o la moral? Sí. ¿Ataca al régimen? No. ¿Valor literario? Escaso. Para este aniversario de su nacimiento, se editará la versión completa sin censura de La colmena. También se preveen exposiciones, mesas redondas, y numerosos actos, para incentivar la lectura de este importante autor.

Dice Cela acerca de esta obra: «Mi novela La colmena (…)  no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad. Mienten quienes quieren disfrazar la vida con la máscara loca de la literatura (…)  Esta novela mía no aspira a ser más -ni menos, ciertamente- que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos». (Nota a la primera edición).

En los años siguientes sigue publicando con frecuencia. De este período se destacan sus novelas Mazurca para dos muertos y Cristo versus Arizona. La narrativa de esta etapa se caracteriza por una ruptura extrema: alteraciones de los puntos de vista, fragmentación, uso del monólogo, y búsqueda de una expresión compleja a partir de la sintaxis y de la puntuación.

Ya consagrado como uno de los grandes escritores del siglo, durante las dos últimas décadas de su vida se sucedieron los homenajes, los premios y los más diversos reconocimientos. En 1957 es elegido para ocupar el sillón Q de la Real Academia Española. Entre los premios están el Príncipe de Asturias de las Letras (1987), el mencionado Nobel de Literatura (1989) y el Miguel de Cervantes (1995).

Algunos fragmentos de La colmena

Victorita, a la hora de la cena, riñó con la madre.
—¿Cuándo dejas a ese tísico? ¡Anda, que lo que vas a sacar tú de ahí!
—Yo saco lo que me da la gana.
—Sí, microbios y que un día te hinche el vientre.
—Yo ya sé lo que me hago, lo que me pase es cosa mía.
—¿Tú? ¡Tú qué vas a saber! Tú no eres más que una mocosa que no sabe de la misa la media.
—Yo sé lo que necesito.
—Sí, pero no lo olvides; si te deja en estado, aquí no pisas.
Victorita se puso blanca.
—¿Eso es lo que te dijo la abuela? La madre se levantó y le pegó dos tortas con toda su alma.
Victorita ni se movió.
—¡Golfa! ¡Mal educada! ¡Que eres una golfa! ¡Así no se le habla a una madre!
Victorita se secó con el pañuelo un poco de sangre que tenia en los dientes.
—Ni a una hija tampoco. Si mi novio está malo, bastante desgracia tiene para que tú estés todo el día llamándole tísico.
Victorita se levantó de golpe y salió de la cocina. El padre había estado callado todo el tiempo.
—¡Déjala que se vaya a la cama! ¡Tampoco hay derecho a hablarla así! ¿Que quiere a ese chico? Bueno, pues déjala que lo quiera, cuanto más le digas va a ser peor. Además, ¡para lo que va a durar el pobre!
Desde la cocina se oía un poco el llanto entrecortado de la chica, que se había tumbado encima de la cama.
—¡Niña, apaga la luz! Para dormir no hace falta luz. Victorita buscó a tientas la pera de la luz y la apagó

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Por la calle van cogidos de la mano, parecen un tío con una sobrina que saca de paseo.
La niña, al pasar por la portería, vuelve la cabeza para el otro lado. Va pensando y no ve el primer escalón.
—¡A ver si te desgracias!
—No.
Doña Celia les sale a abrir.
—¡Hola, don Francisco!
—¡Hola, amiga mía! Que pase la chica por ahí, quería hablar con usted.
—¡Muy bien! Pasa por aquí, hija, siéntate donde quieras.
La niña se sienta en el borde de una butaca forrada de verde. Tiene trece años y el pecho le apunta un poco, como una rosa pequeñita que vaya a abrir. Se llama Merceditas Olivar Vallejo, sus amigas la llaman Merche. La familia le desapareció con la guerra, unos muertos, otros emigrados. Merche vive con una cuñada de la abuela, una señora vieja llena de puntillas y pintada como una mona, que lleva peluquín y que se llama doña Carmen. En el barrio a doña Carmen la llaman, por mal nombre, Pelo de muerta. Los chicos de la calle prefieren llamarle Saltaprados.
Doña Carmen vendió a Merceditas por cien duros, se la compró don Francisco, el del consultorio.
Al hombre le dijo:
—¡Las primicias, don Francisco, las primicias! ¡Un clavelito!
Y a la niña:
—Mira, hija, don Francisco lo único que quiere es jugar, y además, ¡algún día tenía que ser! ¿No comprendes?

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¿Qué maligna crueldad despertará en los niños el olor de los presos?; nos miran como bichos raros con los ojos todos encendidos, con una sonrisilla viciosa por la boca, como miran a la oveja que apuñalan en el matadero —esa oveja en cuya sangre caliente mojan las alpargatas—, o al perro que dejó quebrado el carro que pasó —ese perro que tocan con la varita por ver si está vivo todavía—, o a los cinco gatitos recién nacidos que se ahogan en el pilón, esos cinco gatitos a los que apedrean, esos cinco gatitos a los que sacan de vez en cuando por jugar, por prolongarles un poco la vida —¡tan mal los quieren!—, por evitar que dejen de sufrir demasiado pronto.
El solar mañanero de los niños alborotadores, camorristas, que andan a pedrada limpia todo el Santo día, es, desde la hora de cerrar los portales, un edén algo sucio donde no se puede bailar, con suavidad, a los acordes de algún recóndito, casi ignorado aparatito de radio, donde no se puede fumar el aromático, deleitoso cigarrillo del preludio; donde no se pueden decir al oído, fáciles ingeniosidades seguras, absolutamente seguras. El solar de los viejos y las viejas después de comer, que vienen a alimentarse de Sol, como los lagartos, es, desde la hora en que los niños y los matrimonios cincuentones se acuestan y se ponen a soñar, un paraíso directo donde no caben evasiones ni subterfugios, donde todo el mundo sabe a lo que va, donde se ama noblemente, casi con dureza, sobre el suelo tierno, en el que quedan, ¡todavía!, las rayitas que dibujó la niña que pasó la mañana saltando a la pata coja, los redondos, los perfectos agujeros que cavó el niño que gastó avaramente sus horas muertas jugando a las bolas.