Larraín: El Azar y lo Divino.

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Espiritualizar a la materia.
Sergio Larraín.

Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa.
Julio Cortazar, La babas del Diablo.

La mirada de Larraín: un espejo arborescente.
Roberto Bolaños.

Para fotógrafos de la talla de Sergio Larraín, el azar, “el momento decisivo” como decía Cartier Bresson, puede convertirse en una disciplina, en una técnica tan obvia y exacta como una suma. Para ellos perderse en una ciudad desconocida, en un camino ignoto, no es más que encontrar lo que buscaban, sin saber que existía.

Sergio Larraín, fue de esa extraña clase de seres, que han podido detener el instante irrepetible, que de no ser por ellos la humanidad entera habría perdido para siempre.
Dos niñas que penden de una cerca en una playa brumosa y solitaria olvidadas del mundo, una escalinata en el zoco de Argel, que exhala la tensión que Argelia vivía entonces o las hojas de un periódico barrido por el viento en una calle romana, es mucho más de lo que vemos, es mucho más de lo retratado.

Larraín, tenía eso, quizás lo sabía o pensaba sencillamente en el Azar, mientras lo acosaba lo Divino, las fotografías de Sergio Larraín, penden del capricho de un milagro, suspiran un último momento, tanto que tendremos la sospecha y la angustia que al parpadear frente a ellas, la imagen sea otra, que lo observado, lo escudriñado por nosotros se haya diluido en la luz, haya trocado por otro instante tan efímero como cada uno de sus encuadres. Eso es la fotografía de Sergio Larraín, un momento fugaz, apenas percibido, un capricho del instante.
Sergio nació en Santiago en 1931, en una de las familias más poderosas y tradicionales de la sociedad chilena, si bien sus padres estaban fuertemente vinculados a la cultura, su padre Sergio Larraín García-Moreno, era decano de la facultad arquitectura de la Universidad Católica y uno de los referentes del modernismo arquitectónico del país, fue también un importante coleccionista de arqueología precolombina, lo que lo llevó a fundar el Museo de Arte Precolombino, decidieron enviar a su hijo, apenas terminó en bachillerato, ingeniería forestal la universidad de Berkeley, California.

En esos años Sergio, transitó mucho más los bajos fondos de San Francisco que los campus universitarios, vinculándose con marineros, trabajadores portuarios, prostitutas, jazzeros, rateros y mexicanos que se iniciaban en el tráfico de droga. Es conglomerado tan diferente a lo conocido en la cerrada sociedad chilena, o en los claustros del colegio San Jorge, lo deslumbraron, esa gente le hablaron de horizontes muy lejanos a los que se veían desde las ventanas de su casona de La Reina una de los barrios más aristocráticos de Santiago.
Fue en sus andadas de pésimo universitario que entendió que la Leica IIIC, podría llegar a ser una buena compañera de aventuras. Un prolongado viaje por Europa y Oriente terminaría de confirmar que su relación con la fotografía sería larga.

De vuelta en su país durante los primeros años de la década del 50 se instala en Valparaíso, que se convertiría en el escenario de los muchos reportajes gráficos que realizó.

Uno de los más importantes fue sobre los chicos de la calle, a quienes se acercó y con quienes estableció vínculos de afecto y confianza antes de iniciar el trabajo en sí. El resultado de esa indagación y búsqueda haría que el mítico director del MoMa, Edward Steichen, comprara de su propio bolsillo esa serie para donarlas al patrimonio de museo. Gracias a ese trabajo el British Council le otorgará en 1959 una beca para fotografiar Londres.

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Su estilo tan íntimo está vinculado a un rasgo de su personalidad, que es el de procurar que la relación no pasé por el objetivo de la cámara, sino por la mirada, por el trato, por la vinculación tremendamente humada que tuvo Larraín con quienes ha fotografiado.
En ese mismo año 1959 Larraín llega a Paris, con una carta de presentación firmada por Rene Burri, a quien había conocido en Río de Janeiro, mientras trabajaba para la revista “O Cruzeiro”. Estaba dirigida a Henry Cartier-Bresson, que había fundado en 1947 junto a otros tres monstruos sagrados de la fotografía: Robert Capa, George Rodger y David “Chim” Seymour.

Para ser asociado a Magnum, Larraín deberá hacer quizás el reportaje más arriesgado de su vida, nada menos que al capo mafioso Giuseppe Genco Russo. Solo se sabía que vivía en algún lugar de la Sicilia, y ni siquiera se lo conocía por fotografías.

La concreción del reportaje es un verdadero manual de coraje para un reportero gráfico, Larraín viaja a Sicilia en procura de uno de los hombres más buscado por las autoridades italianas, por lo que sabe que cualquier paso en falso podría costarle la vida.

Larraín, preparó todo con sumo cuidado, pasó un mes en un cuarto de un hotel romano, leyendo todo lo que se había publicado en la prensa sobre Russo y su organización; la Mussomeli en la provincia de Caltanissetta, Sicilia.

 

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Durante tres meses con una credencial de presa francesa y dos cámaras Leica III C de 35 milímetros viaja entre Sicilia, Nápoles y Calabria, tratando de encontrar un rastro, abrir una brecha en la seguridad del Capo.

Dice haber tenido miedo, mucho miedo, ya que su futuro reportaje carga con 9 acusaciones en los tribunales por robo con violencia, homicidio triple y extorsión.

Larraín, a pesar de todo recorre los poblados de Sicilia sin suerte, sin que nadie, le sople un dato, una pista remota, indaga en la Isla Ústica, Villalba, y Palermo, lo único que lo mantiene activo son sus ganas y los paisajes que surgen: un funeral en que la viuda esconde su cara con un manto negro, niñas jugando, pescadores remendando una red. Pero él iba por el premió mayor que se le seguía negando, no faltan los días de desánimo absoluto, y es en unos de esos momentos que alguien cuenta que Russo esta en Caltanissetta, apenas un villorrio en el interior de la isla de Sicilia.

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Al llegar consigue hospedarse en un hotelito frente a la casa de su presa.
Usa un teleobjetivo desde la ventana de su cuarto, pero no consigue la foto que buscaba, necesita mirarlo a los ojos para entrar a su universo.

Larraín, logra aproximarse al grupo más cercano, se presenta como un sencillo turista chileno interesado en la arqueología. Alguien por fin lo lleva hasta el Capo, que resulta ser un hombre de pocas palabras y mucha mala educación, a pesar de ello, Larraín le cae en gracia al jefe no solo lo invita a comer pasta con su familia, sino que en las siguientes semanas se incorpora a la corte.

El niño de la alta sociedad chilena y muy pronto miembro de la Agencia Magnum pasa dos semanas visitándolo a diario. Todavía no ha quitado una solo vez la Leica del estuche, todavía falta tiempo necesita “volverse invisible como una silla”; debe hacer que Russo olvide su presencia, que vuelva a ser el mismo de siempre entre sus íntimos. Recurre a las técnicas que había aplicado con aquellos niños desangelados en los resumideros del río Mapocho, donde empezó todo para Larraín fotógrafo.

Larraín parece aplicar más las técnicas de Lévi-Strauss que de Cartier Bresson.
Una tarde después de un almuerzo, entiende que es el momento y como cualquier turista saca su Leica y empieza a disparar contra los objetos de la casa. Russo calla olvidado la impertinencia y se va dormir una siesta. Sergio, lo sigue hasta el cuarto y lo encuentra recostado en un diván, con los ojos entrecerrados, las manos sobre la cabeza y las piernas estiradas. En una de las paredes de la habitación, cuelga un una estampa ovalada del Sagrado Corazón de Jesús, que por suerte resultó efectiva.

Cuándo regreso a París y llegó a las oficinas de Mágnum, todos quedaron sorprendidos Sergio no solo retornaba vivo y con 6 mil fotogramas de su viaje a Sicilia, 72 de ellos de el inalcanzable capo de la mafia Giuseppe Genco Russo.

Su trabajo además de ser su visa para ingresar a Mágnum fue publicado en una treintena de revistas de Europa y Estados Unidos entre ellas Life, Paris Match.

En su tiempo parisino Sergio se haría amigo de Julio Cortázar a quien lo unía su pasión por la fotografía. Es esta amistad que daría pie a Cortázar para escribir uno de sus cuentos más emblemáticos: “Las Babas del Diablo”, en la que el fotógrafo chileno “Roberto Michel” es el protagonista, si bien Cortázar modificaría en buena parte la cuestión del contenido, aquella fotografía, parte de un hecho real acerca de que había fotografía accidentalmente su amigo Larraín en las calles de Ile-Saint-Louis.

Publica su primer libro “El rectángulo en la mano” (1963) a partir de una muestra fotográfica que había realizado en Santiago de Chile, donde retrata personajes como Pablo Neruda y recuperaba algunas de las tomas sobre los niños del Mapocho y una de sus fotografías más memorables y quizás más mágica donde se ven dos niñas bajando una de las tantas escalinatas de Valparaíso, en un juego de simetrías que dan para intuir más que azar, un rastro de lo Divino. En 1966 con textos de Pablo Neruda publica: “Un Casa en la Arena”.
Viajó a Argelia, para cubrir la guerra, mientras sus trabajos se siguieron publicando en grandes medios como Paris Match, Life o The New York Times. Le toca cubrir entre otras extravagancias como el casamiento del Sha de Irán con Farah Diba, y Festivales de Cine como Cannes o Venecia.

Sergio Larraín nunca ocultó sus maestros entre los que se encuentra el italiano Giuseppe Cavalli, el propio Cartier Bresson o Bernard Plossu y el japonés Masao Yamamoto entre otros muchos.
La razón de lo Divino.

Sergio Larraín, quien prácticamente había logrado todo en su carrera, viajes, premios, reconocimiento y fama, pareció siempre estar en búsqueda de algo más que logros material y en 1968 ese algo parece alcanzarlo, sin demasiadas explicaciones comienza una sutil retirada, renuncia a Mágnum desoyendo la opinión del Cartier Bresson, que le pide por carta que continúe, que reconsidere su decisión. Sergio insiste y finamente da por terminado su ciclo como fotógrafo. “para retirarse del mundo”.

Busca ahora “rescatar el alma”. Comienza a practicar yoga y reflexionar, casi en un acto de renuncia absoluta quema los negativos y destruye las copias que tiene. Pretende olvidar la fotografía para siempre.

Afortunadamente en la Agencia Magnum existía un gran archivo de sus trabajos y también guardaba una gran cantidad de material de Larraín, otro de sus grandes y admirados amigos el fotógrafo checo Josef Koudelka,

Larraín se retira a la cordillera chilena, sin dar noticias, nadie sabe exactamente donde se encuentra y comienzan a tejerse infinidad de leyendas, que se había perdido en la montaña; que se alimentaba con raíces, que andaba descalzo y semi-desnudo, sin relacionarse con nadie, que pasaba el tiempo leyendo textos místicos y religiosos.

Ciertas personas como uno de sus sobrinos reciben algunas muy esporádicas cartas de Sergio, en una de ellas, habla abiertamente sobre el oficio del fotógrafo, lo que se convirtió en un verdadero manual para muchos jóvenes fotógrafos.

Años después, apareció en el pueblo de Tulahuén, en plena montaña, en Ovalle, donde medita, pinta y dirige de alguna manera un taller de poesía.

Prácticamente no ha tenido contactos más que con sus discípulos, y muy de vez en cuando con algún periodista.

A fines de los setenta Sergio había conocido en París, a un monje hindú que lo acercó a la literatura mística. Tras un viaje a Oriente, regresa a Chile, donde se desprende de sus bienes y se instala solo en una casona del barrio de La Reina, como un anacoreta para meditar.
Sergio también junto al siquiatra Claudio Naranjo, un sincrético que combina Gurdjieff, Jüng y Esalen, experimentan con LSD. Larraín buscaba con esa droga poder adentrarse más profundo en su ser.

Otro de sus maestros en el camino místico de que no retornaría fue el boliviano Óscar Ichazo, establecido en la ciudad de Arica.

A pesar de estar absolutamente retirado la dictadura pinochetista allana su casa del Arrayán, saqueando sus pertenecías entre ellas todas sus cámaras.

Si coréese un ápice de su decisión, negándose a hacer exposiciones y ha viajar para recibir homenajes de distintas ciudades del mundo, muere el 7 de febrero de 2012 a los 81 años en su sencilla casa de Ovalle, Sergio Larraín quien desde el azar encontró lo divino.