“Arquiliteratura”: las ciudades imaginarias

0
0

“La ficción no solicita ser creída en tanto que verdad, sino en tanto que ficción. Ese deseo no es un capricho de artista, sino la condición primera de su existencia, porque sólo siendo aceptada en tanto que tal, se comprenderá que la ficción no es la exposición novelada de tal o cual ideología, sino un tratamiento específico del mundo, inseparable de lo que trata”. Las palabras son de Juan José Saer y nos vienen muy bien para tratar el tema de las ciudades de la literatura que no por inventadas son menos reales que las geográficas, esas que habitamos a diario.

Vetusta de Leopoldo Alas, Macondo de Gabriel García Márquez, la Tierra Media de J. R. R. Tolkien, Arkham de H. P. Lovercraft, Santa María de Juan Carlos Onetti, las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Shangri-La de James Hilton, Comala de Juan Rulfo, Santa Fe de Tierra Firme de Ramón de Valle Inclán, entre otras, se erigen como mundos ficcionales que, sin embargo, tienen muchas de las características de ciudades palpables como Madrid, París o Buenos Aires. Es más, aquellas adquieren tal entidad y tal relevancia que los lectores juraríamos que Macondo o Santa María están ahí, en algún lugar, esperando nuestra visita, o que Arkham con sus misterios nos acecha desde la oscuridad.

Si como proponía Jorge Luis Borges el microcosmos cifra el macrocosmos, estas ciudades ficcionales representan en pequeña escala los conflictos, las miserias, la alienación que encontramos fuera de los libros. Sin embargo, para que tengan esa identidad que las hace únicas, cada una ofrece características particulares, rasgos que las describen en sus individualidades. Además, si son de tal o cual manera, es porque son el reflejo de los personajes que las habitan o, a la inversa, están habitadas por personajes que las definen.

Veamos algunas de esas descripciones.

Santa María

“Encendían las luces de la plaza cuando llegamos a Santa María; entre los árboles, las verjas de los canteros y el pedestal de la estatua contemplé la fachada del hotel en la esquina, la iglesia y el cartel para automovilistas en el nacimiento del camino que llevaba a la colonia; me volví para mirar la superficie quieta del río y empezamos a descender una calle arbolada que llevaba al muelle. El declive era suave, una luz rojiza se mecía en la mitad de las aguas”.

Vetusta

“La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo”.

Macondo

“José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua, con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto”.

Arkham

“Al Oeste de Arkham las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha. Hay angostas y oscuras cañadas donde los árboles se inclinan fantásticamente, y donde discurren estrechos arroyuelos que nunca han captado el reflejo de la luz del sol. En las laderas menos agrestes hay casas de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones cubiertas de musgo, rumiando eternamente en los misterios de la Nueva Inglaterra; pero todas ellas están ahora vacías, con las amplias chimeneas desmoronándose y las paredes pandeándose debajo de los techos a la holandesa.

Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado, y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario. El lugar no es bueno para la imaginación, y no aporta sueños tranquilizadores por la noche”.

Comala

“El camino subía y bajaba: Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para él que viene, baja.

—¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?

—Comala, señor.

—¿Está seguro de que ya es Comala?

—Seguro, señor.

—¿Y por qué se ve esto tan triste?

—Son los tiempos, señor.

Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar”.

Ciudades utópicas que albergan las pasiones y los sueños de sus habitantes son también metáforas de los infiernos personales, los de cada uno de nosotros. Nos quedamos, entonces, con las palabras de Ítalo Calvino: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.