Henry James: el precursor del monólogo interior

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Henry James nació un día como hoy en Nueva York, en 1843. Fue narrador, crítico y dramaturgo. Estudió en su ciudad natal, en Londres, en París y en Ginebra, y en 1875 se estableció en Inglaterra. A los veinte años, comenzó a publicar cuentos y artículos en revistas de su país.

Escribió alrededor de veinte novelas, más de un centenar de relatos, varias obras teatrales e innumerables críticas, además de ensayos como El arte de la novela, La imaginación literaria y los Cuadernos de apuntes, que ejercieron gran influencia en muchos autores posteriores.

Los Cuadernos de apuntes cubren un período extenso (1878-1911) y particularmente fértil de James, que tiene 35 años cuando empieza el primero y 68 cuando termina el último. Prácticamente toda la ficción que el autor escribió en ese lapso aparece en germen, esbozada en brevísimas sinopsis o desplegada en densos resúmenes, o incluso discutida con lujo de detalles en este verdadero laboratorio literario: James enumera personajes, debate acerca de los argumentos, transcribe diálogos enteros, medita acerca de un cambio en el punto de vista.

En cuanto al estilo jamesiano, en general el ritmo de la narración es lento, con abundantes descripciones que revelan indirectamente los motivos y las conductas de los personajes. En este sentido, para muchos Otra vuelta de tuerca (1888) representa la culminación de su obra ya que allí se nota el sello del autor que trabaja con la incertidumbre, con la imposibilidad de conocer la verdad o, por lo menos, con la imposibilidad de conocer una sola verdad.

Asimismo, la forma en la que James narra los procesos mentales de sus personajes lo convierte en uno de los precursores indiscutibles del llamado monólogo interior, en lo que se anticipó a maestros como J. Joyce o W. Faulkner; otro de sus avanzados descubrimientos estilísticos fue el empleo de narradores múltiples.

Algunos de los títulos de la narrativa del autor inglés son: Roderick Hudson (1876), El americano (1877), Daisy Miller (1879), Retrato de una dama (1881), La musa trágica (1890), La edad ingrata (1899), Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904).

Para aquellos que hayan leído Otra vuelta de tuerca, el siguiente fragmento de Cuadernos de apuntes les revelará algo de la cocina de la nouvelle. Los que todavía no la leyeron seguramente sentirán ganas de hacerlo. James es de esos autores que se disfrutan en cada página y que nunca defraudan.

Cuadernos de apuntes (fragmento)

34 Devere Gardens W. Sábado, 12 de enero de 1859: Anoto aquí la historia de fantasmas que el arzobispo de Canterbury me contó en Addington (la noche del jueves 10); un mero boceto, vago, general, impreciso, puesto que no otra cosa le había referido (de modo harto malo e imperfecto) una dama que no poseía el arte de narrar ni claridad alguna. Es la historia de unos niños (de edad y en número indefinidos) que, muertos presumiblemente los padres, quedan al cuidado de sirvientes en una vieja casa de campo. Los sirvientes, malvados y corrompidos, corrompen y depravan a los niños; los niños se vuelven viles, capaces de ejercer el mal en un grado siniestro. Los sirvientes mueren (la historia no dice claramente cómo) y sus apariencias, sus figuras, vuelven para poseer la casa y a los niños, a quienes parecen tentar a quienes invitan y convocan desde más allá de lugares peligrosos, el profundo barranco tras una cerco derruido, etc., de modo que al entregarse a su poder los niños pueden destruirse, perderse. No se perderán mientras alguien los mantenga alejados; pero estas malignas presencias insisten una y otra vez, intentando hacer presa de ellos. Es cuestión de que los niños “vayan hacia allá”. La pintura, la historia, es demasiado oscura e inacabada, pero inspira la realización de un efecto extrañamente horripilante. Ha de contarla –es tolerantemente obvio– un testigo u observador externo.

Otra vuelta de tuerca (el comienzo de la nouvelle, fragmento)

La historia nos había mantenido alrededor del fuego lo suficientemente expectantes, pero fuera del innecesario comentario de que era horripilante, como debía serlo por fuerza todo relato que se narrara en vísperas de Navidad en una casa antigua, no recuerdo que produjera comentario alguno aparte del que hizo alguien para poner de relieve que era el único caso que conocía en que la visión la hubiese tenido un niño.
Se trataba, debo mencionarlo, de una aparición que tuvo lugar en una casa tan antigua como aquella en que nos reuníamos: una aparición monstruosa a un niño que dormía en una habitación con su madre, a quien despertó aquél presa del terror; pero al despertarla no se desvaneció su miedo, pues también la madre había tenido la misma visión que atemorizó al niño. Aquella observación provocó una respuesta de Douglas —no de inmediato, sino más tarde, en el curso de la velada—, una respuesta que tuvo las interesantes consecuencias que voy a reseñar. Alguien relató luego una historia, no especialmente brillante, que él, según pude darme cuenta, no escuchó. Eso me hizo sospechar que tenía algo que mostrarnos y que lo único que debíamos hacer era esperar. Y, en efecto, esperamos hasta dos noches después; pero ya en esa misma sesión, antes de despedirnos, nos anticipó algo de lo que tenía en la mente.
—Estoy absolutamente de acuerdo en lo tocante al fantasma del que habla Griffin, o lo que haya sido, el cual, por aparecerse primero al niño, muestra una característica especial. Pero no es el primer caso que conozco en que se involucre a un niño. Si el niño produce el efecto de otra vuelta de tuerca, ¿qué me dirían ustedes de dos niños?
—Por supuesto —exclamó alguien—, diríamos que dos niños significan dos vueltas. Y también diríamos que nos gustaría saber más sobre ellos.
Me parece ver aún a Douglas, de pie ante la chimenea a la que daba en ese momento la espalda y mirando a su interlocutor con las manos en los bolsillos.
—Yo soy el único que conoce la historia. Realmente, es horrible.
Esto, repetido en distintos tonos de voz, tendía a valorar más la cosa, y nuestro amigo, con mucho arte, preparaba ya su triunfo mientras nos recorría con la mirada y puntualizaba:
—Ninguna otra historia que haya oído en mi vida se le aproxima.
—¿En cuanto a horror? —pregunté.
Pareció vacilar; trató de explicar que no se trataba de algo tan sencillo, y que él mismo no sabía cómo calificar aquellos acontecimientos. Se pasó una mano por los ojos e hizo una mueca de estremecimiento.
—Lo único que sé —concluyó— es que se trata de algo espantoso.
—¡Oh, qué delicia! —exclamó una de las mujeres.
Él ni siquiera la advirtió; miró hacia mí, pero como si, en vez de mi persona, viera aquello de lo que hablaba.
—Por todo lo que implica de misterio, de fealdad, de espanto y de dolor.
—Entonces —le dije—, lo que debes hacer es sentarte y comenzar a contárnoslo.
Se volvió nuevamente hacia el fuego, empujó hacia él un leño con la punta del zapato, lo observó por un instante y luego se encaró otra vez con nosotros.
—No puedo comenzar ahora: debo enviar a alguien a la ciudad.
Se alzó un unánime murmullo cuajado de reproches, después del cual, con aire ensimismado, Douglas explicó:
—La historia está escrita. Está guardada en una gaveta; ha estado allí durante años. Puedo escribir a mi sirviente y mandarle la llave para que envíe el paquete tal como lo encuentre.
Parecía dirigirse a mí en especial, como si solicitara mi ayuda para no echarse atrás. Había roto una costra de hielo formada por muchos inviernos, y debía haber tenido razones suficientes para guardar tan largo silencio. Los demás lamentaron el aplazamiento, pero fueron precisamente aquellos escrúpulos de Douglas lo que más me gustó de la velada. Lo apremié para que escribiera por el primer correo a fin de que pudiésemos conocer aquel manuscrito lo antes posible. Le pregunté si la experiencia en cuestión había sido vivida por él. Su respuesta fue inmediata:
—¡Oh no, a Dios gracias!
—Y el manuscrito, ¿es tuyo? ¿Transcribiste tus impresiones?
—No, ésas las llevo aquí —y se palpó el corazón—. Nunca las he perdido.
—Entonces el manuscrito…
—Está escrito con una vieja y desvanecida tinta, con la más bella caligrafía —y se volvió de nuevo hacia el fuego— de una mujer. Murió hace veinte años. Ella me envió esas páginas antes de morir.
Todo el mundo lo estaba escuchando ya en ese momento y, por supuesto, no faltó quien, ante aquellas palabras, hiciera el comentario obligado; pero él pasó por alto la interferencia sin una sonrisa, aunque también sin irritación.
—Era una persona realmente encantadora, a pesar de ser diez años mayor que yo. Fue la institutriz de mi hermana —dijo con voz apagada—. La mujer más agradable que he conocido en ese oficio; merecedora de algo mejor. Fue hace mucho, mucho tiempo, y el episodio al que me refiero había sucedido bastante tiempo atrás. Yo estaba en Trinity, y la encontré en casa al volver en mis segundas vacaciones, en verano. Pasé casi todo el tiempo en casa. Fue un verano magnífico, y en sus horas libres paseábamos y conversábamos en el jardín. Me sorprendieron su inteligencia y encanto. Sí, no sonrían; me gustaba mucho, y aún hoy me satisface pensar que yo también le gustaba. De no haber sido así, ella no me hubiera confiado lo que me contó. Nunca lo había compartido con nadie. Y no sé esto porque ella me lo hubiera dicho, pero estoy seguro de que fue así. Sentía que era así. Ustedes podrán juzgarlo cuando conozcan la historia.