Clavelina, Eduardo Kovalivker

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Clavelina es de esas novelas que se leen con absoluto placer y que, cuando terminan, provocan  cierta nostalgia por tener que abandonar a sus personajes. Es también una gran novela de amor, pero no solo eso: la obra tiene como tema la escritura y la lectura, más precisamente el poder de la palabra no solo para comunicar, sino también para seducir, para curar, para trascender.

Juan Pan es el protagonista, un poeta que a los 61 años se enamora de Clavelina, una adolescente que todavía no tiene 18; una chica condenada a la prostitución que será el amor de su vida, pero también su gran dolor. Ella pertenece a un grupo de nativos de una isla del Caribe cuyas mujeres siempre se hay prostituido para garantizar la supervivencia del resto. Juan llega a esa isla después de dejar su Uruguay natal y allí empieza “una historia que perturbó para siempre ese mundo feliz y despreocupado” que se había construido hasta ese momento.

La novela está construida como un relato enmarcado que da lugar a historias dentro de la principal: Enrique, amigo de Juan, lo incita a escribir su vida, a sacarse de adentro el dolor, como una manera de ahuyentar el suicidio. Dentro de ese primer relato, otros se suceden como si contar la propia historia o dar cuenta de la de otros fuera una manera de exorcizar la angustia, asumir la memoria y dejar constancia de lo significativo.

Juan Pan es poeta y como tal sabe del valor de la palabra y su poder. Más allá de los personajes, esta es la gran protagonista de la novela: la escritura y la lectura, el relatar, el escuchar otros relatos. Nada es realmente importante si no se traduce en palabras y si esas palabras no llegan a un receptor que termine de cerrar el círculo.

Clavelina, además, está narrada con un lenguaje que combina muy bien lo poético con lo coloquial. Lo poético viene de la mano del realismo mágico que surge, por ejemplo, en la historia de un hombre legendario que con una biblioteca ambulante se instala en el pueblo de Juan; o en la de las mujeres que se ofrecen como prostitutas en una pequeña elevación desde donde se podía ver “un paisaje que limpiaba el alma, demasiado hermoso”, un lugar donde ellas podían soñar “con barcos, con sirenas, con peces y hasta con un fuerte y bello marinero” que las rescataría; o en las diferentes historias donde lo maravilloso se introduce naturalmente en la realidad cotidiana. Lo coloquial, por su parte, nos acerca a los personajes, los hace más verosímiles y nos permite identificarnos con alguno de ellos.

Finalmente, Clavelina es también una metáfora de la vida como viaje. Juan se traslada físicamente, recorre un camino, conoce gente y lugares nuevos, y en ese trasladarse asume que de eso se trata vivir: de andar siempre y de aprender, aunque el aprendizaje llegue cuando ya somos grandes. Al respecto, dice Juan acerca de su gran amor: “Recién ahora me doy cuenta de que la amé desde el día en que la trajeron a casa y que no quiero terminar de amarla”. Imposible entonces que los lectores no terminemos amando esta novela.

Ficha técnica

Clavelina, Eduardo Kovalivker, Editorial Hojas del Sur, 2015, 144 págs.