Sándor Márai: la palabra que seduce

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Sándor Márai, escritor húngaro, nació el 11 de abril de 1900. Durante su juventud viajó por Europa y visitó París, donde convivió con algunos de los representantes más destacados de las vanguardias estéticas del momento. Escribió poesía, narrativa, teatro y ensayos. Abandonó definitivamente su país en 1948 y, tras una breve estancia en Suiza e Italia, emigró a Estados Unidos en 1952 y se instaló en Nueva York. Posteriormente, recibiría la nacionalidad estadounidense.

Sus novelas El último encuentro, La herencia de Eszter, Divorcio en Buda, El amante de Bolzano y La mujer justa, así como su autobiografía Confesiones de un burgués cautivan a un público variado. En ellas se nota el sello del estilo de Márai: extensas conversaciones y largos monólogos, escasa acción, tono melodramático y sentimental. Además, el lector se ve atrapado por las descripciones del ambiente que recrean, aquel mundo europeo de los años de entreguerras, mezcla de cosmopolitismo y grandiosa decadencia burguesa, un mundo tan lejano y ajeno al nuestro, pero que deviene cercano a partir de estas obras.

Cuando cayó el régimen comunista en su país, Márai volvió a ser reconocido, e incluso recibió ofertas para regresar, pero ya era tarde. Se disparó un tiro en la cabeza en cuanto supo que estaba enfermo.

A continuación, algunos fragmentos de sus obras para disfrutar de la filosofía detrás de cada diálogo o de cada monólogo.

La mujer justa

Sólo obtienes algo de los libros si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estás leyendo. Quiero decir que sólo si te aproximas al libro con el ánimo dispuesto a herir o ser herido en el duelo de la lectura, a polemizar, a convencer y ser convencido, y luego, una vez enriquecido con lo que has aprendido, a emplearlo, a construir algo en la vida o en el trabajo.

Un día me incorporé en la cama y sonreí. Ya no sentía dolor. Y de golpe comprendí que la persona justa no existe. Ni en el cielo ni en la tierra, ni en ningún otro lugar. Simplemente hay personas, y en cada una hay una pizca de la persona justa, pero ninguna tiene todo lo que esperamos y deseamos. Ninguna reúne todos los requisitos, no existe esa figura única, particular, maravillosa e insustituible que nos hará felices. Sólo hay personas. Y en cada una hay siempre un poco de todo, es a la vez escoria y un rayo de luz…, sin duda es cierto que no existe la persona justa y que las ilusiones se desvanecen, pero yo lo amo y eso es distinto. Cuando uno ama a alguien siempre se le sobresalta el corazón al verlo o al oír algo sobre él. En resumen, creo que todo pasa, menos el amor. Aunque eso no tiene ningún sentido práctico.

El último encuentro

Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente… porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?, como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas.

Porque la amistad no es un estado de ánimo ideal. La amistad es una ley humana muy severa. En la antigüedad, era la ley más importante, y en ella se basaba todo el sistema jurídico de las grandes civilizaciones.  Más allá de las pasiones, los egoísmos, esta ley, la ley de la amistad, prevalecía en el corazón de los hombres. Era más poderosa que la pasión que une a hombres y a mujeres con fuerza desesperada; la amistad no podía conducir al desengaño, porque en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte, puesto que su recuerdo permanece en la conciencia de los hombres, como permanece el recuerdo de una hazaña, en el sentido fatal y silencioso de la palabra, donde no resuenan ni sables ni espadas: una hazaña, como cualquier otra actitud desinteresada. 

Liberación

La decimoctava noche después de Año Nuevo —la vigésimo cuarta jornada del asedio a Budapest—, una joven decidió abandonar el refugio antiaéreo de uno de los grandes edificios céntricos sitiados, para ganar el otro lado de la calle, ya reducida a un campo de batalla, y llegar a cualquier precio hasta el hombre que llevaba cuatro semanas escondido junto a otros cinco en un angosto sótano tapiado en el edificio de enfrente. Aquel hombre era su padre, a quien la policía secreta seguía buscando con especial celo y escrupulosa saña incluso ahora, en el caos y la desintegración final.

La joven no era ninguna heroína, al menos no se consideraba como tal. Hacía semanas que se sentía presa de un cansancio terrible: el cansancio que deriva de un esfuerzo físico descomunal, cuando el alma aún cree poder soportar las penas pero el cuerpo se rebela sin avisar, el estómago se revuelve y todo el organismo queda tan impotente como si lo hubieran envuelto en un sudario de plomo. Es el mismo cansancio extremo y cercano a la náusea que se experimenta en ciertas jornadas estivales de feroz canícula y humedad.

La joven tenía sobradas razones para estar exhausta: llevaba mucho tiempo sin hogar fijo y su padre se hallaba en peligro de muerte. Hacía diez meses que estaba escondido junto a otros hombres perseguidos, clandestinos, que en aquel mundo ya en desintegración buscaban techo, un refugio provisional por una noche. En las últimas semanas ella misma se había visto obligada a vivir oculta, «al margen de la ley», ya que en la facultad, donde cursaba el último semestre, había desobedecido a los comandantes alemanes negándose a subir con sus compañeros de curso al tren que llevaría a los universitarios a Alemania para «salvarlos» de los rusos. De manera que ahora también se consideraba una especie de desertora y vivía escondida con documentación falsa. Pero, como a muchas otras personas, detalles tan nimios no la preocupaban demasiado. Los rusos ya habían dejado atrás los suburbios y combatían en las manzanas del centro de la ciudad.