Charles Baudelaire, el gran poeta simbolista

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Un 9 de abril de 1821, nació Charles Baudelaire, poeta, crítico de arte y traductor francés, a quien Paul Verlaine incluyó entre los poetas malditos. Considerado a menudo el iniciador de la poesía moderna, fue uno de los máximos exponentes del Simbolismo. En su obra se nota, en especial, la influencia de Edgar Allan Poe, a quien tradujo extensamente.

El 30 de diciembre de 1856, Baudelaire vendió al editor Poulet-Malassis un conjunto de poemas, trabajados minuciosamente durante ocho años –Las flores del mal–, que constituyó su principal obra y marcó un hito en la poesía francesa. El poemario se presentó el 25 de junio de 1857 y provocó escándalo entre algunos críticos.

Las flores del mal es una obra de concepción clásica en su estilo y oscuramente romántica por su contenido, en la que los poemas se disponen de forma orgánica. Aquí el autor expone la teoría de las correspondencias y, sobre todo, la concepción del poeta moderno como un ser maldito, rechazado por la sociedad burguesa, a cuyos valores se opone. El creador se entrega al vicio, pero sólo consigue el tedio (spleen), al mismo tiempo que anhela belleza y nuevos espacios.

Correspondencias

La Natura es un templo donde vividos pilares
dejan, a veces, brotar confusas palabras;
el hombre pasa a través de bosques de símbolos
que lo observan con miradas familiares.

Como prolongados ecos que de lejos se confunden
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche y como la claridad,
los perfumes, los colores y los sonidos se responden.

Hay perfumes frescos como carnes de niños,
suaves cual los oboes, verdes como las praderas,
y otros, corrompidos, ricos y triunfantes,

que tienen la expansión de cosas infinitas,
como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso,
que cantan los transportes del espíritu y de los sentidos.

Elevación

Por encima de estanques, por encima de valles,
de montañas y bosques, de mares y de nubes,
más allá de los soles, más allá de los éteres,
más allá del confín de estrelladas esferas,

te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad.
Y como un nadador que se extasía en las olas,
alegremente surcas la inmensidad profunda
con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
sube a purificarte al aire superior
y apura, como un noble y divino licor,
la luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares
que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡feliz aquel que puede con brioso aleteo
lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
levantan hacia el cielo matutino su vuelo
–¡que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
la lengua de las flores y de las cosas mudas!

Los faros

Rubens, río de olvido, jardín de la pereza,
almohada de carne fresca donde no se puede amar,
pero donde la vida afluye y se agita sin cesar,
como el aire en el cielo y la mar en el mar;

Leonardo da Vinci, espejo profundo y sombrío,
donde los ángeles encantadores, con dulce sonrisa
toda llena de misterio, aparecen en la sombra
de los ventisqueros y los pinos que cierran su paisaje;

Rembrandt, triste hospital lleno de murmullos,
y por un gran crucifijo decorado solamente,
donde la plegaria llorosa se exhala de las inmundicias,
y de un rayo invernal atravesado bruscamente;

Miguel Ángel, lugar impreciso do vénse los Hércules
mezclarse a los Cristos, y elevarse muy erguidos
fantasmas pujantes que en los crepúsculos
desgarran su sudario estirando sus dedos;

cóleras de boxeador, impudicias de fauno,
tú que supiste recoger la belleza de los granujas,
gran corazón henchido de orgullo, hombre débil y amarillo,
Puget, melancólico emperador de los forzados;

Watteau, este carnaval en el que no pocos corazones ilustres,
como mariposas, flotan relucientes,
decoraciones frescas y leves iluminadas por lámparas
que vierten la locura en este baile vertiginoso;

Goya, pesadilla llena de cosas desconocidas,
fetos que se hacen cocer en medio de los sabats,
viejas ante el espejo y niñas todas desnudas,
para tentar los demonios ajustando bien sus medias;

Delacroix, lago de sangre obsedido por malvados ángeles,
sombreado por un bosque de pinos siempre verde,
donde, bajo un cielo triste, fanfarrias extrañas
pasan, cual un suspiro ahogado de Weber;

¡Estas maldiciones, estas blasfemias, estos lamentos,
estos éxtasis, estos gritos, estos llantos, estos Te Deum,
son un eco repetido por mil laberintos;
es para los corazones mortales un divino opio!

Es un grito repetido por mil centinelas,
¡una orden transmitida por mil portavoces!
¡Es un faro encendido sobre mil ciudadelas,
un clamor de cazadores perdidos en los inmensos bosques!

¡Porque verdaderamente, Señor, el mejor testimonio
que podemos dar de nuestra dignidad
es este ardiente sollozo que rueda de edad en edad
y viene a morir al borde de vuestra eternidad!