La mirada interior, Eugenio Cuttica: arte para la meditación

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Llegar al límite de la enunciación, para asomarse quizás a la nada y poblarla de seres etéreos, de imágenes simbólicas detrás de las cuales puede hallarse un concepto. El año pasado en el Museo Nacional de Bellas Artes, Cuttica presentó su muestra La mirada interior agrupada en las siguientes series: Los inicios, El grito y El Silencio. Hoy podemos acceder a su obra por medio de su página, www.eugeniocuttica.com.ar, y recorrerla como si estuviéramos en una galería.

En las imágenes que nos otorga este artista podemos apreciar una tensión permanente entre ciertos opuestos: lo consciente y lo inconsciente, la materia sólida y la que se transparenta; la potencia y lo aparentemente débil, pero que en el fondo ostenta una fuerza sutil. Es la energía femenina. En un mundo donde tenemos demasiado yang y todos buscan ser emisores, hay pocos receptores. La fuerza femenina se ha desvirtuado y se ha puesto a competir con la masculina, utilizando armas que no le son propias ?opina el pintor?: buscando la igualdad entre los sexos el feminismo trajo un nuevo machismo. Se podría pensar su pintura como una vuelta a cierta tipo de feminidad donde la insinuación y lo sugerido son más importantes que lo que se muestra frontalmente.

Cuttica apela al niño que todos tenemos dentro, invita a los artistas a no darse por vencidos. La inocencia y la frescura infantiles son encarnadas por su personaje Luna. Una niña que parece frágil pero que se convierte, con su delicadeza, en el centro de las miradas, en el foco vital de los cuadros. Luna y un campo de trigo, o de flores, o acompañando una ballena, un toro, un árbol. La niña sobre una silla que cumple la función de un trono. Algo real: a Cuttica le gusta explorar el sentido de las palabras; él vincula lo real tanto con la realidad tangible como con la realeza. Del mismo modo que las palabras, sus imágenes ofrecen múltiples sentidos, si bien su autor propone una interpretación para cada una de ellas.

Sus cabezas transparentes de resina de poliéster muestran lo que se halla en el interior de la mente de estos personajes. Los rasgos son los de una mujer oriental y las figuras poseen varios elementos que se tornan visibles al espectador, como si pudiéramos leer los pensamientos. Mariposas, plumas de pavos reales o lo que parece ser una vajilla destrozada habitan estas mentes.

Por momentos, parece que hay un deseo de llenarlo todo: una búsqueda del vacío desde su otro extremo; la misma sucesión de imágenes que parecen infinitas buscan vaciarse de ellas mismas. El pintor se define como un estudioso de las filosofías orientales y reniega de las religiones (a las que vincula con cuestiones sociales y políticas) para acercarse más al mundo espiritual pero desde un lugar propio, como puede ser el camino del arte. Cuttica también trabaja con la idea de mantra, con la repetición de ciertos motivos que actuarían como un mantra y por tanto podrían liberar la mente. Sus pinturas reman contra la marea de una sociedad hipertecnologizada donde el tacto cotidiano pasa más por tocar una pantalla, que a otras personas. Cuttica nos ofrece personajes a los que dan ganas de acercarse para sentir su piel y comprobar si son reales o son seres fantasmagóricos.

Estas obras aumentan el deseo de ver, de querer ver cada vez más, saber más sobre sus misteriosos personajes. Despiertan nuestro universo sensorial. Una exaltación del color, una gran expresividad en las formas y figuras humanas de sus pinturas más recientes, no desbordada, sino contenida bajo contornos precisos o diluidos, nos invitan a saciar nuestras ansias de imágenes. Son pinturas en las cuales priman el orden y las estructuras. Las de los primeros años son más abstractas y caóticas en este sentido y en las últimas, las formas son más figurativas. Hay veces en que se funden con el fondo: figura y paisaje se confunden así, como en la serie de Luna, creando una comunión entre el hombre y la naturaleza.

El artista confirma la creencia de otros artistas de que un creador es una especie de médium, un vehículo para su arte; hay algo que él capta y que luego transmite.  Podemos leer en Gaston Bachelard las siguientes palabras que se vinculan con estas obras: “Una imagen poética da testimonio de un alma que descubre su mundo, el mundo en el que quisiera vivir, donde merece vivir. […]”.“la ensoñación poetiza al soñador”. “La ensoñación, tan diferente del sueño, tantas veces marcado con los duros acentos de lo masculino, nos ha parecido en efecto… de esencia femenina”. Este mundo de ensoñaciones es el que podemos transitar, habitar su paisaje de luces y de sombras donde reina la calma o la perplejidad. No sabemos si sus figuras están en reposo o en tensión, a punto de salirse del cuadro. De cualquier modo, seguramente tienen algo que decirnos.