Carlos Monsiváis, cronista y ensayista

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Ensayista, cronista y narrador (1938-2010), fue considerado una de las inteligencias más lúcidas de la cultura de México. Con el tiempo llegó a ser cofundador y director de destacados diarios que ejercieron una gran influencia en el desarrollo del periodismo de su país. Debe destacarse, además, su labor como investigador en el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

Monsiváis cultivó especialmente la crónica y el ensayo, con una temática y un interés estrechamente relacionados con los problemas actuales y comprometidos con las luchas populares de México y América Latina.

Recibió, entre otros reconocimientos, el premio Villaurrutia (1996) y el Anagrama de Ensayo (2000), que le fue concedido en España por su obra Aires de familia: cultura y sociedad en América Latina. En 2006 recibió el premio Juan Rulfo y publicó Imágenes de la tradición viva. Sus últimos títulos fueron Las alusiones perdidas (2007) y El 68, la tradición de la resistencia (2008).

A continuación un fragmento de Apocalipstick, su último ensayo, donde se manifiesta su estilo que mezcla la ironía, la crítica y el humor.

El chateo

En Internet lo que se da es maravilloso, el esplendor de la mitomanía colectiva. El ligue en el chat, lo que tal vez sea el chateo lúbrico, es formidable porque los chateadores se enfundan personalidades descomunales, cualidades físicas, dimensiones inacabables. Como nunca, la gente deposita en el Internet la personalidad, el cuerpo, el atractivo, la cantidad de orgasmos por noche que quisiera tener. Y el anonimato facilita las invenciones.

Antes todos firmaban: Pedro Infante, ahora firman: Hugh Jackman, o Matt Damon, y quieren ser aceptados por lo que obviamente no son, y al no tener ya el contexto del físico verdadero, el chateo alcanza extremos gloriosos. Es otro modo de reducir la idea del amor a la declaración de bienes que cada uno hace de sí mismo en función de su fantasía. Si algo logra Internet es dejar al lado la función del amor, porque además, el amor exige las imágenes.

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Lo digital es la consigna del ahora, y el chat o el chateo reinstala el arte de la conversación: Hola. Tengo 22 años de edad, ojos azul cielo no contaminado, cuerpo de parar el tráfico de aviones, y lo demás lo descubrirás a solas. También, de acuerdo con el rumor, la obsolescencia planeada ya incluye a los seres humanos.
—Hola, ¿cuál es tu nombre?
—Arturo, ¿y tú?
—Agustín
—Qué curioso: los dos empezamos con A.
—Y terminamos en la cama.
—Bájale, bájale, ni sabemos cómo somos.
—Te adivino cómo eres: alto, de ojos verdes, cuerpo que nunca pasa vergüenzas, de buenos ingresos y con fama de no decepcionar a nadie.
—Pinche brujo, ¿qué, me estás viendo ahorita?
—No, pero eso dicen todos y a la mera hora pido que me devuelvan las entradas… La próxima voy a chatear con alguien que tenga webcam.
—Y yo le voy a pedir a un amigo que está guapo que sea él el que aparezca.
—Pues entonces no nos vamos a reconocer ninguno de los dos.

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Otro ejemplo:
—¿Cómo te llamas?
—Gustavo, ¿y tú?
—Alma Delia, pero todos me dicen María del Carmen.
—¿Y por qué?
—Porque a mi mamá le gustaba el nombre de María del Carmen y estaba muy borracha cuando me llevó al Registro Civil y el juez era muy sordo y me puso Alma Delia, y luego a mi mamá le dio flojera regresar.
—No, yo también me llamo Heriberto, pero mi papá tenía un compadre con ese nombre y mi mamá huyó con él.
—¡Qué mala onda! Te apuesto a que extrañaste vivir sin tu mamá.
—¿Quién no? Pero como dice un profesor que tuve, ya sólo hay familias disfuncionales. ¿Pero no vamos a hablar de lo nuestro?
—Pinche avorazado, nomás entras al chateo y ya te pones el condón.
—No hay de mi tamaño.
—Creo que sí, en las tiendas de juguetes…