Madame de Staël, Vladimir Nabokov y Guillermo Cabrera Infante

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Una mujer, dos hombres; tres épocas diferentes; tres contextos que, sin dudas, determinaron gran parte de sus obras.

Hoy 22 de abril se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Madame de Staël, Vladimir Nabokov y Guillermo Cabrera Infante.

Madame de Staël (1766-1817)

Fue una escritora e intelectual francesa. Su propio talento fue lo que la hizo destacar en los asuntos políticos y literarios de la época. En 1793, se refugió en Suiza, donde dirigió un brillante salón internacional en el que se llevaban a cabo reuniones en las que participaban los intelectuales, artistas y políticos de la época.

Stael

De regreso a Francia, fue condenada por Napoleón y se vio obligada a abandonar París tras la publicación de su primera novela, Delfina (1802). En 1807 se exilió de nuevo tras la publicación de Corinne o Italia (1807). Esta novela, basada en la brillante carrera artística y literaria de la heroína angloamericana Corinne, se convirtió en su obra más famosa y ejerció una enorme influencia en todas las escritoras del momento e incluso en toda la ficción del XIX.

Se atribuye a Madame de Staël la difusión de las teorías del Romanticismo en obras como De la literatura (1800), que se destaca también por su capítulo dedicado a las mujeres escritoras, y Alemania (1810), un estudio sobre la cultura alemana basado en el periodo del Sturm und Drang (c. 1765-1785), precursor del mencionado movimiento. En este sentido, una de sus definiciones de la escritura rescata la subjetividad de la estética romántica: Cuando uno escribe para satisfacer la inspiración interior del alma, uno da a conocer por lo escrito, aun sin quererlo, hasta la más mínima fibra de su ser y de su pensamiento.

Vladimir Nabokov (1899-1977)

Fue un escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense, famoso por su novela Lolita (1955), que trata de la pasión consumada de un hombre culto con una niña de doce años. Esta y sus otras novelas, especialmente Pálido fuego (1962) y, sobre todo, Ada o el ardor (1969), le proporcionaron un lugar entre los grandes novelistas del siglo XX.

lolita

Fragmentos de Lolita

Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o tres veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar nínfulas a estas criaturas escogidas.
(…)
Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad –o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal– no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas.
(…)
Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita, reconocí el pequeño lunar en su flanco.
(…)
Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o
girl scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas me prohíben enumerar– al pequeño demonio mortífero ignorante de su fantástico poder.
(…)
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

La novela fue llevada al cine en dos oportunidades: por Stanley Kubrick en 1962, y por Adrian Line en 1997.

Guillermo Cabrera Infante (1929-2005)

Cabrera Infante

Fue escritor, periodista y crítico de cine, además de guionista y profesor. El conjunto de su obra es una especie de collage de La Habana prerrevolucionaria, además de una síntesis de su ideología.

El erotismo está presente en toda su obra, pero siempre en función de la parodia y de la risa, cosa que un autor erótico no haría nunca, según dice él mismo.

Fragmento de Cuerpos Divinos

Fit as a fiddle que es todo lo opuesto a listo para la fiesta. Fit as a fiddle que es vivo como un violín y no violento como una viola. Fit as a fiddle and ready for love, riddle for love que es vole, volé (ve olé), randy for love and feet as two fiadles musicales, y se hizo el destino un desatino porque el hado organiza más mal que la suerte, que se ordena mejor que una frase, Fit as a pit. Iba cantando en buen tiempo y no solo, sino con Raudol al lado, cantando ahora a la rubia cuando la miré todavía sin haberla visto, mi órgano sin registro tocando sonatas Würlitzer antes de comenzar la función, organ in the pit, piano en el pozo, en el foso con toda esa luz de tiza arriba, al lado, al frente, violenta sin hacerse violeta por lo menos en horas.

Fue entonces que la vi sin haberla mirado, sin realmente haberla mirado, sin mirarla apenas y vi que era rubia, rubia de veras aunque parecía pequeña, pero aun sin medirla sabía que estaba hecha a mi medida. ¿Qué buscaba ella? No a mí, ciertamente, porque tenía un papel, un papelito, como un billete suave, en la mano y miraba a cada puerta, cada fachada, cada frontis de ese edificio, y me ofrecí a salvarla de su extravío, esa niña en el bosque de concreto buscando tal vez el absoluto relativo a los dos.

Hay momentos en la vida –yo lo sé– en que el alma está vacía, el corazón desolado y todos esos clichés no sirven para demostrar ese estado de ánimo que una canción americana define como I’m ready for love: listo para el amor sería la traducción pero apenas sirve para mostrar cuándo uno tiene el espíritu y el cuerpo (no hay que olvidar el cuerpo) abiertos al amor. Yo conozco ese estado particular y sé que el que busca encuentra. Así, no me extrañó haberla encontrado ni el amor que ella despertó en mí: más me extraña lo fácil que pude no haberla encontrado o lo fácil que fue el encuentro.

Creo que yo la vi primero. Puede ser que Raudol me diera un codazo, advirtiéndome. Salíamos de merendar y de hacer un dúo de donjuanes de pacotilla en la cafetería que está debajo del cine La Rampa. Cogimos por el pasillo que sube y entra al cine y sale a la calle 23 y por el desvío (¿por qué no salimos directamente a la calle?) atravesando el pasadizo lleno de fotos de estrellas de cine y frío de aire acondicionado y tufo a cine, que es uno de los olores (junto al vaho de gasolina, el hedor del carbón de piedra ardiendo y el perfume de la tinta de imprenta) que más me gustan, esa maniobra casual puede llamarse destino. No recuerdo más que sus ojos mirándome extrañada, burlona siempre, sin siquiera oír mi piropo, preguntándome algo, dándome cuenta yo de que buscaba alguna cosa que nunca había perdido, pidiéndome una dirección. Se la di, la hallé y se la di. ¿Se sonrió o fue una mueca de burla o me agradeció realmente que buscara, que casi creara los números de la calle para ella? Por poco no lo sé jamás.