Evaristo Carriego

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Evaristo Carriego nació en Paraná, Entre Ríos, el 7 de mayo de 1883. Su poesía configura una mitología personal, porteña y tanguera, donde se destacan los guapos, los cafés y el barrio. Durante su niñez la familia se trasladó a Palermo. Se educó en Buenos Aires, y desde joven vivió el clima de las tertulias literarias porteñas, en las cuales gravitaban Rubén Darío y Almafuerte.

Se vinculó a la revista anarquista La Protesta, y a otras publicaciones como Papel y tinta, Idea, Caras y caretas y otras. Allí dio a conocer también sus poesías y cuentos breves, que pintaban la vida del suburbio. Su único libro de versos editado en vida, Misas herejes, apareció en 1908. Adquirió cierta fama con los poemas, pero no pudo disfrutarla ya que murió de tisis el 13 de octubre de 1912. Después de su muerte, se estrenó su obra de teatro Los que pasan, y se publicaron El alma del suburbio y La canción del barrio.

Para Jorge Luis Borges el nombre de Evaristo Carriego pertenecerá a la ecclesia visibilis de nuestras letras, cuyas instituciones piadosas cursos de declamación, antologías, historias de la literatura nacional– contarán definitivamente con él. Pienso también que pertenecerá a la más verdadera y reservada ecclesia invisibilis, a la dispersa comunidad de los justos, y que esa mejor inclusión no se deberá a la fracción de llanto de su palabra. (Evaristo Carriego, 1930).

La costurerita que dio aquel mal paso

La costurerita que dio aquel mal paso
y lo peor de todo, sin necesidad
con el sinvergüenza que no la hizo caso
después según dicen en la vecindad

se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras, ¡Tan sin corazón!

Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.

¡Qué cara tenía la costurerita,
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!

Como en los buenos tiempos

A veces, miro un poco entristecido
la fiel evocación de ese retrato
donde estás viva, aunque hace mucho rato,
digo bien, mucho rato que te has ido.

¡Y apenas la impresión que nada deja!
Tal vez he preferido más perderte
que haber seguido amándote, hasta verte
con la vergüenza de sentirte vieja.

Y, sin embargo, acaso mentiría,
si quisiera decir que todavía
no he cesado de oírte junto al piano

que nadie ha vuelto a abrir, como en ninguna
emoción de aquel tiempo tan lejano
cuando aún eras prima de la luna.

Buenos ratos

Está lloviendo paz. ¡Qué temas viejos
reviven en las noches de verano!
Se queja una guitarra, allá a lo lejos,
y mi vecina hace reír el piano.

Escucho, fumo y bebo, mientras el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
El cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía

¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea

¡Qué bien se está, cuando el ensueño en una
tranquila plenitud se ve tan vago!
¡Oh, quién pudiera diluir la Luna
y beberla en la copa, trago a trago!

Todo viene apacible del olvido
en una claridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.

¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!

Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza:
En el fondo del vaso, poco a poco
se ha dormido, borracha, la tristeza.

La silla que ahora nadie ocupa

Con la vista clavada sobre la copa
se halla abstraído el padre desde hace rato,
pocos momentos hace rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.

De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada,
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.

Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado

por esa idea fija, que no se va,
el menor de los chicos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.

Revelación

Lujosamente bella y exquisita,
con aires de gitana tentadora,
llegaste, adelantándote a la hora,
rodeada de misterios a la cita.

El salón reservado oyó la cuita
de una cálida noche pecadora,
y al amor de tu carne ofrendadora
reventaron las yemas de afrodita.

¡Fue esa breve noche de locuras,
propicia al Floreal de tus ternuras,
que, cual glóbulos de ansias pasionales,

tu sangre delictuosa de bohemia
infiltró en el cansancio de tu anemia
el ardor de los fuertes ideales!

En el barrio

Ya los de la casa se van acercando
al rincón del patio que adorna la parra,
y el cantor del barrio se sienta, templando,
con mano nerviosa la dulce guitarra.

La misma guitarra, que aún lleva en el cuello
la marca indeleble, la marca salvaje
de aquel despechado que soñó el degüello
del rival dichoso tajeando el cordaje.

Y viene la trova: rimada misiva,
en décimas largas, de amante fiereza,
que escucha insensible la despreciativa
moza, que no quiere salir de la pieza…

La trova que historia sombrías pasiones
de alcohol y de sangre, castigos crüeles
agravios mortales de los corazones
y muertes violentas de novias infieles…

Sobre el rostro adusto tiene el guitarrero
viejas cicatrices de cárdeno brillo,
en el pecho un hosco rencor pendenciero
y en los negros ojos la luz del cuchillo.

Y muestra, insolente, pues se va exaltando,
su bestial cinismo de alma atravesada:
¡Palermo le ha oído quejarse, cantando
celos que preceden a la puñalada!

Y no es para el otro su constante enojo…
¡A ese desgraciado que a golpes maneja,
le hace el mismo caso, por bruto y por flojo,
que al pucho que olvida detrás de la oreja!.

¡Pues tiene unas ganas su altivez airada
de concluir con todas las habladurías!…
¡Tan capaz se siente de hacer una hombrada
de la que hable el barrio tres o cuatro días!…

…Y con la rudeza de un gesto rimado,
la canción que dice la pena del mozo
termina en un ronco lamento angustiado,
como una amenza que acaba en sollozo!