Gabriela Mistral, poesía sencilla y humana

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La vida de Gabriela Mistral (1889-1957) se movió sin pausas entre la literatura, la docencia y la carrera diplomática, actividad esta última por la que realizó numerosos viajes y pasó diversas temporadas en ciudades europeas, norteamericanas y latinoamericanas, en las que publicó la mayoría de sus obras.

Tras el declive del Modernismo, algunos poetas se orientaron hacia una poesía más sencilla y humana. Gabriela Mistral es la gran figura de esta última tendencia: tras unos inicios aún marcados por el Modernismo, desarrolló una expresividad propia basada en un estilo elemental de imágenes intensas, con el que desnudó su intimidad dolorida y un corazón rebosante de amor, volcado sobre los niños, los desvalidos o su propia tierra, en tonos hondamente religiosos.

En 1945, recibió el Premio Nobel de Literatura (fue la primera concesión a una escritora en lengua española) y en 1951 el Premio Nacional de Literatura de Chile. Siguió su carrera diplomática y con ella sus numerosos viajes hasta su fallecimiento en Nueva York, en 1957. Por deseo de la propia Mistral, sus restos fueron trasladados a Chile y fue enterrada en Montegrande: dejaba tras de sí algunas obras inéditas, para su publicación póstuma.

Algunas de sus obras son Desolación (1922), Lecturas para mujeres (1923), Ternura (1924), Lagar (1954), entre otras.

Ausencia

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
Se van mis manos en azogue suelto;
Se van mis pies en dos tiempos de polvo.

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana
Cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos, que se devanaban,
En lanzaderas, delante tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
Cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos:
Como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
Y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
Que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas
De tu labor y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese y sería quemada
En marchas tuyas que nunca más oigo,
¡Y en tu pasión que retumba en la noche,
Como demencia de mares solos!

¡Se nos va todo, se nos va todo!

Besos

Hay besos que pronuncian por sí solos
La sentencia de amor condenatoria,
Hay besos que se dan con la mirada
Hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
Hay besos enigmáticos, sinceros
Hay besos que se dan sólo las almas
Hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
Hay besos que arrebatan los sentidos,
Hay besos misteriosos que han dejado
Mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
Una clave que nadie ha descifrado,
Hay besos que engendran la tragedia
Cuántas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
Que palpitan en íntimos anhelos,
Hay besos que en los labios dejan huellas
Como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
Por sublimes, ingenuos y por puros,
Hay besos traicioneros y cobardes,
Hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
En su rostro de Dios la felonía,
Mientras la Magdalena con sus besos
Fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpitan
El amor, la traición y los dolores,
En las bodas humanas se parecen
A la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
De amorosa pasión ardiente y loca,
Tú los conoces bien, son besos míos
Inventados por mí para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
Llevan los surcos de un amor vedado,
Besos de tempestad, salvajes besos
Que sólo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
Cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
Y en los espasmos de emoción terrible,
Llenáronse de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
Te vi celoso imaginando agravios,
Te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
Y qué viste después? Sangre en mis labios.

Yo te enseñe a besar: los besos fríos
Son de impasible corazón de roca,
Yo te enseñé a besar con besos míos
Inventados por mí para tu boca.

Creo en mi corazón

Creo en mi corazón, ramo de aromas
Que mi Señor como una fronda agita,
Perfumando de amor toda la vida
Y haciéndola bendita.

Creo en mi corazón, el que no pide
Nada porque es capaz del sumo ensueño
Y abraza en el ensueño lo creado:
¡Inmenso dueño!

Creo en mi corazón, que cuando canta
Hunde en el Dios profundo el franco herido,
Para subir de la piscina viva
Recién nacido.

Creo en mi corazón, el que tremola
Porque lo hizo el que turbó los mares,
Y en el que da la vida orquestaciones
Como de pleamares.

Creo en mi corazón, el que yo exprimo
Para teñir el lienzo de la vida
De rojez o palor y que le ha hecho
Veste encendida.

Creo en mi corazón, el que en la siembra
Por el surco sin fin fue acrecentando.
Creo en mi corazón, siempre vertido,
Pero nunca vaciado.

Creo en mi corazón, en que el gusano
No ha de morder, pues mellará a la muerte;
Creo en mi corazón, el reclinado
En el pecho de Dios terrible y fuerte.