Entrenando la objetividad

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Se sabe que la objetividad absoluta no existe. No es posible alcanzar, en cualquier área del conocimiento, la objetividad, entendida como la ausencia de cualquier faceta de índole personal que pudiera influir sobre el propio conocimiento. Todo lo que hacemos está influido por nuestras propias expectativas, por nuestra propia subjetividad. Ya desde Descartes sabemos que el observador es eminentemente activo.

Sin embargo, que no exista la objetividad absoluta, no quiere decir que no se la pueda buscar y que no sirva realizar un entrenamiento en este arte mayor. Como señalaba Clifford Geertz, que no exista la asepsia absoluta no quiere decir que se pueda operar en una cloaca. Del mismo modo sucede con la Objetividad, aunque no la podamos alcanzar debemos dedicar nuestra vida a buscarla.

A veces se opone a la objetividad, la subjetividad; como si su solo reconocimiento fuera algo necesaria y suficientemente bueno. Recordemos para el incauto o el ingenuo que, por ejemplo, lo que se conoce como neoliberalismo, basa su teoría económica en la subjetividad (el valor de algo es subjetivo). O que un régimen como el nazismo sólo pudo funcionar mediante una subjetividad exacerbada, llevada al extremo de no considerar personas a quienes eran el objeto del odio. No olvidemos que el odio siempre es subjetivo.

Un libro como “Mi lucha” de Adolf Hitler bien puede ilustrar el punto. A lo largo del libelo no puede advertirse ni un solo argumento. Todos son adjetivos calificativos que incluso, en el afán por denostar a los judíos, incurre en insalvables contradicciones; parece (o es, mejor dicho) la obra de un loco, entendiendo esto último como carente de razón y coherencia.

Gregory Bateson, un antropólogo británico del siglo XX, decía que la objetividad era alcanzable luego de estudiar mucho y con detenimiento un mismo fenómeno. El período prolongado y a conciencia era lo que nos llevaba a la objetividad. O mejor dicho nos acercaba a ese estado, que desde el vamos sabemos inaccesible en toda su completitud. Partiendo de la base de que toda experiencia humana es tamizada en primer lugar por los sentidos y en segundo lugar por la comprensión que el cerebro construye de esa situación, señalaba, sin embargo, que la observación detenida y constante nos muestra facetas del objeto no previstas de antemano ni percibidas en los primeros encuentros. Hay una construcción interna, pero basada en estímulos que provienen del exterior.

Tenemos la capacidad para percibir las diferencias. Y son esas diferencias, va a decir Bateson, las que unen el “lado de adentro” (percepciones y construcciones cognitivas) con el “lado de afuera” (estímulos). Son ellas las que nos permiten conocer en profundidad y por lo tanto conocer mejor. Tal vez la objetividad en sentido estricto no pueda ser alcanzada, pero nadie puede dudar que los humanos podemos acrecentar el conocimiento de lo que nos rodea y más allá.

No se trata pues de alcanzar un justo medio aristotélico, sino de entrenar la objetividad. De reconocer en nosotros mismos los prejuicios y estar siempre atentos ante la emisión de un juicio.

Una de las claves es la de evitar el uso de adjetivos calificativos. Los adjetivos calificativos que juzgan valorativamente a las personas o a los hechos no señalan más que una opinión sesgada, sin una base de pruebas que lo sustenten. En todo caso si hay una base de pruebas importante, con enumerarlas sería suficiente para que quien escucha pueda formarse su propia opinión. Recurrir a una axiología sesga el entendimiento propio y anula el ajeno.

La otra clave es la de evitar la generalización. En general, valga la redundancia, toda generalización es vana (incluso esta misma sentencia). Las generalizaciones encubren carencias conceptuales y dejan en clara evidencia una cierta pereza en el tratamiento del conocimiento. Sólo tiene un impacto en quien comparte esa desidia cognitiva. Sobre todo nos estamos refiriendo a aquellas generalizaciones que asignan cualidades (positivas o negativas) a determinados conglomerados sociales (los alemanes son ordenados, los brasileños son alegres, etc.). Si es difícil definir quienes pertenecen a tal o cual grupo (las fronteras son siempre ecotonos y por lo tanto difusos), mucho más difícil es asignar características que los afecten a todos por igual.

Por último y como principal elemento para entrenar la objetividad, está la reflexión permanente. Es necesario que apliquemos una vigilancia epistemológica de nuestros propios pensamientos. Debemos diferenciar el pensamiento de la palabra (a veces en este mundo de la hipervelocidad en la comunicación, parece que esa diferencia fundamental se olvida); pensar antes de hablar. Que nunca nos gane el afán por la primicia antes que el juicio atinado, reflexionado; la salida eficaz suele ser el sofisma en el que quedan atrapados, quienes, gritando, creen que poseen la verdad.