Rafael Guillén: el poeta del amor, el tiempo y la elegía

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Rafael Guillén nació en Granada el 27 de abril de 1933. Fue uno de los primeros poetas del grupo Versos al aire libre que después de veinte años rompió el silencio sobre la poesía granadina tras el asesinato de García Lorca.

Poemas y artículos suyos han sido traducidos a numerosos idiomas, y para la crítica ocupa un puesto indiscutible en el panorama poético español. Su obra en prosa se reparte entre narraciones de viajes, autobiografía, ensayos, conferencias y artículos.

Los temas que aborda son el amor y el erotismo, que suelen mezclarse con la elegía por la degradación inevitable del paso del tiempo, todos expresados en versos donde la musicalidad es esencial. La suya, además, es una poesía de fuerte impregnación melancólica, que parece provenir de la conciencia acuciante de la temporalidad, de la imposibilidad humana de habitar todos los espacios y de vivir todas las vidas.

Métricamente, los versos se caracterizan por una preocupación por la forma, en la que no faltan las ocasionales rupturas del discurso sintáctico; los abundantes encabalgamientos (recurso por el cual el sentido de un verso se continúa en el siguiente) colaboran en la concatenación dinámica de los contenidos y en la ductilidad musical de sus poemas.

Sobre toda palabra

No es fácil retener cuanto de cierto

lleva cada palabra, rescatada

por la verdad del borde de la nada.

La medida es un eco, un eco muerto.

 

La verdad no es la rama; es el injerto

propicio al viento fuerte y a la helada.

No es cuerda ni metal; es la tonada,

la alada melodía del concierto.

 

Propicia al viento fuerte y a la ruina,

camina la verdad, triunfa y camina

de palabra en palabra, paso a paso.

¡Y es gozo recibir su luz violenta,

y sentir cómo nace y se sustenta

del mismo manantial de su fracaso!

 

Pronuncio amor

Vengo de no saber de dónde vengo

para decir amor, sencillamente.

Para pensar amor, sobre la frente

sostengo qué sé yo lo que sostengo.

 

Para no detener lo que detengo

siembro en surcos y versos mi simiente.

Para poder subir, contra corriente,

tengo sujeto aquí, no sé qué tengo.

 

Venir es un recuerdo, si se llega.

Pensar es una huida, si se toca.

Sembrar es una historia, si se siega.

 

Sólo acierta en amor quien se equivoca

y entrega mucho más de lo que entrega.

Después, toda esperanza será poca.

 

Anclado en mi tristeza de profeta

Anclado en mi tristeza de profeta

sé cuánto ha de valer lo que hoy recibo;

cuánto valdrá después esto que vivo

sujeto a este después que me sujeta.

Mi plenitud en ti quedó incompleta

y espera un no sé qué definitivo.

Mientras, cerca de ti, escribo y escribo,

poeta al fin, en tiempo de poeta.

Sé cuánto ha de valer; eso es lo triste.

Valdrá más que lo mucho que poseo

el recordar lo mucho que me diste.

Profetizado don, con que falseo

esta presente gracia que me asiste

y esa futura gracia que preveo.

 

Poema para la voz de Marilyn Monroe

Tu voz.

Sólo tu tibia y sinuosa voz de leche.

Sólo un aliento gutural, silbante,

modulado entre carne, tiernamente

modulado entre almohadas

de incontenible pasmo, bordeando

las simas del gemido,

del estertor acaso.

Como un tacto de fina piel abierta.

Como un espeso y claro líquido absorbente

que envuelve tus adentros, que te sube

del sexo mismo hasta los labios,

que recorre tus dulces cavidades

antes de ser el soplo

caliente y sensorial que nos sumerge.

 

Tu masticada voz, que te desnuda

sutilmente, insidiosamente, como

si en derredor de tu cintura fuese

creando y disipando al mismo tiempo

mil velos transparentes de saliva.

 

Tu voz resuelta en quejas y mohines

que trasmina como un olor a cuerpo,

un tierno olor sedoso

que se propaga en ondas, que nos roza

tan delicadamente, que es posible

sentirlo por las manos y en las piernas.

 

Tu voz labial, visible,

como gustando el aire, como dando

forma a posibles moldes para besos.

Tu voz de oscura selva con riachuelos.

 

Clavado aquí, en mi hombría,

oigo tu voz, que late entre mis dientes,

y enmudezco la radio, y cierro el gesto.

Porque tú ya estás muerta;

porque hace largos meses que estás muerta

y aún es posible el grito enfebrecido.

 

Oigo tu voz carnal, y me pregunto

qué pasa aquí. Si acaso es esto un nuevo

pecado, o un castigo.

 

Poema del no

Me decías que no. Por tu mirada

pasaban barcos lentamente. Había

gaviotas en tus ojos, en tus blandos,

oscuros ojos grandes,

donde iba cayendo la amargura

como un anochecer de altas sirenas

en los puertos del Sur.

Me decías que no serenamente.

Era un no original, que ya existía

antes que tú, que hablaba por sí mismo

mientras que tú, impotente, absorta, fijos

en mí tus ojos, lo sentías vivo,

palpabas su raíz por tus adentros.

Era un no adivinado,

mudo, pesadamente silencioso.

Tu duro cuerpo tibio

me decía que no, sin causas, iba

replegándose, como

si volviese a la infancia. Tú no eras.

Me decías que no, y en tu mirada

cabalgaba un dolor que yo diría

maternal. Un dolor implorando

comprensión. Un no de contenida

pesadumbre, pero total, abierto,

levemente asomado

a las playas del llanto.

Me decías que no lejana, sola,

terriblemente sola, maniatada,

sin un porqué donde apoyarte, pero

era no, era no, sin gritos, no…

 

Los puertos, las sirenas,

los barcos en la noche, todo iba

perdiéndose, alejándose.

Yo, delante de ti, triste, abatido